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COLUMNA

David y Perseo

Las cataratas de turistas que diariamente se derraman sobre la Piazza della Signoria de Florencia suelen sufrir una honda desilusión cuando se enteran de que el coloso de mármol que se yergue frente al Palazzo Vecchio, junto a cuyo pedestal han vaciado sus cámaras fotográficas, no es original de Miguel Ángel. La sensación se aproxima a la de estafa y despierta en el turista oscuros vientos de venganza: quiere que le devuelvan el dinero, que alguien le explique por qué les han engañado, ellos han venido a retratar el David de Miguel Ángel y no un plagio perpetrado por quién sabe qué rata de taller. La escultura auténtica vive confinada en un espacio más discreto, a salvo de las celliscas y los vendavales, bajo una coqueta semicúpula que en el siglo XIX moldearon para ella en la Galleria dell'Accademia. Las razones que adujo el cabildo de Florencia para reemplazar el original por una copia fueron prudentes: de qué servía exponer una obra única de un gran maestro a las inclemencias de la meteorología y los caprichos del vulgo si un sucedáneo podía cumplir las mismas funciones de chivo expiatorio. Sin embargo, si cruzamos la plaza hasta los soportales atestados de estatuas que hay en el otro ángulo, comprobaremos que el mismo método no ha sido respetado en todos los casos: ese ágil milagro de bronce que es el Perseo de Benvenuto Cellini sigue en la calle, arriesgándose a todos los peligros de los que el David ya está a salvo, compartiendo la oxidación y el bullicio con el resto de florentinos y visitantes.

¿David o Perseo? Cada uno de estos héroes de la Antigüedad encarna una de las pasiones contrapuestas entre cuyas aguas se bandean los responsables de los patrimonios culturales. Unos, poseídos por el espíritu de la conservación, confunden el universo con una vitrina y consideran que toda obra de arte debe ser puesta a salvo de los ácaros, de la luz, del oxígeno que trae la podredumbre; otros, liberales e irresponsables, consideran que las obras se hicieron para ser gozadas por el público, lo mismo en la pared de una taberna que sobre el pedestal de una plaza, y que constituiría un crimen encarcelar una propiedad comunal en el sótano de un museo, aunque el tiempo y la erosión la humillen sin remedio. En medio de esas dos aguas timonea ahora la Junta con el Giraldillo de Sevilla, sin saber si volverlo a encaramar a lo alto de la famosa torre o dejarlo resguardadito en una sala de la catedral, donde los turistas podrían contemplarlo mucho más a su gusto. Dicen que la alegoría de metal ha sido remendada a conciencia y que está ahora más sana que cuando el mismísimo Bartolomé Morel lo parió en 1567, por cuanto los técnicos aconsejan devolverla a su lugar de origen, según dispone la Ley de Patrimonio Histórico. Todo parece indicar que la acción se inclinará del lado de Perseo y que la muchacha de bronce ascenderá otra vez al cielo de Sevilla, a soportar cicatrices y metralla de palomas. Doctores tiene la Junta que sabrán de esto mucho más que yo, y tan respetable me parece el partido de David como el de Perseo, pero una punzada me dice desde el corazón que no ganamos nada con ese regreso: allá en lo alto el Giraldillo sigue girando y acompañando a las espadañas, pero al menos que uno disponga de un helicóptero poco podrá apreciar la labor de los restauradores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 31 de julio de 2003