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Tribuna:DEBATE | El indigenismo en América Latina

Un zombi político

El activo papel desarrollado por los movimientos indígenas en la reciente crisis política de Bolivia ha mostrado la creciente presencia pública de ese sector tradicionalmente excluido de la sociedad latinoamericana. Concentrada en algunos países del continente, la población indígena ha expresado sus reivindicaciones -en especial desde los años noventa- a través de múltiples formas organizativas, desde las más arcaicas hasta las vinculadas a los sistemas de democracia representativa. En esta página se reflejan dos análisis diversos del nuevo indigenismo.

A algunos les agradaría exclamar: ¡un fantasma recorre América Latina, el fantasma del indigenismo! Quisieran creer que ha nacido una nueva fuerza contra la cual las viejas oligarquías se unen en santa alianza. Pero en realidad el indigenismo es más bien un zombi político mimado por fuerzas sociales que reaccionan contra la expansión de la democracia en América Latina. Podemos comprender -pero no justificar- que una gran parte de las izquierdas, que han quedado huérfanas después de la caída del muro de Berlín, busquen en los nuevos indigenismos un sustituto para reemplazar los sujetos revolucionarios perdidos. Pero están jugando con una criatura política peligrosa, que ha dejado huellas trágicas en la historia del continente. Me refiero al populismo latinoamericano, que desde el peronismo argentino y el PRI mexicano hasta Chávez en Venezuela ha impregnado de forma aberrante un escenario político ya plagado por las dictaduras.

Contra lo que muchos creen, el indigenismo no sólo es un peligro para Gobiernos de derecha

Por fortuna, América Latina ha dejado de ser un mosaico de dictaduras y la democracia se ha extendido a casi todos los países (con la desgarradora excepción de Cuba). Pero la transición democrática, aunque fue impulsada por fuerzas de izquierda, llegó de la mano de la derecha. Por desgracia, amplios sectores de izquierda no han digerido la nueva situación y están auspiciando una restauración del viejo populismo mediante fuertes dosis de indigenismo. La ola multiculturalista impulsada por los ya rancios ámbitos de la corrección política anglosajona, fortalecida con las fobias contra la globalización y multiplicada por la desesperación de los más pobres, es aprovechada por algunos políticos para estimular la resurrección del populismo. En no pocas ocasiones, paradójicamente, la exaltación de las identidades étnicas se entreteje con formas arcaicas de nacionalismo. Y, para complicar aún más las cosas, hay sectores conservadores (incluso de la Iglesia católica) que apoyan al zombi indigenista, pues no ha pasado desapercibido el hecho de que está creando franjas corrompidas y antidemocráticas, y en algunos casos (como en Nicaragua) de claro signo reaccionario.

En Europa puede parecer muy simpático y liberador el viaje revolucionario a Cancún, a Chiapas o a Cochabamba para confrontar atléticamente la globalización en compañía de campesinos indígenas. Pero las secuelas de estos impulsos por apoyar a los buenos salvajes pueden ser desgarradoras. Una de las consecuencias es un fenómeno político alarmante: el crecimiento de una izquierda reaccionaria y conservadora armada de una ideología indigenista populista. La clave se encuentra en la rehabilitación de un indigenismo acorazado de una cultura de la sangre que exalta las identidades, las patrias y la guerra revolucionaria. El neozapatismo mexicano es una cara amable del zombi indigenista; pero algunos movimientos por la autonomía indígena en Centroamérica y la región andina muestran un rostro más siniestro. En su extremo encontramos el sanguinario populismo maoísta de Sendero Luminoso en el Perú.

El indigenismo que recorre la América Latina como un zombi es mucho más que la loable defensa de las culturas originarias y del inatacable derecho de las etnias indias a salir de la miseria, la explotación, la marginación y el desprecio a que han sido condenadas. El nuevo indigenismo postula que no sólo la economía capitalista neoliberal es el enemigo a vencer, sino que la cultura occidental en su conjunto es responsable de los males que sufren los marginados y miserables de todo el mundo. Su alternativa ya no es el socialismo, que fue enterrado a finales del siglo pasado, sino la restauración de las tradiciones indígenas supuestamente basadas en la comunidad y la democracia directa. En realidad, más que una alternativa se trata de la exaltación de un punto de vista que se ubica en el pasado tradicional y que legitima una reacción conservadora. En nombre de usos, costumbres y valores de un pasado mítico se rechazan las amenazas globales de la modernidad occidental. El indigenismo suele evitar todo intento por buscar dentro de la globalización las posibles alternativas y prefiere reivindicar la conservación de costumbres supuestamente prehispánicas que en realidad son, casi todas, de origen colonial.

Las formas de gobierno defendidas por el indigenismo suelen basarse en caciques varones que fusionan los poderes civiles con los eclesiásticos; normalmente excluyen la participación de mujeres y jóvenes. Se trata de residuos de formas coloniales político-religiosas de ejercicio de la autoridad en las que apenas puede apreciarse la sobrevivencia de elementos prehispánicos. En México, por ejemplo, es famosa la defensa del subcomandante Marcos de las formas autónomas de gobierno indígena. Pero no suele admitirse que, en realidad, la inmensa mayoría de este tipo de gobiernos "autónomos" no tiene el sello neozapatista, sino el del PRI. En Oaxaca, muchísimos municipios funcionan con gobiernos basados en usos y costumbres "indígenas", lo cual fue la manera en que los caudillos del ala más atrasada del PRI impidieron que los partidos de oposición pudiesen avanzar en las zonas rurales.

El hecho es que los movimientos y los partidos de izquierda son atravesados por este indigenismo conservador y autoritario. Contra lo que muchos creen, el indigenismo no sólo es un peligro para gobiernos de derecha como el de Bolivia, que acaba de derrumbarse. Ésta y otras corrientes de izquierda populista reaccionaria amenazan el avance de la izquierda democrática que gobierna en muchas regiones, e incluso podría desestabilizar gobiernos como el que encabeza Lula en Brasil. Las diversas izquierdas latinoamericanas están apenas aprendiendo a moverse en terreno democrático, y encuentran muchos obstáculos, como la agresiva política del presidente Bush y la animadversión de los partidos de derecha. Hay que agregar el espectro no de un ágil e innovador fantasma, sino la opaca pesadez de un cadáver viviente sacado del clóset del movimiento popular.

Roger Bartra es miembro del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de octubre de 2003