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Tribuna:

El Papa, en España

Quienes han leído la obra Quo vadis?, del premio Nobel de Literatura (1905) H. Sienkiewicz, recuerdan el diálogo entre Cristo y Pedro preguntándole éste a Cristo a qué va camino de Roma. En el evangelio apócrifo de Pedro, donde aparece por primera vez, esta frase dice: "Quo venis? ¿A qué vienes?". Ésa es la pregunta que nos hacemos los españoles hoy. ¿A qué viene Juan Pablo II a España? ¿Qué quiere decir a la Iglesia y que quiere ofrecer a la sociedad española? ¿Qué primacías del evangelio va a establecer y qué distancias o rechazos va a instaurar?

Vamos quien somos, por lo que valemos y para lo que estamos. A Juan Pablo II no le importa la vida con tal de cumplir su misión. Desde joven universitario él es un autor y un actor. Tiene algo que decir a los hombres y, plantado en el tablado del teatro del mundo, lo profiere con vigor y convencimiento. Sabe, con Calderón de la Barca, que persona es misión y que la misión que tenemos que cumplir nos legitima, sostiene y obliga. "Y es representación la vida humana". "Aquello es representar / aunque piense que es vivir". Y la representación tiene sobre todo a un espectador divino, que le confiere dignidad y le reclama perfección. "Obrar bien, que Dios es Dios".

¿Quién es el actor y cuál el papel que representa? Karol Wojtyla es un polaco nacido después de la Primera Guerra Mundial y antes de la Segunda. Es un hombre de entreguerras. Creció en un país arrasado sucesivamente desde lados contrarios y negado tanto en su identidad nacional como religiosa. Es también un hombre entre países. Por estar Polonia en ese borde de las dos Europas, la del Oriente eslavo y la del Occidente latino y germánico, Juan Pablo II es un hombre de entreculturas. Todo eso le ha obligado a enraizarse en una identidad a la vez que a reconocer las diferencias. Desde joven aprendió a erguirse en la libertad frente a los poderes negadores del hombre. ¿Hay alguien vivo que como él se haya enfrentado con riesgo de su vida a los tres poderes, políticos e ideológicos máximos, que han dominado el siglo XX: Alemania con Hitler y el nazismo; Rusia con Stalin y el comunismo; América con Bush, su abandono del pueblo palestino y la guerra contra Irak? Arraigado en su fe en Dios y confiado en la dignidad insobornable del hombre, se ha mantenido enhiesto hasta hoy. Como fruto de su vida, su lema político reza: "No tengáis miedo". Y lo dice quien es superviviente de sucesivos asaltos mortales.

La acción más sagrada de Juan Pablo II en España será proferir en voz alta y clara el nombre santo de Dios en público, como bendición, ofrenda y promesa para todos. Cuando olvidamos las palabras fundadoras, las que consabidas son la fuente de todo saber y dignidad, alguien con amor y verdad tiene que volver a proferirlas limpias y resanadas. Dios es la palabra suprema de la historia, la que más se ha enaltecido y la que más hemos envilecido. ¿Qué ha ocurrido con otras, también fundadoras, como amor, libertad, paz, esperanza? ¿Dejaremos de traerlas a nuestros labios porque han sido igualmente ensangrentadas y profanadas? Preguntado Martín Buber por qué no dejar la palabra Dios sin pronunciar durante unos años para recuperar su dignidad, respondió que no es posible hacer silencio sobre lo esencial: que a esa divina palabra tenemos que levantarla del barro que la ensucia y, profiriéndola con amor y respeto, devolverle su luminosa potencia sanadora. Lo más grave que está ocurriendo en Europa es el silencio social sobre Dios, junto con el silencio social sobre cada hombre, como su imagen, sagrada e inviolable por más pobre, degradada y diferente que aparezca.

Antes que un líder religioso, el Papa es el humilde intérprete del evangelio y obligado exponente de lo que el cristianismo es y de lo que ha aportado a la conciencia humana. En el encuentro con la cultura grecolatina y con la modernidad el evangelio ha configurado un modelo de humanidad, forjando a la vez una cultura, una estética, una ética y una utopía. Cuando el mundo se encuentra en los bordes, tiene que redescubrir esos fundamentos y raíces. En este contexto Juan Pablo II propone el mensaje, persona y destino de Cristo como camino y luz para la vida humana. Las bienaventuranzas, que son ante todo el retrato de la bella aventura que corrió Cristo y con él podemos correr sus seguidores, aparecen como propuesta y garantía de humanidad verdadera. Las categorías de persona, libertad, prójimo, misión, esperanza absoluta de vida eterna, que son ya irrenunciables, tienen en el cristianismo no su única matriz de gestación, pero sí su hogar de maduración, despliegue y plenitud. Por eso cuando se somueven los fundamentos del cristianismo, se estremece la casa del hombre.

Juan Pablo II visita a España como cabeza de la Iglesia católica. Viene a cumplir su misión como sucesor del apóstol Pedro: expresar públicamente la fe en Cristo, confortar en ella a sus hermanos, robustecer la comunión en nuestra Iglesia. El objetivo preciso es doble: un encuentro con los jóvenes para invitarlos a seguir a Cristo y la canonización de Pedro Poveda, sor Ángela de la Cruz, madre Maravillas de Jesús, José María Rubio y Genoveva Torres. Cinco figuras -tan diversas entre sí, pero en común- ejemplares de cristianismo vivido heroicamente: como servicio a los pobres y atención a marginados; como alabanza y adoración perenne al Dios vivo; como testimonio de amor extremado en la predicación del evangelio; como fidelidad hasta la muerte en martirio. En el acto de canonización el Papa afirma que su vida está definitivamente lograda y personalizada en Dios, a la vez que los propone como maestros de doctrina, ejemplos de vida e intercesión en nuestra necesidad.

