Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Queremos mentiras nuevas

El dibujo es original de El Roto y se publicó un primero de año. Dejaba ver una multitud detrás de una pancarta en alto en la que podía leerse la leyenda con la reclamación de los manifestantes, utilizada como título de estas líneas: "Queremos mentiras nuevas". La información ha llegado a confundirse con la novedad. Cuesta introducir la novedad, pero enseguida hay que variar el género porque la reiteración centrifuga a las audiencias. Los organizadores del show business, los líderes mediáticos, los políticos o los empresarios del textil coinciden en la necesidad de sostener el ritmo, la velocidad con que deben sucederse las noticias, para garantizarse que no decaiga el espectáculo. Por eso, los horrores de la guerra de Irak fueron una bendición para que saliera de escena la catástrofe del Prestige y quedara difuminado el chapapote, y ahora todo son urgencias y empeños en cambiar la partitura informativa de forma que la campaña electoral de las municipales y autonómicas previstas para el domingo 25 de mayo se celebre sin los ruidos ni las imágenes de los muertos, de los mutilados, del pillaje y de la turba incendiaria que está insolentándose con las fuerzas de la coalición angloamericana.

Enunciada en su momento la Ley de la Gravitación Informativa (véase EL PAÍS del 26 de agosto de 1992), que permite medir la noticiabilidad de un hecho en términos aritméticos, queda pendiente el desarrollo de una teoría de los campos gravitatorios en este ámbito específico, pero una primera aproximación puede obtenerse de la lectura del libro La ilusión del fin, de Jean Baudrillard, editado en su día por Anagrama. Sostiene nuestro autor que lo real sólo es posible mientras la gravitación es lo suficientemente fuerte como para que las cosas puedan reflejarse, es decir, puedan tener alguna duración y alguna consecuencia. A su entender, cuando merced a la aceleración de todos los hechos, de todos los mensajes, de todos los procesos, de todos los intercambios, se sobrepasa la que denomina velocidad de liberación, todos los átomos de sentido se pierden en el hiperespacio de donde nunca regresarán a efectos útiles. Es ese estado de liberación de las fuerzas gravitatorias, de ingravidez, que adquieren las informaciones como resultado de la aceleración con la que se suceden ante el observador expuesto a ellas, el que le deja sumido en la anestesia general del sinsentido que tanto favorece la manipulación comunicativa.

En Génova, la sede del PP, han hecho suyo aquel lema de Jesús Fueyo según el cual "el tiempo nos devora", sobre todo, añaden malévolos, a los que fungimos de candidatos. De ahí, la urgencia de administrar el anestésico de la insensibilidad a unas audiencias tanto más peligrosas cuanto que tendrán enseguida unas papeletas de votación en sus manos. Para inocular ese saludable veneno además del recurso a la información suficientemente acelerada, al que acabamos de referirnos, cabe también servirse de otro extremismo de apariencia aséptica, el de la práctica de la precisión desnaturalizadora, fragmentadora de la realidad hasta su descontextualización en el absurdo ininteligible. Porque al atolondramiento que se quiere inyectar al público de a pie se llega mejor a partir del concepto del punto de desaparición, de evanescencia; es decir, del vanishing point tan querido por los tratadistas de la coalición angloamericana.

Es, en definitiva, lo mismo que sucede con los avances incesantes de las nuevas tecnologías, que cuando se aplican de manera obsesiva al área de la alta fidelidad musical enseguida nos sitúan en el umbral a partir del cual desaparece la música en la perfección de su materialidad y perece víctima de los efectos especiales que se le han sumado. Porque, como ya sabíamos, los instrumentos de observación de la mecánica cuántica son inadecuados y sólo aportan confusión para describir los fenómenos de la mecánica clásica. Del mismo modo que los hechos noticiosos sometidos al espectrógrafo o al microscopio electrónico dejan de existir como tales. Aparte de que la excesiva proximidad entre un acontecimiento y un sistema para su difusión noticiosa tiende a producir un cortocircuito entre la causa y el efecto y a originar interferencias desastrosas que nos devuelven a la incertidumbre radical sobre el acontecimiento. Mefiéz-vous des petits morceaux, rezaba con toda autoridad el título de uno de los cuentos de Antonio Tabucchi recogido en el volumen titulado Nocturno hindú. En todo caso, los guionistas deben atender: "Queremos mentiras nuevas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de abril de 2003