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COLUMNA

La boda y el tesoro

Lo siento por Jose María Álvarez del Manzano. La ilusión que tenía ese hombre por asistir a la boda del Príncipe como alcalde de Madrid. Lo feliz que hubiera sido organizando los preparativos y hablando un día sí y otro también con la Zarzuela para cuidar hasta el último detalle.

Él decía, medio en broma medio en serio, que no dejaría la alcaldía hasta ver a don Felipe casándose en la Almudena. Estoy convencido de que la perspectiva de esa boda pesó en el subconsciente de Álvarez del Manzano cuando decidió acometer aquella polémica reforma de la plaza de Oriente que la libró del tráfico rodado. Porque desde el principio no tuvo la menor duda de que los esponsales habrían de celebrarse en la catedral de Madrid y no en los Jerónimos, como algunos proponían invocando la tradición. Los Jerónimos valen para casar a una duquesa, pero hoy en día los espacios exteriores se quedan cortos para una boda real. Las bodas reales necesitan marco y amplitud, mucha amplitud. Ha de haber espacio para el boato, para los invitados, por supuesto también para el público, que pone calor al acontecimiento, y sobre todo espacio para la televisión. Tengan en cuenta que esa boda la van a ver miles de millones de personas en todo el mundo y que numerosas cadenas de televisión extranjeras ofrecerán en vivo y en directo el "sí quiero" del Principe de Asturias y su "telegénica novia". En este sentido, el conjunto que forman el Palacio Real, la plaza de Oriente y la catedral con su gran explanada frente a la plaza de armas resulta inmejorable.

Esa retransmisión es una oportunidad única de mostrar Madrid al mundo y ligar su imagen con la de un acontecimiento cargado de colorido y suntuosidad. Es lo que logran los ingleses con cualquier ceremonia de la familia real británica, aunque sea un funeral. Habrá que reconocer que nuestra catedral no tiene el empaque ni la tradición de la abadía de Westmister. Por el tipo de construcción, quienes nada sepan sobre la Almudena pensarán que viene de antiguo, cuando en realidad lo único que ha cumplido casi cuatro siglos es la bula que concedió el papa Leon X a Carlos V para edificar una catedral dedicada a la Virgen.

Curiosamente, el imperio sobre el que nunca se ponía el sol careció de recursos para levantar un templo que honrara a la patrona de Madrid y hubo que esperar hasta 1883, cuando estaban las Españas en franca decadencia, para ver al rey Alfonso XII poner la primera piedra sobre los terrenos que había comprado su esposa, la reina Mercedes. Más paradójico resulta aún si cabe el hecho de que fuera Enrique Tierno, un alcalde agnóstico, el que tomara con mayor decisión las riendas del proyecto reuniendo por suscripción popular los recursos para concluir las obras. Tierno, que habló en latín al Papa, hubiera asistido gustoso a la gran ceremonia en la que Juan Pablo II consagró en junio de 1993 la catedral de Madrid. El resultado exterior es un templo neoclásico más bien pastelero, cuya mejor virtud es la de no desentonar demasiado con el Palacio Real, diseñado por Sabatini. Por dentro, en cambio, el estilo es neogótico y los casi cien metros de su nave central darán mucho juego para ver en movimiento la larga cola que a buen seguro exhibirá Leticia Ortiz el día de su boda. El espacio elegido reúne, en definitiva, una apariencia óptima para dar la campanada ante los ojos del mundo, que en gran medida es de lo que se trata. Ahora, el Ayuntamiento de Madrid que preside Alberto Ruiz-Gallardón habrá de hacer encaje de bolillos si no quiere que las obras desluzcan el evento. El propio rey le pidió el miércoles que procure no tener en esas fechas la ciudad patas arriba. Coincidiendo con la boda estarán en marcha operaciones muy gordas, como el desmontaje del paso elevado de Cuatro Caminos, el nuevo túnel de la risa entre Atocha y Chamartín y, sobre todo, la megaestación de Sol. A finales del próximo mes de junio y con tan fausto motivo, la capital reunirá a presidentes, jefes de Estado y grandes personalidades llegadas de todos los rincones del planeta. Cientos de periodistas internacionales nos visitarán para cubrir los esponsales. En tal circunstancia nuestra ciudad no puede presentar sus calles plagadas de zanjas. Ante esa boda Madrid no aguantaría ninguna ironía más sobre la búsqueda del tesoro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de noviembre de 2003