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Análisis:

Visiones de Europa

Cuarenta y ocho años de experiencia pesan tanto que la edición del Festival de Eurovisión, celebrada en un plató letón con alma de planetarium, se limitó a parecerse a sus predecesoras. Para los que todavía no lo sepan: Beth quedó en octavo lugar. Sus buenas intenciones de defender la deslucida canción Dime no bastaron para convencer a un jurado formado mayoritariamente por los votos procedentes de llamadas telefónicas. La ganadora de Operación Triunfo-2 estuvo más correcta que brillante, y su estilo, que el comentarista José Luis Uribarri definió como "lección de juvenil buen gusto", quedó apagado bajo el exceso de maquillaje. Ganó Sertab Ereber, representante de la televisión turca, que interpretó, en inglés, la canción Everyway that I can. Riga, pues, no pudo aclamar a Beth como habían previsto los más eufóricos, aunque resultó ser una ciudad anfitriona competente, capaz de iniciar la gala con una pareja de presentadores enfundados en unos felpudos psicodélicos que habría firmado Ágata Ruiz de la Prada.

Del festival sólo se puede decir que sigue imitándose a sí mismo, perfeccionando su realización pero manteniendo, además de la emoción de las votaciones, la única estructura capaz de incluir 26 canciones y su interminable veredicto. TVE volvió a confiar en Uribarri como embajador mediático y el veterano especialista no decepcionó. Estuvo correcto con las actuaciones, donde tradujo, informó y pronunció mal el único título en francés. Como suele ser habitual, se creció con las votaciones. Aunque no abusó de su parapsicológica capacidad para el pronóstico, sí supo aliñar su locución con destellos de videncia que ponían los pelos de punta.

"¿Existe una ficción europea?", se preguntaba hace unos años el gran escritor holandés Cees Nooteboom. Viendo el festival, uno intuye que la ficción europea debe de ser eso: estilismo engominado, androginia psicodélica, cirugía estética, dinamismo discotequero para todos los públicos, toques étnicos, mestizaje hortera y una adicción a esa demoscopia telefónica que tanto permite votar la canción más pegadiza del festival como para echar a un vividor de un reality show. En lo idiomático, el continente parece haber renunciado a su variedad y apuesta por una anglofonía de listón bajo. Se permiten, eso sí, ciertas extravagancias: ese Alf Poier, que aportó su relectura neo-punk del himno cervecero. O el polémico dúo ruso, que se mantuvo hasta el final en el pelotón de cabeza con una estridente propuesta. Del aspecto musical, me pareció que Holanda, Suecia y Croacia presentaron una fórmula más festivalera que la ganadora, tan solvente como la melancólica simplicidad de la canción noruega, digna heredera de Paul McCartney o del gran Gilbert O'Sullivan. Al igual que Beth, tendrán que esperar a una próxima ocasión para ganar. La vitalidad turca, quien sabe si apoyada por su exilio telefónico, pudo con todos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de mayo de 2003