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Reportaje:25º ANIVERSARIO DEL PAPADO DE JUAN PABLO II

25 años en el escenario

Juan Pablo II, desafiando las previsiones, cumple un cuarto de siglo al frente de la Iglesia católica

A las 18.17 del 16 de octubre de 1978 salió humo blanco de la chimenea de la Capilla Sixtina anunciando la elección de Karol Wojtyla. Empezó el mandato de Juan Pablo II, un polaco que contribuyó a la caída del comunismo y ha dado una nueva imagen a la Iglesia católica, sin moverse un ápice del dogma. Hoy comienzan en Roma una serie de actos conmemorativos que incluyen la beatificación de Teresa de Calcuta el domingo y la reunión del consistorio el martes, con los 31 nuevos cardenales.

Juan Pablo II es un extraordinario superviviente. Sólo así se explica que pueda celebrar hoy, con 83 años, el 25 aniversario de su elección como Romano Pontífice, pese a un historial clínico impresionante: el misterioso atentado que estuvo a punto de costarle la vida en 1981; la enfermedad de Parkinson que sufre desde inicios de los noventa; varias intervenciones quirúrgicas, caídas y luxaciones, y una terrible artrosis que ha terminado por confinarle a una silla de ruedas. Hace cinco años, muchos de los artículos que se dedicaron a su 20 aniversario en el trono de Pedro, fueron concebidos casi como notas necrológicas, borradores de un epitafio al Papa polaco, dueño y señor de la escena internacional durante tanto tiempo.

Frente a sus antecesores, distantes símbolos del poder divino, el Papa desprende calor humano

El Papa ha vivido su pontificado de cara a los medios y posiblemente quiere terminarlo así

Pero Juan Pablo II ha seguido adelante. La práctica totalidad de los mandatarios que le enviaron telegramas de felicitación aquel 16 de octubre de 1978, día de su elección, han desaparecido de la escena pública -muchos de ellos también de la privada-, y el mundo ha cambiado substancialmente, con la última escalada terrorista y la instauración del nuevo concepto jurídico-militar de la guerra preventiva. Pero en la Santa Sede sigue reinando el mismo monarca absoluto, aunque su poder real sea hoy una incógnita en una corte entregada ya a la búsqueda de un sucesor.

Quien haya seguido la trayectoria de Karol Wojtyla, el primer pontífice extranjero en los últimos 450 años de historia vaticana, comprenderá el porqué de su insistencia de seguir en activo, firme ante las cámaras de televisión, incluso en esta hora terrible del ocaso. El Papa polaco ha vivido su pontificado de cara a los medios de comunicación, en mitad del escenario y todo apunta a que quiere terminarlo así. Su dominio del medio es absoluto quizás por su pasado de actor, lo que no significa que Wojtyla no crea a fondo en su papel. Desde el primer momento supo que era necesario establecer una buena comunicación con la prensa para hacer llegar su mensaje al mundo. Su objetivo era devolverle a la Iglesia católica una posición preeminente en la escena internacional. En el plano interno, Wojtyla, como miembro de una Iglesia perseguida -aunque la jerarquía polaca se demostró más sólida que el régimen comunista-, venía a celebrar la tradición, a cortarles las alas a teólogos y movimientos internos ansiosos de una modernización de la Iglesia.

El nuevo Papa se presentaba ante el mundo con un perfil sorprendente y contradictorio. Ante la opinión pública, Wojtyla era la imagen misma de la modernidad, un pontífice dinámico que practicaba la natación en su piscina de la residencia de Castelgandolfo, y el montañismo en los Alpes italianos. Frente a sus antecesores, que se habían presentado al mundo como distantes símbolos de un inasible poder divino, subidos en la silla gestatoria, Juan Pablo II desprendía calor humano. En el plano interno, sin embargo, el Papa polaco dio enseguida pruebas de la concepción restauradora que había de caracterizar su papado. Su misión era restablecer los principios del catolicismo ortodoxo en los cinco continentes y a ella se dedicó de inmediato.

