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Crítica:

Big-Bang

Considerado como uno de los grandes de la narrativa estadounidense del siglo XX, Thomas Pynchon obtuvo con El arco iris de gravedad el National Book Award en 1973. Esta reedición sirve para reencontrarse con una historia en la Segunda Guerra Mundial.

Por un lado está la Gran Novela Americana (que nace de Mark Twain y que aspira a contar todo lo que ocurre durante un determinado momento en Estados Unidos) y por otro está la Enorme Novela Americana. Este último monstruo que surge de Moby Dick y -con modales leviatánicos, experimentales y absolutos- siente el placer y la obligación de narrar, simbólicamente, a todo el universo mientras lo contamina y lo arrasa con una furia inequívocamente made in USA. Tales fueron y son las intenciones del casi invisible Thomas Pynchon (Nueva York, 1937). Hijo espiritual y estético del profeta Herman Melville, hermano de sangre de William Gaddis, alumno de Vladímir Nabokov en la Cornell University, y nunca más física y literalmente enorme que en El arco iris de gravedad: centro y sin duda punto más alto de una alta carrera que, digerido este monstruo y luego de un largo silencio de 17 años, se reinició más abajo, en una gloriosa meseta, pero meseta al fin. Lo próximo, se susurra entre iniciados, tiene que ver con Godzilla; pero con Pynchon nunca se sabe.

EL ARCO IRIS DE GRAVEDAD

Thomas Pynchon Traducción de Antoni Pigrau Tusquets. Barcelona, 2002 1.148 páginas. 28 euros

Mientras tanto y hasta entonces, El arco iris de gravedad -recuperado con traducción revisada por Tusquets, ahora editores de la obra completa de Pynchon- fue, es y seguirá siendo no sólo un libro único e influyente (percibir el eco de su estallido fundacional y revolucionario en autores como Don DeLillo, David Foster Wallace, Neal Stephenson y siguen las firmas) sino, a secas, uno de los explosivos imprescindibles a la hora de detonar una historia de la literatura del siglo XX.

El punto de partida es engañosamente tonto y hasta guarro: el militar estadounidense Tyron Slothrop experimenta -como consecuencia de un entrenamiento pavloviano- súbitas y precisas erecciones cada vez que se avecina el zumbido mortal de las bombas V-2 nazis desde los cielos de la Segunda Guerra Mundial. Este curioso "don" convierte a Slothorp en botín codiciado por todos los bandos y transforma a su vida en una demencial saga. Una aventura centrífuga donde el pensamiento entrópico no está reñido con la alegre potencia de un reparto digno de película de los Hermanos Marx (que incluye a un pulpo amaestrado), ciertas ráfagas de Indiana Jones, y una constante potencia erudita donde las ciencias exactas se aplican a temas y subtramas en apariencia irreconciliables pero que acaban configurando un gigantesco puzle armándose mientras todo tiembla. Intentar un resumen de este tractat filosófico-vaudeville-thriller es imposible; su lectura es, sí, una de esas experiencias intransferibles. Hay que arriesgarse, entrar, huir junto a Slothorp y, alcanzada la página 1.148, sentirse triste y privilegiado porque el baile ha llegado a su fin..., pero quién nos quita lo bailado.

En 1973, El arco iris de gravedad fue denostada por la Vieja Guardia, celebrada por el Nuevo Orden, se le negó el Pulitzer por "obsceno" e "ilegible", se le concedió el National Book Award, y un crítico advirtió entonces que "bosques enteros han sido talados para producir esta novela. No lloren por los árboles; celebren el libro". Más bosques han muerto tres décadas después para hacer posible este demorado descubrimiento o este bienvenido reencuentro. Ya saben entonces: conseguirlo como sea, bajar con él a los refugios antes que -cualquier noche de éstas- vuelvan a caer las bombas, y leer las primeras líneas. Empieza así: "Llega un grito a través del cielo. Ya ha ocurrido otras veces, pero ahora no hay nada con qué compararlo".

Imposible escribirlo y definirlo mejor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de diciembre de 2002

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