Columna
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La conjura de la lonja

Fijarse una meta muy deseable (que un sesentón enclenque y sedentario tenga una excelente forma física), expresarla en una serie de objetivos imperativos y fechados -correr los 100 metros en menos de 13 segundos, terminar el maratón de Nueva York, etcétera- y rechazar la preparación que conduce a su logro -perder peso, entrenarse progresivamente, etcétera- es, si obedece a razones propias, un comportamiento suicida y, si responde a una imposición exterior, un plan de propósito homicida. Esto es lo que está sucediendo con la ampliación de la Unión Europea en los términos en los que está planteada. Porque ¿puede alguien discutir las enormes potencialidades en recursos, mercados y mano de obra de la nueva gran Europa? Y ¿cabe una meta más encomiable que agrupar a todos los países histórica y geopolíticamente europeos en un único ámbito de seguridad democrática para garantizar su estabilidad al eliminar todos los conflictos de las minorías étnicas y las fronteras territoriales? ¿Puede proponerse un objetivo más noble que crear un potente espacio político que contribuya a la paz y al equilibrio del mundo y que se constituya en valedor de la solidaridad europea y mundial? Pero, querer alcanzarlos con la incorporación a la Unión Europea, primero de 10 países en plazos brevísimos y luego de otros cinco, y negarse, a la vez, a tomar las medidas necesarias para que esa integración no ponga en peligro su misma existencia, ¿no esconde otros designios?

El gran obstáculo de la ampliación actual no es absorber los 75 millones de nuevos ciudadanos, sino las enormes diferencias que existen entre ellos y con los de la Unión Europea, ya que la renta media per cápita de los países candidatos apenas llega al 40% de la de los países comunitarios. Con lo que la presión inmigratoria hacia el Oeste y las perturbaciones que produciría en el Este, así como la deslocalización industrial hacia el Este, con el correspondiente aumento de paro en el Oeste, serán inevitables sin una mínima homogeneización económica del conjunto. Superar ésa y las otras dificultades que plantea la integración exige un considerable esfuerzo de adaptación, tanto por parte de los candidatos como de la Unión. Ahora bien, si en los 10 años que han transcurrido desde la Cumbre de Copenhague, los países candidatos, aunque les queden bastantes asignaturas pendientes, han conseguido incorporar a sus legislaciones nacionales buena parte de las 80.000 páginas de normas y directivas que constituyen el patrimonio comunitario, sin embargo, por parte de la Unión ha existido una resistencia sistemática a todo cambio sustantivo. Comenzando con las políticas sectoriales, en particular la PAC y las ayudas regionales, en las que ningún Estado miembro quiere renunciar a ninguna de sus ventajas -olvidando que para la primera la ampliación supondrá un aumento del 38% de las superficies cultivables y del 75% de las explotaciones agrícolas, y para la segunda, que 51 de las 53 regiones que se agregarán deberán recibir ayudas de la Unión-; siguiendo con la reforma institucional para la que el Tratado de Niza tenía que haber supuesto un avance decisivo y se ha traducido, en cambio, sólo en confusión y amenaza de parálisis; para terminar con el tema presupuestario, en el que el mantenimiento del techo del 1,27% del PIB comunitario condena a la frustración las esperanzas de crecimiento y progreso de las economías de los países candidatos que confían básicamente en la financiación europea. La experiencia de la reunificación alemana, con sus elevadísimos costes financieros y humanos y con los confictos y resentimientos sociales que ha generado, nos advierte de la extrema dificultad del proceso.

Porque todo ello, además, sucede en un contexto en el que el desorden económico-financiero y las disfunciones de la democracia del capital radicalizan el recurso nacionalista y su divisa de 'sálvese quien pueda', haciendo aún más insoportables las consecuencias de la desigualdad. Por eso las quiebras del Pacto de Estabilidad en la zona euro anuncian el seguro caos cuando pasemos de 12 a 25 Estados. Lo que no está impidiendo que los adoradores del mercado hayan montado la conjura de la lonja, cuyo proclamado ideal es establecer un macroespacio económico sin reglas ni barreras. Frente a ellos, la última trinchera de la Europa política es una Convención en la que quede alguna rendija para lo social y solidario. Rendija que pueda convertirse en brecha y acabar en vía principal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 18 de octubre de 2002.

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