Pero ¿no se ha repetido en los últimos decenios que ya no son posibles los santos ni los héroes y que lo que necesitamos son santos laicos? Evidentemente, si Dios no existiera no serían posibles los santos, porque éstos ante todo son una epifanía de Dios, un reflejo de su amor y misericordia. Pero si tales santos existen, ¿no existirá también Dios? Y si Dios existe, ¿no nos son necesarios los santos? La fascinación que ejercen deriva no tanto de su perfección o heroísmo cuanto de esa presencia amorosa, agraciadora y sanadora de Dios en ellos. Reléase el relato en torno a san Francisco, cuando acusándole le decían: "¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?", o en Dostoievski el relato del starezt Zosima. Los santos son las vidrieras por las que pasa la luz del sol a esta casa oscura de los hombres. También la Iglesia sería un templo a oscuras si en ella no alumbraran el Santo y los santos. Pero siempre ha habido en ella lámparas encendidas y nunca se han apagado todas al mismo tiempo.

¿Por qué santos y para qué héroes? El hombre necesita que la verdad y la perfección sean vividas y no sólo enunciadas. Sabe que lo que le excede le dignifica y que lo que le transciende le eleva, cuando se manifiesta en cercanía como amor. La Belleza, el Amor, Dios, son las primeras necesidades del alma humana, según el catálogo clásico de la filósofa S. Weil. A las necesidades siguen los derechos, y a éstos, los deberes. Derechos sólo se pueden defender y deberes sólo se pueden cumplir, si a la vez se cultivan y alimentan aquellas necesidades primordiales.

A eso remite la Iglesia cuando, reconociéndolos como don de Dios y agradeciéndoselo públicamente, declara a alguno de sus miembros ejemplo de cristianía y humanidad. Ellos son espejos porque son reflejos de la luz de Cristo. Fueron buenos samaritanos como él, exponentes de esa plenitud que en la pobreza y en el silencio puede el hombre recibir de Dios y así hacerse mediador del perdón y amor divinos para sus hermanos. Los hombres y mujeres redimidos de la angustia ante la propia vida y propia muerte pueden acoger, amar y servir incondicionalmente a los demás. Eso son los santos.

¿Ha pasado el tiempo de los héroes? Han pasado, por huecas y falseadoras, ciertas retóricas altisonancias, violencias y belicosidades de otro tiempo. Pero en todo tiempo el hombre tiene necesidad de vivir en la verdad y de aspirar a la perfección. Frente a la trivialización maligna, el desprecio al diferente, el olvido de lo esencial humano, la desaparición de las humildes virtudes cotidianas, son necesarios los héroes. Héroes del silencio que adivinan lo esencial sagrado. Héroes de la palabra verdadera y libre; del servicio gratuito al prójimo; de la misericordia que no quiebra cañas cascadas, sino que echa aceite en las heridas; de la obra bien hecha ante Dios sin reclamar otros aplausos; de la esperanza serena ante el futuro absoluto; de la confianza en la dignidad inmanente de la persona, atenida a su misión y abierta a todos, pero no a merced de la opinión ni en almoneda frente al poder. El evangelio pone a Dios como luz y medida: "Sed perfectos (san Lucas, dice misericordiosos) como perfecto es vuestro Padre celestial" (Mt, 5, 48).

La palabra del Papa se dirige a los católicos, pero tendrá otros oyentes y destinatarios, porque como representante de una comunidad religiosa de sentido, propone también un ideal moral para toda la humanidad. La Iglesia es una comunidad de fe dentro de la sociedad civil, con un mensaje de contraste y de complementariedad. No es otra sociedad paralela ni una contrasociedad. Los creyentes somos miembros de la sociedad y de la Iglesia al mismo tiempo. Ahora todos tenemos que aprender la necesaria unidad de vida personal, a la vez que las pertenencias múltiples y las fidelidades diferenciadas. La Iglesia colaborará gozosa desde su diferencia específica y con su inserción indiferenciada al logro de los valores comunes que fundan, arraigan y liberan a la sociedad civil.

España ha tenido hasta ahora una actitud extraña ante Juan Pablo II. Ha habido el entusiasmo generoso y el acogimiento sincero, pero también el desprecio, la caricatura y el resentimiento. Una cierta cultura, empeñada en declarar premoderna a la religión y preilustrado al catolicismo, ha llegado a ningunearlo o incluso a intentar convertirlo desde algún puesto diplomático. Juan Pablo II viene a agradecer a España esta cosecha de santidad. En los siglos XVI y XX España hizo la máxima aportación a la Iglesia católica. Aquel siglo se cerró con la canonización de otros cinco santos el 12 de marzo de 1622 en Roma: san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, san Francisco Javier, san Isidro Labrador y san Felipe Neri. Con la canonización del día 4 se cierra también el siglo XX para la Iglesia en España a la vez que se la emplaza a una santidad y creatividad renovadas en el siglo XXI.

Olegario González de Cardedal es catedrático de Teología (Universidad Pontificia, Salamanca) y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (Madrid).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de mayo de 2003