Una de sus primeras iniciativas fue condenar con firmeza la teología de la liberación que avanzaba en América Latina. Acto seguido se lanzó a tumba abierta en la condena de la religión comunista. Su contribución al desplome de los regímenes comunistas de la Europa del Este es parte de la historia contemporánea, aunque el Papa y sus colaboradores más próximos han hecho esfuerzos por nivelar ese anticomunismo feroz con una condena igualmente severa de los excesos del capitalismo. Se ha acusado a Karol Wojtyla de ser un Papa autoritario, de no haber escuchado las llamadas insistentes de una parte de la jerarquía y del clero en pro de una mayor democratización de la Iglesia. Se le ha censurado por su inmovilismo absoluto en otras materias que exigen urgentes cambios: desde el acceso de las mujeres al sacerdocio, hasta la aceptación de los curas casados. Es un hecho que el Papa ha dejado de lado los aspectos más espinosos de esa reforma interna de la Iglesia por la que muchos claman. En su defensa hay que decir que dirige una de las instituciones más complejas que existen, y que entre sus prioridades nunca estuvo la de dar satisfacción a los sectores más evolucionados de la misma. El Papa quería, sobre todo, acercarse a las masas, llenar auditorios, estadios, campos de fútbol, explanadas. Y en ese capítulo su éxito ha sido total. Los llenos monumentales que se vieron en Roma, en la Jornada Mundial de la Juventud, en agosto de 2000, constituyen todo un récord.

Seducir a las masas no ha sido el único objetivo del largo pontificado de Juan Pablo II. Los esfuerzos del Papa por establecer buenas relaciones con las demás fes han sido constantes en todos estos años. En su primera encíclica Redemptor Hominis, Wojtyla se presentó como defensor de todas las religiones, lo que representaba un cambio cualitativo en la tradición vaticana. Esta apertura no le ha impedido en la última fase de su pontificado, defender el espíritu de la carta Dominus Iesus, en la que el cardenal Joseph Ratizinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y uno de sus más estrechos colaboradores, afirmaba la supremacía absoluta de la fe católica sobre las demás.

Pero ha sabido llevar adelante una elocuente política de gestos. Ha sido el primer Papa en pisar una sinagoga, en Roma, y una mezquita, en Damasco, en visitar el anglicano Reino Unido, y el que más se ha esforzado en restablecer los lazos con la Iglesia ortodoxa, un objetivo que le ha llevado a visitar Grecia en 2001. Por si esto fuera poco, Juan Pablo II ha sido el primero en pedir perdón por el daño causado por los hijos de la Iglesia en dos mil años de Cristianismo, y el primero en reconocer que la propia institución que dirige ha podido generar el antisemitismo tan extendido aún entre los católicos.

Los intelectuales y políticos judíos no quedaron plenamente satisfechos con este documento expiatorio, pero cuando el Papa en persona introdujo una copia del mismo entre las piedras del llamado Muro de las Lamentaciones, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, durante su visita oficial en marzo del 2000, todo fueron elogios y reconocimientos al Pontífice.

Juan Pablo II ha sido claro y terminante en las cuestiones de dogma, aunque, siguiendo a sus dos inmediatos predecesores, se ha preocupado por despersonalizar un poco la imagen antropomórfica de Dios del que afirmó, en una de sus últimas catequesis, "no es el anciano con barbas", que vemos en algunas ilustraciones de libros religiosos. Wojtyla, tan sensible a los problemas sociales, se ha mantenido inflexible, sin embargo, en la condena de los métodos anticonceptivos, incluso frente a la plaga del sida que ha diezmado la población africana. En la más pura tradición católica ha condenado el aborto, con palabras todavía más apocalípticas que sus antecesores, el divorcio, las parejas de hecho, las relaciones homosexuales, la eutanasia, y ha defendido la familia tradicional como única fuente de estabilidad social.

El balance de sus 25 años de gobierno de la Iglesia es, del mismo modo que su pontificado, sumamente contradictorio. Sus paseos internacionales, seguido por una escolta periodística sin precedentes, no han impedido que otras religiones se extiendan peligrosamente en América Latina en los últimos tiempos. Sus posiciones intransigentes en materia doctrinal y moral, han seguido alejando a la sociedad europea de la Iglesia. Las vocaciones sacerdotales europeas sólo se mantienen en auge en su nativa Polonia, aunque la población es cada vez menos practicante en su propio país. Su sucesor encontrará una Iglesia en estado crítico, como la que recibió Wojtyla de su antecesor. Los males de esta vieja institución no se curan en un pontificado, ni siquiera en el de un Papa tan extraordinario como Juan Pablo II. Un sorprendente superviviente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 16 de octubre de 2003