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EL FUTURO DE EUSKADI

El folletín aplicado a la política

Una de las innovaciones más destacadas debidas al lehendakari Ibarretxe es la de haber introducido en la política la técnica del folletín. Nadie como él ha rentabilizado más ni mejor la táctica de ir desvelando a plazos, dosificando las entregas, un proyecto político de fondo. El presidente vasco puso en marcha este procedimiento en septiembre de 2000, cuando se sobrepuso al naufragio de Lizarra y de su primer Gobierno, ideando un plan de salvación para poder acudir con un mínimo bagaje a las inevitables elecciones anticipadas de mayo de 2001. Fue aquel famoso "triple compromiso" -ético, democrático y de diálogo- con el que obtuvo para su partido una victoria electoral memorable por inesperada.

Desde entonces, cada mes de septiembre y con la obstinación que le caracteriza, el lehendakari desvela un nuevo episodio de su plan-folletín, siguiendo un guión flexible en los plazos, pero rígido en sus objetivos. Hace un año, por estas fechas, abrió el capítulo del pacto de libre asociación y ayer precisó gran parte de sus contenidos y nos convocó a septiembre de 2004, para cuando se anuncia la siguiente entrega, que puede ser la penúltima, o no.

En términos de estricta estrategia política -si pudiera hacerse abstracción de las graves cuestiones que están en juego-, los resultados obtenidos por Ibarretxe y su partido son inmejorables. Aunque sea a costa de los principios que proclama. Sabe el lehendakari que el plan que propone difícilmente encaja en la categoría de "pacto" por la unilateralidad de su enunciado; no trae la paz, ya que lo rechazan quienes la perturban, y tampoco garantiza la convivencia, porque a casi la mitad de los vascos y al Estado, al que se ofrece libre adhesión, sólo se les deja la opción de asentir a lo decidido previamente por la otra mitad. Sabe también Ibarretxe que, pese al entusiasmo profesional que derrocha, su propuesta no ha logrado en un año ilusionar a nadie que no lo estuviera previamente, ni puede ya aspirar a superar el consenso que recabó el Estatuto de Gernika.

Pero el mecanismo funciona. La intriga sobre los límites de la historia y los golpes de efecto que jalonan su exposición permiten encubrir las carencias de la trama propuesta y distraer la atención de otras cuestiones incómodas, como la poco vistosa gestión de un Ejecutivo tripartito atenazado por su minoría parlamentaria. Y la prolongación del folletín sigue resultado extraordinariamente útil a las aspiraciones hegemónicas del nacionalismo gobernante. Gracias a él Ibarretxe puede seguir marcando el ritmo del debate político en el País Vasco y en España y recoger a los desenganchados del nacionalismo radical. Y así hasta que la realidad se imponga sobre la ficción. O a la inversa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de septiembre de 2003