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Columna
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Bastante conocidas, gozosamente nuevas

Son cuatro las cesiones de sus fondos artísticos que el Museo Reina Sofía tiene previsto efectuar en Vitoria en el ámbito de la Fundación Caja Vital. Antes de nada subrayemos el valor de esta plausible iniciativa. La primera cesión lleva por título Cambio de Siglo (1881-1925). En comparación con algunos caóticos montajes servidos en esa sala alavesa, el de esta muestra resulta sumamente exquisito. La exposición permanecerá abierta al público hasta el próximo 5 de octubre.

No pocas de ellas son bastante conocidas, y sin embargo, vueltas a ser miradas muchas de ellas se tornan gozosamente nuevas, gracias a la calidad que atesoran. Es el caso de la escultura en mármol de Josep Clarà, Torso, de 1929. El volumen preciso parece contener una pura carnosidad en su interior, al punto percibir una suerte de vida por dentro del material. El pequeño cuadro de Regoyos, fechado en 1895, que lleva por título Playa (Sol de invierno. Costa Vasca), está pintado con una emoción y un temblor que se pueden casi tocar, sin que importen las inhabilidades técnicas de las pinceladas presentes en el lienzo. Santiago Rusiñol aporta una exuberante gama colorística a través de un tupido Jardín de Aranjuez (1907). Nada cuesta imaginar cómo el barroquismo simbólico que esgrime la obra tuvo que gustar y sorprender enormemente a los amantes de las Bellas Artes de aquel tiempo. Dos cuadros alargados de Anglada Camarasa de 1913 y 1922, a dos aristócratas damas, ponen de relieve el grado de dependencia que tuvo el pintor catalán respecto del pintor austríaco Gustav Klimt (1862-1918). La enfatización por lo decorativo que imprimía a sus obras, quien fuera uno de los activos fundadores de la secesión vienesa, está presente en los dos espectrales y fantasmagóricos retratos del pintor barcelonés...

Convenía situar en renglón aparte tres obras de Gutiérrez Solana, fechadas en 1907 (El ermitaño), en 1921 (Pájaros) y en 1922 (La vuelta de la pesca). La primera se podía catalogar dentro de un expresionismo tardío -cuyo origen obedecía a la ansiedad de describir una realidad espectralmente realzada y deformada- o, si lo que queremos actualizar, dentro de un neoexpresionismo a la española. En la segunda se palpa un emparejamiento con el mundo fantástico y grotesco que llevara a cabo el pintor belga James Ensor (1860-1949). Y en la tercera, un cuadro grande de 162 x 212 cm., Gutiérrez Solana se vuelca por darnos un rudo, potente y tétrico panorama de unos marineros en primer plano y su propio puerto de casas sombrías como fondo.

Juan Echevarría aporta tres obras. Dos de ellas, el bodegón y el retrato de Azorín, poseen buena nota. La otra, Mestiza desnuda (1923), no toma el vuelo deseado, porque debe demasiado a Gauguin y a la Olimpia de Manet.

Tanto el cuadro de Valentín de Zubiaurre, titulado Versolaris (1913), como el de su hermano Ramón, titulado El marino vasco Shanti de Andía, el Temerario (1923), aún con claros pasajes de suma irregularidad en cada obra, en conjunto muestran una acreditada originalidad y un sello propio que les hace inconfundibles.

En el capítulo de escultura, además de la reseñada de Josep Clarà, otros más se podían adscribir a una reseña favorable. Ellos son Julio González, Victorio Macho, Mateo Inurria, Pablo Gargallo, Manolo Hugué, Mateo Hernández, Emilio de Madariaga, Enric Casanovas y Emiliano Barral. Mas por razones de espacio nos limitaremos a significar a tres de ellos. El buen autorretrato de Daniel González (1926), un curioso relieve de Ángel Ferrant (1925) y un suntuoso bronce patinado de quien fuera una gran promesa, y que la muerte segó a la edad de treinta años, tal Julio Antonio (1908). Lo mismo en cuanto a pintura. Muchos son los que merecían la pena memorar aquí, empezando por los dos exultantes desnudos de Iturrino...

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