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COLUMNA

Lampedusa

La única vez que estuve en Lampedusa, hace ya mucho tiempo, la pequeña isla era un lugar casi inaccesible. A mí, islófilo impenitente, me había llamado la atención que el mapa señalara una isla italiana, o más bien siciliana, más al sur de la ciudad de Túnez. El nombre, además, prometía y luego supe que una de sus posibles etimologías, seguramente legendaria, nos remitía a la Medusa, el bello monstruo que petrificaba a sus observadores.

En aquella época sólo una nave que partía semanalmente de Porto Empedocle, en la punta meridional de Sicilia, se dirigía a Lampedusa, haciendo escala en otras islas. La tomé para pasar una noche en aquel territorio ya africano y regresar, también en ella, al día siguiente. Pero por aquellos días no era siempre fácil realizar estas previsiones en una Italia surcada por scioperi, y una huelga de los trabajadores de la compañía marítima me dejó en Lampedusa. El barco se despidió antes de que los eventuales pasajeros pudiéramos embarcarnos y no retornó hasta 10 días después.

En Lampedusa, como suele suceder en el Mediterráneo, la pertenencia a la Grecia antigua otorga una pátina de excelencia insuperable

No había nada que hacer en Lampedusa, fuera de bañarse en sus aguas todavía cálidas pese a lo avanzado del otoño. El pueblo era minúsculo, formado por un racimo de casas casi miserables, y su vida social dependía de un generador eléctrico que dejaba de funcionar a las nueve de la noche. Como la isla era un pedazo de desierto apenas se había desarrollado la agricultura, pero el mar se mostraba generoso y los pescadores presumían de encontrar esponjas de buena calidad en rocas apenas sumergidas.

Con una televisión esclava del generador de electricidad, el bar del pueblo, bien provisto de lámparas de gas, aún bullía de historias surgidas del mar. Los lampedusanos, que se reían de la "península" pero también de la arrogancia siciliana, estaban orgullosos de lo que habían oído decir de su isla. Tenían por evidente que por allí habían pasado las mayores civilizaciones, desde los romanos a los normandos, aunque desde luego ponían el acento en sus hipotéticos antepasados griegos pues, como sucede con frecuencia en el Mediterráneo, la pertenencia a la Grecia antigua otorga una pátina de excelencia insuperable. Entre las muchas historias que los parroquianos del bar estaban dispuestos a asumir no faltaba, por supuesto, la de la Medusa, de la que no dudaban y que tenía tantas ramificaciones que todos parecían parientes de Perseo.

Durante aquellos días me alojé en el que entonces era el único hotel de Lampedusa, apenas una posada en el extremo del pueblo que en verano acogía, al parecer, a unos pocos veraneantes, descendientes de emigrantes que volvían una temporada a la patria algo fantasmal. El propietario del hotel, Martello, era un corpulento anciano que había navegado 50 años como marino mercante y apostado sus ahorros en el futuro turístico de la isla. Por la noche, sentados en el porche, me explicaba sus travesías del mundo, que siempre acababan en su tierra natal, Lampedusa, un auténtico paraíso para él. Al igual que a tantos marineros, le encantaba exagerar sus historias y en su boca todo se multiplicaba de modo que, fácilmente, las tortugas marinas vivían, más que siglos, milenios. Como en aquellos días otoñales no tenía otro huésped que yo, me tocaba ser el depositario de sus tesoros, verdaderamente inagotables.

Martello era un maravilloso conversador y su italiano era perfectamente comprensible pese a que no dejaba de utilizar el dialecto con el que los lampedusanos se defendían de oídos intrusos. A juzgar por sus palabras había cruzado, y no una sola vez, todos los mares del planeta. Sin embargo, su principal relato, aquel al que retornaba casi cada noche, se situaba en Somalia, país en el que de muy joven había permanecido un año, formando parte de las tropas de ocupación del estúpido y siniestro imperio promovido por Mussolini.

El anciano, hombre de risa franca, se reía estruendosamente cuando evocaba la bufonesca idea de la reconstrucción del Imperio Romano. No obstante, sentía un respeto casi sagrado por los días que había pasado en Somalia. Parecía que hablaba de un país instalado en la Edad de Oro. No eran las apreciaciones, con frecuencia chulescas, de los antiguos soldados, sino palabras de adoración de un enamorado. A lo ancho de los cinco continentes era imposible encontrar mujeres que emularan a las somalíes, a las que Martello elogiaba incesantemente: "Le ragazze piú belle del mondo. Senza dubbio, senza dubbio". También elogiaba, sin embargo, la dignidad y nobleza de los hombres, fieros en el combate y leales en la amistad. Una noche le pregunté si había tenido alguna novia somalí entre tanta mujer guapa. Martello, un interlocutor siempre cordial, se ofendió y me reprendió con la mirada. Luego dijo simplemente: "Son superiores". Pensaba que Somalia, aun violentada por los soldados italianos, era otro mundo, dorado y superior.

También aquella Lampedusa lo era. Austera, pobre, flotando en un extraño aire de bienestar. Los días transcurrían muy lentos, pero las risas y los mitos circulaban rápidamente, de un extremo a otro de la isla. Debido tanto a esa rapidez como a aquella lentitud tuve tiempo para escribir el primer texto de un relato, una historia mediterránea, al que llamé precisamente Lampedusa. Solucionada la huelga, abandoné la isla y ya no he vuelto jamás a ella. Durante estos años he leído, muy de cuando en cuando, noticias sobre el incremento turístico en la zona y, aunque reconozco que me ha inquietado, me he alegrado también por Martello, si es que aún vive, lo cual es probable, imitando a sus queridas tortugas.

El 19 de octubre de 2003 unos pescadores de Lampedusa hallaron una barcaza a la deriva en alta mar. En ella había 13 cadáveres y 14 personas semicomatosas. Luego supieron que otras 57 habían fallecido y habían sido arrojadas al mar durante un terrible viaje de tres semanas. Todos procedían de Somalia. Embarcados por los traficantes en Libia tenían su pálido protagonismo antes de evaporarse en la gélida indiferencia del otro lado del mar. Todos pudimos ver en la prensa las imágenes espantosas.

El agua debía de tener la misma temperatura otoñal de entonces. Pensé en Martello y en sus recuerdos de Somalia. Y en la Medusa, acostumbrada a la destrucción, burlándose de nuestros paraísos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de noviembre de 2003