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CRÓNICA

Y Riquelme fue uno más

El Barcelona, con un juego muy pobre, ganó gracias a un gol de De Boer y certificó el pase a la segunda fase

Un chasco. Anunciado el partido como una noche de circo, tal que Riquelme fuera el Bombero Torero en la laboriosa troupe del Barça, la función resultó un fiasco. No jugaron Riquelme y 10 más, como decía el cartel, sino que Riquelme fue uno más. No hubo diferencia entre unos y otros de lo mal que lo hicieron entre todos. Igual resulta que Van Gaal ha domesticado ya a Riquelme como si fuera Mendieta o Navarro que, para el caso tanto da, o a lo mejor es que Riquelme pensaba que el Camp Nou era como la Bombonera.

BARCELONA 1| LOKOMOTIV 0

Barcelona: Bonano; Puyol, Frank De Boer, Navarro; Mendieta (Rochemback, m.60), Xavi, Cocu, Gabri; Saviola, Kluivert y Riquelme. Lokomotiv de Moscú: Ovchinnikov; Obradovic, Pashinin, Ignashevitch, Sennikov, Evseev; Maminov, Julio César (Buznikin, m.84), Loskov; Obiorah y Pimenov. Gol: 1-0. M.76. Riquelme bota una falta desde la zona derecha del ataque azulgrana con mucha rosca y Frank De Boer, desde el límite del área pequeña, gana en el salto a Maminov, cabecea y bate a Ovchinnikov. Árbitro: Alain Hamer (Luxemburgo). Mostro tarjeta amarilla a Pashinin, Ignashevitch, Gabri y De Boer. Camp Nou. Unos 62.400 espectadores.

Desde hace ya mucho tiempo, en el Camp Nou ya no se habla de medios ni de delanteros sino de defensas. El héroe es Puyol y el villano, Frank de Boer. Los demás, al menos ayer, no aparecieron, absorbidos por la frialdad del estadio y la somnolencia de la jornada que si no acabó como el rosario de la aurora fue por el canto de un duro, nada más y nada menos que por una falta que remató De Boer a la red. El Barcelona es un hoy un equipo triste como bien refleja el rostro de Riquelme.

El Barça, al fin y al cabo, está donde siempre. A la que pierde un par de partidos, el club se afloja ante la presión mediática, la hinchada dimite o hace ver que el fútbol le lleva al pairo (anoche, incluso con Riquelme, había poco más de media entrada), los directivos se cruzan reproches y amenazan con dimitir para hacer ver que nadie juega con su dignidad y el entrenador comienza una rueda de cambios que necesariamente pasa por el portero. Ninguneado Enke, reflejo de que la mala política de fichajes afecta también al curso presente, y reventado Víctor Valdés, víctima de su propia ansiedad frente a la desgana de una zaga que defiende igual de mal con tres que con cuatro, volvió a escena Bonano.

Pocas señales son tan reveladoras de la inestabilidad de un equipo como la de tocar al portero, y más en el Barcelona, que ha pasado de jugar con un portero agresivo y ofensivo, a poner uno sosegado y defensivo. Necesita el Barça templarse después de haberse desbravado como una gaseosa. Las deficiencias del plantel y del entrenador son tantas que no hay jugador capaz de resolverlas. Riquelme no es el Mago Merlín. Mal puesto, alejado de su demarcación natural de enganche, demasiado ubicado hacia el margen izquierdo siendo un diestro, Riquelme abundó en las virtudes y defectos del equipo y, así, el Barça fue un equipo al cuadrado en lo bueno y sobre todo en lo malo, que fue mucho.

Hubo poco juego periférico, y menos desbordes y centros por la banda, y algún que otro pase interior, armado por Xavi o Riquelme y avivado por Saviola o bien orientado por el control de Kluivert. Muy poco frente al trabajo de Bonano, el mejor del Barça, con Puyol, claro, sobre todo después de que, ejerciendo de portero, sacara un remate de gol a Obiorah 10 minutos después de que el larguero escupiera un disparo del nigeriano.

Los rusos se taparon bien y como no eran exigidos defensivamente por el rival salieron a menudo y se plantaron frente al guardameta azulgrana, que tuvo que arremangarse tres veces, por lo menos para corregir los errores de una defensa en la que Frank de Boer es el saco de los golpes de la hinchada. Flojo en defensa, el holandés resolvió en ataque, donde nadie estuvo fino. Ni Riquelme, quien tocó mucho el balón y procuró asociarse, pero incidió demasiado en el juego banal, falto de ritmo y de profundidad. El argentino lentificó aún más el fútbol azulgrana, de naturaleza ya muy mecánica, y el partido salió sin picante. Un tostón.

Al paso iba Riquelme y caminando se desplegaba el Barcelona, un equipo demasiado fracturado, descompensado y desordenado. La falta de dinamismo azulgrana facilitó la defensa estática del Lokomotiv. Por más vueltas que le daba, el Barcelona no atinaba a entrar en el partido, y a la que la grada le daba por cantar, los rusos amenazaban con meterle un gol a Bonano. Puesto que no hay revulsivo que valga en el banquillo, al menos mientras Overmars siga mirándose la rodilla, cuando no hay manera de mover la pelota, es menester encomendarse a las jugadas de estrategia, una suerte que el equipo domina mejor que cualquier otra. De Boer se reivindicó con un remate en una falta sacada por Riquelme que le permitió al Barcelona confirmar su clasificación. Pero aun así, malos tiempos corren por el Camp Nou.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de octubre de 2002