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Camus y los impostores

Fernando Savater

Hace dos semanas asistí en París, en el Centro Pompidou, a un encuentro titulado Albert Camus et le mensonge. Una idea bonita, es decir, provocativa: avecinar en la misma reflexión el nombre de uno de los intelectuales del siglo pasado más impecablemente veraces -y que no dejó de pagar por ello- con la mentira, esa copiosa tarea a la que tantos intelectuales antes y ahora dedicaron esfuerzos y sacrificaron su honradez. Entendamos por mentira no sólo la deformación culpable de la verdad conocida, sino también la desinformación culpable, la sesgada y culpable selección de lo que se dice y lo que se calla, el silencio culpable. El engaño, la desinformación y el silencio que esclavizan, lo que avasalla entre trompetas de emancipación falsificada. El empeño opuesto a aquello en lo que reside la grandeza de este oficio, según lo definió Camus en su discurso de Estocolmo: "Aceptar la doble carga, en tanto se pueda, del servicio a la verdad y a la libertad". Palabras que pueden parecer altisonantes -a pesar de ser tan sencillas- si no las respalda la ejecutoria de toda una vida, como ocurre en el caso de Albert Camus.

En los últimos tiempos he recordado y releído muchas veces a Camus. Por supuesto, no por afán infantil de buscar un "padre" intelectual ilustre para corroborar batallas que no fueron la suya: es difícil imaginárselo como "intelectual-padre", pero en cambio resulta grato y estimulante recordarle como lo que quiso ser para tantos desde su relativa soledad, un buen compañero. He pensado a menudo en su desgarramiento durante el conflicto argelino, en su permanente esfuerzo por ser justo con todos que le enfrentó acerbamente a unos y a otros. Y en su permanente esfuerzo por no amparar las ideologías de la violencia, por hablar claramente hasta cuando ello más debía desacreditarle ante los profesionales del embrollo sofisticado que tanto prestigio consigue en este gremio. Permaneciendo fiel a lo que uno de sus personajes dice en La peste: "He escuchado tantos razonamientos que han estado a punto de hacerme perder la cabeza y que se la han hecho perder a otros hasta hacerles consentir el asesinato, que he comprendido que toda la desdicha de los hombres proviene de que no tienen un lenguaje claro. He tomado entonces el partido de hablar y actuar claramente para ponerme en el buen camino. Por consecuencia, digo que hay plagas y que hay víctimas, y nada más".

Cuando estaba a punto de comenzar nuestro encuentro parisino, me hicieron llegar la pastoral que el subcomandante Marcos ha enviado (si no he comprendido mal) a un rockero globalofóbico madrileño que ha inaugurado aquí un chiringuito de ese corte con la asistencia de varias personalidades de la cultura global, pero fóbica. En la epístola se hacen varias bromas de retrete sobre Aznar y el Rey, se llama payaso a Garzón por haber conseguido unas "vacaciones con los gastos pagados" a Pinochet (¡ojalá que duren!) y se le tacha nada menos que de "fascista" por haber obstaculizado la lucha por la "causa legítima" del pueblo vasco al perseguir la trama mafiosa de Batasuna. En el fondo, todo bastante candoroso. En sus momentos más osadamente vanguardistas, el tono de Marcos se parece al de Shin Chan, esos escandalosos dibujos animados japoneses de caca, pis y coño protagonizados por un perverso polimorfo de cinco años; en los más clásicos, vuelve a la fuente segura de José Antonio Primo de Rivera, para asegurarnos que "cuando han estado acá los hermanos del País Vasco se han portado con dignidad, que es como de por sí se portan los vascos". Muy tranquilizador: los vascos son dignos, los indígenas ancestrales, las barbas luengas, los incendios voraces y el imperialismo depredador. En fin, no entro en detalles porque me dispensa de ello la excelente respuesta que le dio Carlos Monsivais en el diario mexicano La Jornada, donde también apareció in extenso la carta apostólica de Marcos. Lo verdaderamente insufrible de ésta resultan ser los arrebatos poéticos. En un animado diálogo con su escarabajo Durito -única y no demasiado venturosa aportación de los Beatles a la rebelión chiapaneca-, y tomando como inspiración al indefenso Bernardo Atxaga, perpetra rapsodias como ésta: "La Rebeldía es como esa mariposa que dirige su vuelo hacia ese mar sin islas ni rocas. Sabe que no habrá donde posarse y, sin embargo, su vuelo no titubea". Vaya por Dios. Como le escribió el elegante suicida Petronio a Nerón, según Quo vadis, "quema Roma, asesina a tu madre, acuéstate con tu hermana, haz lo que quieras... ¡pero no odas!". Eso: no odas, Marcos.

