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COLUMNA

El petróleo o la vida

La energía sigue siendo uno de los grandes pilares de la vida económica actual; el otro es la información. El modelo de gestión energética dominante ha puesto los carburantes sólidos, y en particular el petróleo, en su centro. Pero el plazo largo e incluso el medio problematizan esa dominación por dos razones fundamentales: las incertidumbres en torno de la seguridad de la oferta y el costo del producto; así como la contaminación que genera y la reacción generalizada que sus efectos devastadores están suscitando. La economía y la sociedad americana necesitan cerca de 20 millones de barriles de petróleo diarios para funcionar a su nivel actual y su producción propia no llega al tercio de ese volumen. La dependencia que dicha situación produce, tan incompatible con su hegemonía mundial, es responsable, sin olvidar la codicia del clan Bush, de la crispación y de los desafueros de la política exterior de EE UU, de su múltiple movilización petrolífera, de su persistente pasión bélica y del furor antiiraquí.

La subterránea concertación con Putin, las acciones encaminadas a asegurarse el control de las reservas del mar Caspio y la decisión de extender y consolidar, a cualquier precio, el protectorado norteamericano en Oriente Próximo son componentes capitales de la estrategia destinada a confirmar sus posiciones. Porque el soporte que representaban para Estados Unidos los dos millones y medio de barriles diarios de crudo provenientes de Arabia Saudí, y la garantía que suponían las excelentes relaciones entre ambos países, con la condición saudí de primer productor mundial, han sido puestas severamente en entredicho. Debido a la aparición de Al Qaeda y al papel de proveedor de la ideología de combate que encarna el wahabismo, patrocinado y promovido por la familia Saud, y responsable de la radicalización islamista de la zona y del resto del ámbito islámico. Irak, con sus 112.000 millones de barriles de reservas confirmadas -el 11% de las reservas mundiales y las segundas después de Arabia Saudí- y los 220.000 millones de reservas probables, es una baza y un enorme negocio que EE UU y su lobby petrolífero no pueden dejar escapar. Ésa es la verdadera razón de la guerra contra Irak y no las pretendidas fijaciones fóbicas que los Bush, padre e hijo, tienen, según los medios occidentales, para con Sadam Husein. Por ello, aunque la guerra cueste, según Laurence Lindsey, consejero económico de George Bush, de 100.000 a 200.000 millones de dólares; aunque produzca, al menos durante un cierto periodo, un aumento notable del precio del barril; aunque influya negativamente en las ya tan maltratadas bolsas y, sobre todo, aunque empuje la deflación y nos lance a una declarada recesión, que los expertos de Morgan Stanley consideran inevitables, para quienes mandan hoy en EE UU la guerra es necesaria, pues para ellos y sus empresas es una cuestión de supervivencia y de poder. Sobre todo teniendo en cuenta las posiciones que los grupos petroleros europeos, y en particular el francés Total Fina Elf y el italiano ENI, han tomado ya en Irak, que, de mantenerse el régimen actual, desplazarían a Exxon Mobil y a Chevron Texaco.

De ahí que el sector petrolero norteamericano y sus políticos aboguen por una guerra relámpago de la que, según ellos, sólo se derivarán beneficios para todos. Pero ésa no es la opción de Europa ni su interés. El estimulante libro de Jeremy Rifkin sobre La economía del hidrógeno y los dos artículos publicados esta semana por el autor en EL PAÍS y Le Monde subrayan la especificidad europea y explican su apuesta por las energías renovables, que presentó con vigor en Johanesburgo. En la línea de defender nuestro modelo de sociedad y nuestros objetivos, en este punto mucho más próximos a los de los países del Sur, Loyola de Palacio, comisaria de Energía, ha propuesto una nueva estrategia energética para aumentar la seguridad en el abastecimiento y la solidaridad mediante la coordinación de las reservas petrolíferas de la UE. Éstas, que son de 1.400 millones de barriles frente a los 550 de EE UU, conjuntamente con el programa de energías renovables, deberían quitar sentido al imperativo bélico norteamericano y salvar la paz del mundo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de septiembre de 2002