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Entrevista:MOLINA | Portero del Deportivo | FÚTBOL | La jornada de Liga

"Recuperé las ganas de jugar"

A Coruña
Reencuentro feliz en Riazor. Molina, el portero del Deportivo, que antes lo fue precisamente del equipo rojiblanco, y Burgos, el del Atlético, protagonizarán hoy un reencuentro feliz en el estadio de Riazor. Será la primera vez, en efecto, que se vean frente a frente después del infortunio común que padecieron en el curso de la temporada pasada. Ambos sufrieron sendos cánceres. El valenciano, en los testículos; el argentino, en un riñón, con el agravante de que el otro lo tiene atrofiado por un problema congénito. Pero también los dos derrotaron a sus enfermedades. De sus experiencias, de cómo reaccionaron ante el mal y de lo que ha significado para ellos, han hablado con este periódico.

La enfermedad no se olvida. O, si pudiera olvidarse, están los controles periódicos para recordarla. Esos momentos en los que José Molina aún confiesa sentir "un poco de cagazo". Pero, justo un año después de que le diagnosticasen un cáncer testicular, el portero del Deportivo es un hombre sano y un jugador crucial para su equipo, por mucho que el otro día, ante Osasuna, tuviese que pagar ese peaje del fallo absurdo que cada cierto tiempo el fútbol cobra a los guardametas. Molina ha vuelto con un compromiso renovado. El efecto iluminador que siempre tiene el mal le ha ayudado a recobrar una ilusión que se apagaba.

La intensidad de su vocación futbolística queda retratada en cada encuentro. El miércoles, sin ir más lejos, contra el PSV, holandés, cuando despidió la primera parte pateando furiosamente la pelota contra la grada, indignado consigo mismo por un error. ¿Por qué, entonces, estaba Molina tan desencantado antes de que le descubriesen el tumor? ¿Por qué pensaba incluso en dejarlo? "Buufff... Por muchas cosas. Si fuese sólo venir al campo, entrenarse todos los días y jugar el domingo, el fútbol sería fenomenal. Pero hay muchas cosas alrededor con las que tienes que apechugar y que no me gustan nada". Todas ellas pasaron a un segundo plano cuando estaba en Valencia luchando contra la enfermedad, en aquellos momentos en que tanto echó de menos el tacto de la hierba y el cuero. "Y me vinieron otra vez las ganas de jugar al fútbol", afirma; "quizá aprendí a valorarlo todo en su justa medida. ¿Qué si soy más maduro? Tengo 33 años. Ya es edad de madurar, ¿no?".

Todo el ruido de la celebridad en el que se recrean otros futbolistas es precisamente lo que más disgusta a Molina, que siempre preferirá ser dueño de sus silencios a esclavo de sus palabras. Se le recuerda, por ejemplo, el error de Pamplona, donde una pifia en un despeje sirvió un gol a Osasuna, y se disculpa: "Podría explicarlo, pero prefiero no decir nada. No quiero que nadie piense que busco excusas. Fue un fallo tonto. Dejémoslo así". Un pudor innato que le impide también comentar las conversaciones que tuvo con Mono Burgos después de que a éste le diagnosticasen en enero, cuando él ya estaba recuperado, un cáncer de riñón: "Nos llamamos varias veces, sí. Pero son cosas personales...".

Hoy tendrá enfrente a Burgos y otros amigos: Santi y Aguilera; el delegado del Atleti, Carlos Peña; los médicos y los utilleros... Esa gente con la que convivió cinco años en el Manzanares y que también le animaron a vencer su mal y renovar su amor al fútbol pese a su fastidioso envoltorio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de octubre de 2003