PERSONAJES DEL SIGLO XX | Juan Carlos Onetti | PERFILES

Iluminaciones en la sombra

Conocí a Juan Carlos Onetti después de haber conocido una parte principal de su obra: Tierra de nadie, La vida breve, El astillero. Recuerdo muy bien el singular acopio de sensaciones que me depararon esas lecturas: una rara, infrecuente convicción de que en aquellos textos nocturnos, desesperanzados, de difusa materia argumental, de hermosa desobediencia a tanto inane aparejo realista, alentaba un escritor extraordinario. Tardé años en conocerlo, aunque supongo que finalmente logré identificarme con no pocos de los hábitos y maneras del novelista. No es que lograra trazar ningún discreto retrato suyo, por muy informal y apresurado que fuera, pero sí pergeñé algún que otro esbozo que aún hoy sigue resultándome útil para evocar a la persona y al escritor.

Hablaba poco porque su presunto repertorio oral estaba trasvasándose a los diálogos de los personajes de ficción
Esa situación de residente estable en la cama dotaba al novelista de un manifiesto aire de enfermo imaginario
Todas las novelas de Juan Carlos Onetti son una similar novela con muy parecidos propósitos expresivos
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Un día de un otoño de los años ochenta fui a visitar a Onetti. Vivía en un piso algo sombrío del madrileño barrio de Argüelles, y estaba retenido en una de sus más obstinadas fases de acostado. Esa situación de residente estable en la cama dotaba al novelista de un manifiesto aire de enfermo imaginario o de excéntrico personaje de su obra. ¿Por qué había elegido esa reclusión, esa dimisión, si es que no lo obligaban ocasionalmente a ello los menoscabos de la salud? Tengo entendido que, gracias a los buenos oficios del embajador Tena Ibarra, Onetti pudo renunciar a volver a Uruguay, donde la feroz dictadura de turno se había ensañado con él. Yo creo que se le notaban las marcas de esa experiencia desdichada y de la posterior aclimatación al destierro. Cuando yo lo conocí, se había pasado del vino tinto al whisky -por prescripción facultativa, según decía- y sólo leía novelas policiacas: Chandler, Hammett, Le Carré, Jim Thompson... También oía de vez en cuando algún tango de la buena época y algún bolero clásico. Apenas escribía o sólo escribía fragmentos hipotéticamente aprovechables, esas verbosidades del insomnio que trataría luego de acomodar entre otros textos más elaborados. O que perdería regularmente en el desarreglo general del tiempo. A veces daba la impresión de que aquel señor con aspecto de convaleciente taciturno no podía ser el mismo que escribiera páginas tan definitivamente seductoras.

Sólo en tres ocasiones vi a Onetti levantado. Una en 1979, cuando él y yo firmamos ejemplares de sendas novelas publicadas en una colección de bolsillo que canalizó Carmen Balcells a través de Argos Vergara; otra, en una cena que convocó algo después Ricardo Gullón, y la tercera, en 1980, en el acto de entrega del Premio Cervantes. En todos los casos se le veía como turbado, como si esas apariciones públicas contravinieran el buen orden de su vida privada. Un buen orden en el que comparecían como sustentos notorios el cansancio, el retraimiento y alguna insidiosa variante del escepticismo, esto es, la estética connatural de la decepción. ¿Cómo solapar todo eso ante los demás? ¿Cómo neutralizarlo con el aparente con-trol de una desgana tan laboriosamente adquirida?

