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Crítica:CRÍTICA

Diez blanquitos

En un momento de esta claustrofóbica y muy tramposa película de James Mangold, un personaje femenino exclama: "Esto se parece a una película que vi en la que unos tipos se quedaban encerrados y los iban matando uno a uno". Esa referencia a Diez negritos, la novela de Agatha Christie, o a alguna de las muchas versiones que de ella se hicieron -hay incluso una pornográfica: virtudes de una trama bien urdida-, parece iluminar súbitamente lo que estamos viendo. Porque como en la obra de Christie, al parecer se trata de saber no sólo quién va eliminando a las personas a las que una violenta tormenta atrapa, en un oscuro motel de carretera, contra su voluntad. También, de quién será el próximo. Y cómo.

IDENTIDAD

Dirección: James Mangold. Intérpretes: John Cusack, Ray Liotta, Amanda Peet, John Hawkes, Alfred Molina, Rebecca de Mornay, John Hawkes, William Lee Scott. Género: thriller, EE UU, 2003. Duración: 90 minutos.

Con esos personajes encerrados, algún elemento disperso que aporta interés suplementario a la trama, un sospechoso comienzo que en principio no se vincula para nada con el enclaustramiento que va a venir, Mangold, que ya había frecuentado anteriormente el cine criminal -recuérdese Cop land, no del todo despreciable-, se adentra en un universo de violencia desatada.

Durante buena parte de la acción, digamos que hasta el comienzo del último de los tres actos en que se puede dividir el asunto, todo parece jugarse ahí, en ese motel, entre las peripecias de esos personajes. Pero de pronto, en un giro que seguramente no desagradaría al David Lynch más abstruso -pongamos que el de Carretera perdida-, pero probablemente sí a quienes ni siquiera amamos aquella propuesta descabellada, y que en nada se parece a Diez negritos, la película literalmente se desdobla para contarnos que de lo que hemos visto, nada; que lo que importa está en otro lado, y poco o nada sabemos de ello.

En su loca carrera en pos de la sorpresa a cualquier precio, Mangold y su guionista se olvidan de que cualquier avance narrativo, si se juega con limpieza y honestidad, debe dejar establecidas algunas verdades, aunque sean provisionales; pero que poner de repente, sin previo aviso y por las buenas, todo lo narrado patas arriba puede conducir al descrédito y a la desconfianza.

Es lo que ocurre: cuando nos percatamos de que todo lo visto no es más que un truco que oculta otra verdad, otros personajes y otras situaciones, el avance narrativo, que hasta entonces iba bloqueando nuestras preguntas más elementales, se detiene de golpe y nos permite regresar sobre lo ya visto, verle las trampas, asistir a sus despropósitos; desolidarizarnos de esos personajes, de esas vicisitudes y de esos sufrimientos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de septiembre de 2003