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Reportaje:

Berlín, el gran espectáculo urbano

La indomable vitalidad de la renovada capital alemana

Es dinámica y múltiple, con zonas tan dispares como el alternativo barrio de Friedrichshain y la futurista Potsdamer Platz. Casi trece años después de la caída del muro, el nuevo Berlín sigue construyéndose.

Hay esquinas en la ciudad de Berlín desde las que es posible ver en un solo minuto un barco surcar las aguas de un canal, asistir al tableteo de un tren sobre los rieles de un paso elevado, desconcertarse ante un avión a punto de aterrizar en Tempelhof, quizá el único aeropuerto de Europa enclavado en el interior de una ciudad, y presenciar al mismo tiempo, sin que el minuto se haya cumplido, el paso de un tranvía y de varias bicicletas y coches por una avenida cercana. Ese movimiento constante, esos variados transportes que la cruzan, acaso sean la mejor metáfora de Berlín. Igual que las grúas o que la mezcla de belleza y fealdad, de modernidad y decrepitud. En Berlín hay una plaza, Stuttgarter Platz, donde desemboca Leonhardtstrasse, que es una de las más bonitas y tranquilas de la ciudad. Lo extraño es que esa plaza empedrada y abarrotada de cafés es apenas un diminuto rincón, segregado por una barrera casual de árboles, de una plaza mayor que es como un rectángulo desolado.

Esa mezcla, ese desordenado deslavazamiento sigue siendo Berlín hoy, a pesar de la edificación del llamado Nuevo Berlín, que prosigue su marcha inexorable. No hay un Berlín bonito y otro feo. Berlín es todo ello, mezclado en ocasiones, como en Stuttgarter Platz, en sólo el perímetro de cuatro calles

Llegará un momento en el que las heridas urbanas de Berlín estén cerradas, en el que los barrios antiguos se hayan renovado y los nuevos empiecen a envejecer. Será el Nuevo Berlín

¿Es bonito Berlín?, se pregunta a cada paso el viajero que llega por primera vez. Definitivamente, no tiene el rotundo esplendor de Roma; ni la monumentalidad de París, a la que secretamente ha aspirado desde los tiempos de Bismarck; ni siquiera es la bombonera que por momentos parece Londres. Berlín no es una ciudad que entre sólo por los ojos. Reclama, además, otros sentidos. Berlín es una ciudad desmesurada en la que edificios magníficos se mezclan con adefesios construidos en todas las épocas. No le faltan elegantes avenidas, sus mejores calles son anchas y crecen en ellas árboles, pero también está llena de cicatrices, de solares que tardarán en ocuparse y de calles que parecen más propias del insulso extrarradio de una ciudad cualquiera. Tiene dos ríos, numerosísimos canales y más puentes que Venecia; tiene tranvías y autobuses de dos pisos, y fastuosas estaciones de hierro forjado en todos los barrios, pero las vías del ferrocarril urbano, pegadas al suelo en vaguadas que cuartean la ciudad o elevadas en promontorios de hierro, rompen a veces el equilibrio de una plaza, y viajando sobre ellas, de norte a sur o de este a oeste, es posible descubrir, en el tránsito entre dos zonas residenciales, contenedores industriales, chimeneas de fábricas o depósitos de carbón. Esa mezcla, ese desordenado deslavazamiento sigue siendo Berlín hoy, a pesar de la edificación del llamado Nuevo Berlín, que prosigue su marcha inexorable. No hay un Berlín bonito y otro feo. Berlín es todo ello, mezclado en ocasiones, como en Stuttgarter Platz, en sólo el perímetro de cuatro calles.

Por si eso fuera poco, Berlín no tiene un único centro definido, sino muchos. Hay un centro monumental, que se concentra todo a lo largo de Unter den Linden; un centro histórico, Mitte, donde nació la ciudad en el siglo XIII; hay un centro comercial en Kurfürstendamm y en los barrios burgueses nacidos en sus márgenes a principios del siglo XIX; hay un centro financiero y de ocio en Potsdamer Platz, aún no terminado, que es una de las obras emblemáticas del último Berlín; hay un centro político, al oeste del parque de Tiergarten, donde se levanta el Reichstag, la cancillería y los nuevos ministerios y oficinas gubernamentales; hay antiguos barrios obreros, como Prenzlauerberg, que, después de haber sido el preferido de la disidencia política en tiempos de la RDA, se ha convertido en el preferido de la nueva burguesía urbana; hay reliquias del Berlín alternativo y ácrata, como Kreuzberg, todavía con vida gracias a la colonia turca que allí se asienta y a que últimamente lo han elegido para vivir muchos estudiantes; hay barrios antes bohemios, como la zona de Hackescher Markt, transformada ahora en escaparate para turistas; y hay decadentes barrios industriales, como Friedrichshain, al que han emigrado los artistas y alternativos que antes vivían en Prenzlauerberg y Kreuzberg. Todas son caras visibles de Berlín porque en todas sucede algo y hay cosas que ver: una plaza, un paseo, un mercado, un museo o una obra de la vanguardia arquitectónica de los años veinte. Berlín es una ciudad que crece, una ciudad viva porque lo más nuevo y vital que sucede en ella todavía no ha sido relegado, como en otras ciudades, al extrarradio de los barrios marginales. Ni siquiera la depauperación hay que ir a buscarla muy lejos. Está en los barrios de bloques prefabricados al este de la ciudad, pero se siente a un tiro de piedra de Tiergarten, en el barrio de Moabit.