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Personalmente, a mí lo que Marcos diga o deje de decir sobre casi todo cuanto va más allá de Chiapas me trae al pairo. Como subproducto subversivo del subdesarrollo, el subcomandante es aceptable y útil; como subterfugio para subalternos europeos con mala conciencia subrepticia, roza lo subnormal. Pero la impostura que me importa no es la suya, sino la de los corifeos que le jalean y acompañan en la legitimación o trivialización de los crímenes cometidos en mi tierra en nombre de una pretendida "causa justa" que no sabe hacerse escuchar sin ellos ni quiere esperar a que ellos acaben para hacerse oír. Estamos rodeados de almas solidarias de izquierda que sienten como suyos -y hacen bien- los agravios cometidos contra los indígenas de Chiapas, pero consideran que la delincuencia totalitaria en el País Vasco es culpa de Aznar y, por lo visto, también de Garzón. Nunca se les ocurriría ir en peregrinación solidaria a Andoain o Mondragón, como van a Chiapas. O pasan por alto el asunto: no recuerdo, por ejemplo, que Noam Chomsky, cuyos artículos reproduce con entusiasmo Kale Gorria, haya nunca aplicado sus dotes antimixtificatorias que tanto ejerce contra la propaganda de Bush a la deformación de la historia y la manipulación informativa proetarras. La culpa de los atentados, que se deploran convencionalmente, recae sobre sus víctimas porque son de derechas, conservadoras, antirrevolucionarias. Son procedimientos que ya hemos visto antes, el siglo pasado, antes de la caída del muro de Berlín.

En el coloquio del Pompidou, Jean Daniel recordó que a final de los años cuarenta y comienzo de los cincuenta del pasado siglo, la gente como Milosz, que huía del estalinismo, o como Octavio Paz, que de

nunciaba los campos de concentración soviéticos, eran aislados como pestíferos por la intelligentsia progresista parisina... con la casi exclusiva excepción de Albert Camus. Y en una charla particularmente interesante, la profesora Brigitte Sändig, de la Universidad de Postdam, recordó lo que Camus había significado para los grupos de oposición de Hungría, Rumania, Checoslovaquia o Alemania del Este en una época en la que muchos antiimperialistas (algunos hoy todavía en ejercicio) veraneaban a cuerpo de rey en esos países sometidos y colaboraban a que el autor de El extranjero fuese elevado a la dignidad de "bestia negra" por los burócratas que les subvencionaban. Remarcó sobre todo el interés de Camus por informarse bien de lo que ocurría, sin dejar que anteojeras dogmáticas o partidistas enturbiasen su visión de realidades atroces. Los atropellos nunca le encontraron predispuesto a la legitimación o a la excusa. Y recuerdo de nuevo, tan actuales, las palabras que Camus escribió al comunista Emmnuel d'Astier de la Vigerie: "Tengo horror a la violencia confortable. Tengo horror a todos aquellos cuyas palabras van más lejos que sus actos. En eso me separo de algunos de nuestros grandes intelectos, de los que dejaré de despreciar sus llamadas al crimen cuando sean ellos mismos quienes empuñen los fusiles de la ejecución". No, no olvidaremos la lección de Albert Camus.

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

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