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COLUMNA

Las supermadres

Sobre las madres, nunca lo sabremos todo. Los hombres especialmente no alcanzaremos jamás a entender la sexualidad de la mujer por culpa de ese cuerpo intermedio que es el hijo: Un bulto libidinoso siempre interpuesto entre la pasión masculina y la femenina, esté el niño vivo o sea tan sólo un fantasma.

La madre quiere con locura a su hijo y es lo que más ama en el mundo. Pero, de acuerdo al psicoanálisis, ¿cómo no pensar que se trata de un amor narcisista, un embolicamiento del corazón propio en una autoderivación carnal? O bien: ¿la mujer quiere en su hijo a otro ser o sólo ama una sucursal de su propia sangre? Hay especialistas que no vacilan al responder: la mujer ama al ser de sus entrañas sin tener que pensar vincularse a él; se reconoce ya entrañada, orgánicamente unida.

Nada que ver con las sensaciones paternales. El hijo es de ella, mientras el padre logra, como máximo don, un asiento en la primera fila. Una mujer no tiene la menor duda de que el hijo ha llegado a este mundo a través de ella, traspasando sus carnes, mientras el varón es un cómplice ridículo que no podrá entender cómo ha podido provocarse un efecto tan disparatado a partir de una nimiedad. En las mujeres, en fin, se produce despaciosamente el hijo y su floración corona un espeso proceso interior, presente y bien sentido, mientras que en los hombres el hijo nace como un regalo proveniente del exterior, con un efecto parecido a recibir la entrega de un buen coche. Quienes procrean son absolutamente las mujeres y quienes "incorporan" de verdad un amor son las madres. Los demás nos limitamos a tratar de amar cuanto podemos desde lejos.

Siendo las cosas así, parece inconcebible que una madre mate a su hijo si no tiene, además, la profunda intención de suicidarse. Sin esa disposición, el infanticidio materno aparece como un delirio; un acto imposible o claramente contra natura. ¿Contra natura? Sarah Blaffer Hrdy (sin vocal alguna) ha creado algún revuelo en Estados Unidos y en Europa con una obra sobre los monos langures titulada Los instintos maternales, donde se describen ciertos comportamientos de monas sospechosos de un desapego inicuo y criminal.

Sarah Hrdy (pronunciado Hardy) nació en 1946 en Dallas y su objeto de investigación, desde el doctorado, fue la maternidad entre los primates, humanos y no humanos. Sus estudios venían a confirmar siempre el buen comportamiento de todas las madres del mundo entero, hasta que topó con esta especie de monos herbívoros con fama de pacíficos. La primera alerta para decidir examinarlos provino de un biologista japonés, Sugiyama, que les había acusado ya de infanticidas. Durante nueve años, sin embargo, la investigadora norteamericana desentrañó la razón y los misterios de esa rara perversión.

Efectivamente, los langures machos y errantes tienen por costumbre acercarse a las cabañas y matar a un 33% de las crías. ¿Con qué finalidad? ¿Para quedarse con las hembras? Para quedarse con las hembras habría sido mejor, en todo caso, exterminar a los otros machos, porque ¿cómo suponer que la madre a quien han asesinado los hijos se aparee con el criminal? Pues sí: se aparean. Las monas langures resultan ser tan madres que no sólo lloran por la muerte de sus criaturas sino que, en el caso de estar embarazadas, se ofrecen a los depredadores para que a sus descendientes no les falte nunca un padre. Podrían contar con el padre natural aún vivo, pero no se fían. ¿Cómo van ellas a fiarse, ni poco ni mucho de los machos, si se los ve matando a los monos de corta edad?

En resumidas cuentas, las monas langures que pasaron por libertinas, prostitutas o desalmadas a primera vista, se confirman ahora como unas santas. Y el macho, de nuevo, como lo peor de lo peor. Mientras esta madre langur es la supermadre, el mono langur, padre o no, es sexualidad ciega. La sexualidad sola y desesperada. Porque ¿quién no ha entendido que el asesinato de los pequeños suponía la clave para que la hembra se aviniera a la copulación?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de enero de 2003