La vida y las palabras

Berlín no es sólo el Berlín de los arquitectos y de los políticos que construyen con ladrillos o palabras la que se vende como la nueva capital de Europa. Lo que construye la ciudad es la vida que transcurre en ella, y antes incluso que su colosal tamaño -que parece aún mayor porque su proporcionalmente escasa población (3.700.000 habitantes) resulta insuficiente para llenar todos los recovecos de la ciudad-, al viajero que llega por primera vez a Berlín, da igual que sea invierno o verano, probablemente lo primero que le sorprenda sea la sensación de que el tiempo transcurre de diferente manera de como transcurre en otras capitales. Si es invierno, al franquear las puertas cálidas de un café encontrará a la gente que, instantes antes, al pasear por las calles gélidas, echó de menos; si es primavera o verano, esos mismos cafés se transforman en terrazas abiertas, y en ellos verá tanta gente sentada, mucha solitaria leyendo un libro o el periódico, y otra conversando en grupos, como la que verá pasar montada en bicicleta o al volante de los numerosísimos descapotables (un museo de coches al aire libre) que recorren sus calles.

Hay una frase en el último libro del escritor Bernhard Schlink que identifica cuál puede ser el origen, entre otros, de ese particular hedonismo que se advierte en la ciudad de Berlín: 'Antes en el este no había nada que hacer, porque el Estado no dejaba hacer nada, y en el oeste no había que hacer nada, porque tarde o temprano el dinero de Bonn llegaba infaliblemente. Teníamos tiempo de sobra'. La cita está en pretérito y no por casualidad. Ahora en Berlín, como en cualquier lugar, la gente tiene que trabajar y muchos lo pasan mal. Tras los ingentes costes que supuso (y sigue suponiendo) hacer una sola ciudad a partir de dos ciudades distintas, el Gobierno de la ciudad está en bancarrota y lo están también no pocos de sus habitantes. La cifra de paro ronda el 18% y, sin apenas industria y una economía sustentada casi exclusivamente en los servicios, el futuro parece incierto. La fiebre constructora, visible aún en las grúas y en los andamios diseminados en todos los distritos, no ha disminuido, pero sí ha menguado, en cambio, la euforia que la acompañaba. Muchos se van y, aunque Berlín sigue creciendo, nadie piensa ya que el ritmo se pueda sostener ni, sobre todo, que lo haga, como hasta hace poco se creía, sin costo para sus habitantes. Las infraestructuras culturales, dobles hasta ahora porque perduraban las de los dos Berlines, tendrán que disminuir, al igual que las ayudas sociales de las que se beneficiaban tantísimos berlineses.

Nostálgicos

Berlín fue un anacronismo durante más de cuarenta años, pero de ese anacronismo, junto a numerosos perjuicios, el primero de todos el de su división, se derivaron algunos beneficios, ya que tanto un Berlín como el otro fueron el escaparate a través del cual los sistemas que los sustentaban trataban de seducirse mutuamente. En Berlín, hoy día, hay quien añora la época de la división, nostálgicos del este y nostálgicos del oeste, pero, sobre todo, lo que hay son nostálgicos de los primeros tiempos de la reunificación, tiempos en los que todo estaba por hacer, y en los que lo mejor de un mundo y lo mejor del otro estaba al alcance de todos; tiempos de improvisación, casi sin ley, en los que surgían bares ilegales en todas las esquinas y en los que cada esquina era una fiesta. Ese Berlín desaparece hoy al mismo ritmo que la ciudad recupera su esplendor, pero aún es visible para el que viene de fuera, por mucho que los berlineses se empeñen en demostrarle que los mejores tiempos han pasado.

