Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
GEORGE ORWELL, UN TESTIGO DEL SIGLO XX

Verdades y mentiras

No era un profeta que vaticinara el porvenir. Era un corresponsal de prensa extranjera, un testigo presencial solidario, de un mundo terrible del que el actual no está demasiado lejos.

La celebérrima novela de George Orwell, 1984, no aguanta una relectura. Es un libro esquemático, simplón, ingenuo y mal escrito. Y, sobre todo, uno ya lo ha leído. Resumido en 10 folios mejoraría considerablemente. Resiste mejor Rebelión en la granja, gracias al humor; pero tampoco va muy allá. Son dos fábulas de sátira política en la tradición de Swift o de Voltaire, dos contes philosophiques que en su momento le dieron a Orwell fama mundial (y casi póstuma: murió en 1950, a los 46 años); pero una fama equívoca, puesto que, en su momento, fueron mal interpretados. Leídos sobre el entramado de la guerra fría, y como profecías de una utopía negativa: este horror va a ser el mundo.

MÁS INFORMACIÓN

En buena parte así es hoy el mundo, en efecto. Este horror. Basta con ver al presidente Bush diciendo en la Palestina pisoteada por Israel que el general Sharon es "un hombre de paz", o con oír al secretario de Defensa Rumsfeld anunciando al comienzo de la guerra de Irak que "ahora vamos a empezar a decir mentiras", para recordar el lema orwelliano de "Guerra es Paz", o su "Ministerio de la Verdad" encargado -como la tele hoy- de las noticias, el entretenimiento, la educación y las artes. Y el "Gran Hermano" está aquí, con su ojo omnividente: entra uno al metro de Madrid y se topa con un letrero optimista: "Tres mil cámaras velan por tu seguridad". La maligna "Hermandad" secreta que amenaza la felicidad del mundo también existe: es el omnipresente pero etéreo e inasible terrorismo universal que justifica todos los abusos de las autoridades, como antes, durante medio siglo, las justificó el malvado comunismo (o, en el campo comunista, el malvado capitalismo). En cuanto a la guerra perpetua, estamos en guerra perpetua. "Para varias generaciones", advierte Bush.

Pero Orwell no describía el mundo de pesadilla del futuro (1984 se publicó en 1949), sino el del presente. El suyo, que, dejando a un lado la tecnología, sigue siendo el nuestro. Su papel no era el de un profeta que vaticina el porvenir, sino el de un observador atento que rinde testimonio de lo que está pasando: un testigo.

Aunque, si se toma en su más

estricta acepción teológica, la palabra "profeta" quiere decir "testigo". Orwell lo fue. Testigo presencial, en el sentido más literal, más inmediato y más modesto, que era el de su oficio: corresponsal de prensa. Así como hay corresponsales de guerra, Orwell fue un corresponsal de la lucha de clases. Informaba desde el frente de la guerra social, contaba cómo viven y cómo mueren los pobres (uno de sus artículos famosos se titula así), los marginados, los condenados de la tierra, entre quienes vivió él mismo: no era un entomólogo, sino un participante solidario. Los protagonistas de sus crónicas son los obreros deshechos por el desempleo de masas en el Lancashire inglés de los años treinta, en El camino de Wigam Pier; los nativos colonizados de Birmania, en Los días de Birmania; los lumpenproletarios de las grandes ciudades industriales y ricas, en Sin blanca en París y Londres; los milicianos republicanos de la guerra de España destinados al matadero, en Homenaje a Cataluña. Los desposeídos hasta de la palabra, que no saben hablar, ni van a ser oídos. Testigo presencial, participante solidario, sí, pero a fin de cuentas corresponsal extranjero. Así como un corresponsal de guerra, aunque corra peligro, sabe que la guerra sobre la cual informa no es contra él, así Orwell sabía que él no estaba entre los perdedores eternos de la guerra de clases sobre la cual enviaba corresponsalías a los periódicos. Enfermó de hambre en París, sí, y lo hirieron de un balazo en la guerra de España. Pero él era otra cosa: un intelectual. Corría peligro, por supuesto (como todos); pero no estaba de verdad en la línea de fuego.

Otro intelectual "comprometido" de esa época, el novelista francés André Malraux, durante años embarcado como el inglés Orwell en la guerra social, en la lucha política del socialismo y contra el fascismo, y hasta en el choque militar de la Guerra Civil española (antes de convertirse, en su vejez, en ministro de Cultura de Francia), explicaba sus heroísmos de los treinta años, y de los años treinta, con lúcida sencillez: "Estaba convencido de que no me iba a pasar nada".

Tal vez sea eso lo que hace hoy casi ilegible -o fatigosamente legible- la obra de ficción de George Orwell, en tanto que, sesenta o setenta años después de escritos, siguen valiendo la pena sus menos ambiciosos libros sobre la inmediatez de la realidad: el Sin blanca en París y Londres, el Homenaje a Cataluña. Éstos guardan la frescura permanente de las obras de ficción, en tanto que sus deliberadamente ficticias pero pretenciosas fabulaciones de realidad han envejecido malamente. Y no porque los libros "periodísticos" fueran más objetivamente verdaderos, sino al revés. Dice Orwell, a propósito del Sin blanca en París y Londres: "Creo que puedo decir que no he exagerado nada, salvo en el sentido en que todos los escritores exageran cuando seleccionan".

Y es que en sus libros periodísticos, los de corresponsal de la injusticia, Orwell cuenta mentiras de escritor: o sea, verdades. En tanto que en sus obras de ensayista-novelista-político-visionario, las que hicieron su fama, desarrolla verdades de pensador: o sea, mentiras. Y las mentiras no duran mucho, mientras que las verdades siempre siguen siendo las mismas. Motivo, siempre, de indignación moral. La indignación que hace que más de medio siglo después de muerto, y en el vasto cementerio de escritores olvidados de su época, los escritos de George Orwell sobre las realidades de ese entonces merezcan todavía ser leídas, aunque estén mal escritas.

Y encima, vistas las cosas en torno, mucho me temo que Orwell vaya a seguir siendo una lectura recomendable dentro de otros cincuenta años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de junio de 2003