Pienso que si Onetti hablaba poco era porque su presunto repertorio oral estaba trasvasándose a los diálogos de los personajes de ficción. Todo el que haya leído sus novelas mayores -La vida breve, El astillero, Juntacadáveres, Dejemos hablar al viento- sabe que su deliberado hermetismo, su propensión a sombrear la realidad con sus más enigmáticas equivalencias, ese silencio que intercepta a veces el flujo narrativo, también constituye un fiel trasunto de los edificantes mutismos del autor. Onetti se inventa la ciudad quimérica de Santa María porque es un lugar donde pueden alojarse las soledades, los infortunios, las frustraciones que asedian a los personajes con que se ha ido encontrando por los extramuros de la memoria. Es una ciudad ineludible y fantasmal, habitada por gentes propensas al extravío, medio atrapadas en el dédalo de la infelicidad y la muerte. Por Santa María pasa el río del mundo, turbio y caudaloso, y pasan las cosas que a lo mejor ni ocurren ni son del todo verdaderas, porque el autor prefiere que no lo sean, o porque en la historia que quiere acotar sólo tiene cabida una imperfecta condición humana. Los amagos, vaguedades, quiebros ilusorios que se insertan en el texto a manera de rupturas de la continuidad narrativa, definen de hecho el sentido global de las novelas de Onetti. Lo demasiado claro es una obviedad; la lógica, una traba que impide la libre circulación del absurdo; el orden, un desperdicio. Sólo el sondeo en la cara oculta de la realidad permite la aproximación al secreto, ese cauteloso internamiento por la selva de la imaginación donde de pronto se pierde el lector y donde, también de pronto, a partir de una copiosa oscuridad, se llega al centro de la iluminación.

Todas las novelas de Onetti son una similar novela con muy parecidos propósitos expresivos.Tampoco el procedimiento experimenta ningún apreciable cambio, esa unánime, reiterada indagación en los yacimientos de la realidad en busca de sus más cotidianas impurezas. A veces se tiene la impresión de que el corpus narrativo de Onetti -incluida su veintena de cuentos- constituye un sistema de vasos comunicantes donde los lugares y las personas aparecen y reaparecen, se perfilan y se borran, con sistemática incertidumbre. Todo es anterior y todo presupone lo siguiente. Aparte de los vagos escenarios de Santa María, centro gravitatorio del mundo del novelista, los personajes -Larsen, Díaz Grey, Brausen, Barrientos, Jeremías Petrus, Medina...- nos ayudan a ir más allá de esa linde psicológica que las convenciones atribuyen al común de los mortales. Detrás de cada escenario urbano, de cada conducta personal, hay un espacio brumoso habitado por fantasmas esquivos, trabados siempre en la alegoría insistente de una crueldad que se nutre paradójicamente de la compasión.

Escritor de rango cervantino, Onetti gusta de articular toda una serie de complejas interferencias entre la ecuanimidad y la locura, entre lo turbio y lo diáfano. Sus novelas, sin embargo, no cuentan historias: cuentan un estado de ánimo, cuentan el ambiente donde se juntan unas personas que comparten la arriesgada aventura de estar vivas. Desenredar la madeja argumental puede suponer malograrla. La abstracción ocupa así crédulamente el sitio de la realidad. La descripción de unos hechos oculta lo descrito. Ahí está la maestría insurrecta de un Faulkner, de un Kafka, y ahí está Onetti, saliendo y entrando de sus propias nocturnidades y tristezas, transcribiendo una y otra vez el errático sueño de unos personajes subur-biales, descarriados, que pretenden por lo común solventar una contienda imposible.

El ritmo y el tono de la prosa de Onetti destacan como elementos notabilísimos de la estructura novelística. El estilo hace verosímil lo incierto y se aproxima a veces a un auténtico prodigio lingüístico. Hay algo, no obstante, que parece obedecer a un descuido deliberado, como si el escritor quisiera disimular el esmero o dar a entender que esas cuestiones no le preocupan. Pero ahí está pulcramente estabilizada una norma de conducta estilística: la potencia metafórica, la adjetivación impecable, el prestigio gramatical de la poesía. Y es ahí donde se consolida el más inmediato magnetismo de una prosa admirable, explícita y compleja a la vez, como desentendida de su eficiencia a la hora de conducir la difusa progresión argumental.

El lector que ha conseguido finalmente compartir con el escritor sus incursiones por la vida no puede evitar imaginárselo recostado en la cama, bebiendo con metódica regularidad y tratando de articular los fragmentos narrativos que se le quedaron traspapelados en algún lugar del sueño. O de la desgana. El desaliento también puede ser consecuencia de una marginación opcional. Y él sabía además que la muerte estaba allí, subiendo y bajando las escaleras una y otra vez, sin decidirse a llamar a su puerta todavía. ¿Para qué arriesgarse entonces a emitir un nuevo diagnóstico sobre las enfermedades de la realidad si con cada novela ya había escrito su obra narrativa completa?

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