El camino hacia la normalización ha empezado, y poco a poco Berlín irá convirtiéndose en una ciudad más, pero aun así, el viajero no puede sustraerse a la sensación de que en Berlín todo sigue siendo más fácil que en otras ciudades de su mismo rango. Mucho más fácil que en Roma, mucho más fácil que en París, mucho más fácil que en Londres y mucho más fácil que en Madrid o Barcelona. La sensación cierta de que, pese a las dificultades, se puede llevar una vida razonablemente confortable. Los alquileres aún son más bajos que en otros lugares, y la ciudad ofrece una cantidad ingente de parques y de piscinas, de teatros, de cafés y sitios de reunión. Ni siquiera es necesario salir para veranear, a dos paradas de tren hay lagos de agua limpia. Y si a uno le gusta la ópera dispone nada menos que de tres teatros de la ópera. Lo mismo pasa con las galerías de arte, con los salones de conciertos, con los museos, y con cientos de salas alternativas en las que, por nada más que la curiosidad, es posible asistir a todo tipo de espectáculos culturales.

Llegará un momento en el que las heridas urbanas de Berlín estén cerradas; en el que los barrios antiguos se hayan renovado y los nuevos empiecen a envejecer; un momento en el que la cara visible de la ciudad pertenezca a las multinacionales y a la población económicamente activa. Será el Nuevo Berlín. Un sueño o un señuelo turístico. Es probable que entonces su vitalidad haya muerto. De momento, Berlín sigue construyéndose, y afortunadamente ese momento todavía parece lejano. Al menos en la mirada del viajero que la visita.

QUÉ SE HA HECHO Y QUÉ QUEDA POR HACER

EL ESFUERZO constructor que desde principios de los años noventa se ha realizado en Berlín es visible ya. Aparte de infinidad de edificios diseminados por todos los barrios, se ha terminado ya la parte más importante de Potsdamer Platz, tanto el Sony Center como la manzana de la corporación Daimler-Benz. Ha finalizado asimismo la construcción de buena parte del distrito político del que forman parte la Cancillería, la oficina administrativa del presidente federal y el nuevo Reichstag. El Museo Judío se levanta ya en el barrio de Kreuzberg, y no muy lejos, la manzana de Schützenstrasse diseñada por Aldo Rossi. Pero no todo ha sido levantar edificios de nueva planta. Se ha restaurado mucho en Berlín. La sinagoga de Oranienburgerstrasse y el área de Hackesche Höfe fueron las primeras rehabilitaciones en acometerse, seguidas de la antigua estación de Hamburger Bahnhof, ahora museo de arte contemporáneo; del Martin-Gropius-Bau, y de dos edificios de la época nazi: el antiguo Reichsbank, sede ahora del Departamento de Asuntos Exteriores, y el actual Ministerio de Finanzas, antes Ministerio del Aire. Mientras, el distrito de Prenzlauerberg está siendo restaurado y prosigue la recuperación de Pariser Platz. Entre lo que aún queda por hacer destaca el nuevo desarrollo de Leipziger Platz, la parte norte de Friedrichstrasse, la remodelación de algunas áreas de Kurfürstendamm y de Zoologischer Garten; el Memorial de las Víctimas del Holocausto; el Archivo de la Topografía del Terror, y finalizar la restauración de la isla de los Museos. Además hay dos proyectos polémicos: la reedificación del antiguo palacio real, el Stadtschloss, derruido en tiempos de la RDA y que exigiría la demolición del gigantesco Palacio de La República, levantado en su lugar, y la remodelación de Alexander Platz, para la que se contempla la construcción de varios rascacielos.

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos Población: Berlín tiene 3,7 millones de habitantes. Prefijo telefónico: 0049 30. Transporte público: billete para un día, 6,30 euros. Welcome Card (válido para un adulto y hasta tres niños menores de 14 años), para 72 horas de transporte público y descuentos en museos, atracciones y algunos espectáculos, 18. Cómo ir - Iberia (902 400 500) vuela directo a Berlín desde Madrid, por 328 euros, y Barcelona, por 312, tasas incluidas (tarifas válidas hasta el 15 de octubre). - KLM (902 22 27 47), a Berlín desde varios aeropuertos, 229 más tasas. A través de Internet (www.klm.com), desde 218 euros más tasas. Ambos hasta el 30 de septiembre. - Lufthansa (902 22 01 01), a Berlín con escala desde varios aeropuertos, por ejemplo, Barcelona y Madrid, por 248 más tasas (hasta el 15 de octubre). Dormir - Central de reservas hoteleras de Berlín (25 00 25); también en la web www.berlin-tourism.de. - Hotel Unter den Linden (23 81 10). Unter den Linden, 14 (Mitte). Precio de la habitación doble, desde 98 euros. - Märkischer Hof (282 71 55). