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Crónica:FÚTBOL | Segunda jornada de Liga

Los 'pavones' salvan los muebles

Un gol a última hora de Núñez evita la derrota del Madrid ante un gran Riquelme en el Madrigal

Un Madrid repleto de chicos de la cantera, de pavones desconocidos para el gran público, salvó los muebles en el último instante. Lo hizo uno de ellos, Núñez, centrocampista de 24 años, en un cabezazo al segundo palo que superó la coronilla de Arruabarrena. Fue un córner de Beckham al que se llegó por el espíritu inasequible de Míchel Salgado, el mayor resistente a una derrota que parecía asegurada. Porque hasta ese postrer momento, el Villarreal había sido mejor, mucho mejor, dirigido por un excelso Riquelme hasta que le acompañó la gasolina. Fue el día en que Riquelme mandó parar y en que Anderson paseó su vieja alma de pistolero. Todo apuntaba a que el Villarreal había desnudado las carencias del Madrid, su debilidad en la espina dorsal, pero una vez más el cuadro madridista sacó su orgullo (especialmente Salgado), le acompañaron unos muchachos de la casa, y Queiroz salió con la cabeza erguida del Madrigal.

VILLARREAL 1 - REAL MADRID 1

Villarreal: Reina; Javi Venta, Quique Álvarez, Ballesteros, Arruabarrena; Guayre, Riquelme, Martí, Roger (Arzo, m. 89); Víctor (Calleja, m. 58) y José Mari (Anderson, m. 69).

Real Madrid: Casillas; Salgado, Rubén, Pavón Raúl Bravo; Beckham, Helguera (Borja, m. 83), Zidane (Solari, m. 26), Figo; Raúl y Portillo (Núñez, m. 76).

Goles: 1-0. M. 70. Pase largo de Quique Álvarez a Anderson, que empalma un gran disparo cruzado con su pierna izquierda. 1-1. M. 84. Núñez cabecea un centro de córner de Beckham.

Árbitro: Pino Zamorano. Amonestó a Ballesteros, Calleja, Beckham y Salgado.

Unos 21.000 espectadores en El Madrigal.

La silbatina de la grada era producto del miedo. El miedo que suscita en los rivales Beckham cada vez que dispone de una falta al borde del área. Se teme esa rotunda rosca que describe una trayectoria demoníaca para el portero. En el caso de Reina decidió combatirla con los puños. Para evitarse problemas. Llegaba un disparo de Beckham y Reina sacaba lustre a los puños. El balón salía escupido muy lejos de sus dominios. Esos tiros y un par de centros de parecido calibre fueron lo mejor que dejó el volante inglés. ¿Lo peor? Una entrada con los tacos por delante que hizo aullar a Arruabarrena y que le costó una tarjeta amarilla.

Más allá del efecto Beckham, el Madrid fue muy poca cosa. El equipo descompensado que viene mostrándose en este arranque de temporada. Pobre atrás y en el medio del campo, donde Queiroz no encuentra a nadie que le dé personalidad a la salida del balón. Los previsibles nervios del central Rubén se apreciaron en el primer minuto, cuando le dio un manotazo en la cara a José Mari que no vio el árbitro. Después se fue entonando hasta que entró Anderson e hizo valer toda su experiencia: le ganó con el cuerpo la posición y se inventó un remate imposible. Rubén dispuso de la permanente asistencia de Pavón, que cumplió como siempre. E incluso a punto estuvo de marcar con un bello cabezazo tras un córner de Beckham que se fue al larguero. En cuanto a Helguera, en su retorno al centro del campo, evidenció su falta de hábito. Tendió a hundirse como tercer central. Le costó un mundo salir de la madriguera. No fue el hombre que necesitaba el Madrid para ejercer el dominio que se le suponía.

Éste correspondió al Villarreal, cuya primera parte fue muy académica. Desmontó al Madrid con un fútbol muy trenzado, magistralmente dirigido por el resucitado Riquelme. Se equivocó en una cosa: cargar demasiado el ataque por el flanco derecho, donde trataba de desbordar por velocidad a Raúl Bravo, el más rápido de los defensores madridistas. Y, por supuesto, le faltó un gol, ese mal endémico que ha caracterizado al conjunto castellonense en los últimos años. Con la llegada de Riquelme y Roger, el cuadro de Floro ha ganado mucha claridad en visión, pero sigue sin pegada.

Atención a Riquelme, que puede ser su gran año. Las condiciones son ideales para él: un equipo muy alegre, un protagonismo indiscutible y unos deseos inmensos de demostrar que el Barça se equivocó. Ayer recordó de inmediato al que fue en Boca. Al de la final de la Copa Intercontinental ante el Madrid. Rodeado de rivales blancos, siempre encontró una salida al balón: la mejor. Se trataba otra vez de ese mediocampista con un imán en los pies y con una tremenda seguridad en sí mismo. No había nadie capaz de arrebatarle el tesoro. Tuvo incluso ese punto de arrogancia por el que se permitía guardarse eternamente el balón.

La lesión a la media hora de Zidane -se fue dolorido del tobillo derecho- propició la entrada de Solari y el consiguiente desplazamiento de Figo a la media punta. Y desde allí puso en práctica el portugués un excelso pase con el exterior de su pie que dejó a Salgado solo ante Reina. El lateral golpeó sutilmente de primeras y el balón escupió en el larguero mientras la grada sostenía el aliento. Curiosamente fue Salgado el improvisado delantero que más remató. Su espíritu fue el que sostuvo hasta el final la posibilidad madridista de empatar. Raúl y Portillo nunca encontraron un remate propicio.

La segunda parte ya fue más equilibrada. En parte porque Solari le dio una vigorosa salida a su equipo por la izquierda. La carestía en el remate fue la gran cruz del Villarreal. Esa fue su gran cruz. Mucho juego y escasísimo remate, de tal forma que Casillas fue más espectador que actor del control amarillo. Hacía falta un pistolero y El Madrigal agradeció la aparición de Anderson, en la suplencia debido a una molestia muscular. Y aún así, el brasileño no necesitó ni cinco minutos para hacer honor a su gran carrera de goleador. Le bastó un pase largo de Quique Álvarez al pico izquierdo del área madridista, un forcejeo con Rubén por ganarle la posición, y un inverosímil globo cruzado con la izquierda que dejó pasmado al mismísimo Casillas. Con todo perdido, Queiroz hurgó en su banquillo, pobló el equipo de pavones y encontró una respuesta inesperada: Núñez, que cabeceó implacable a gol otro córner de Beckham.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de septiembre de 2003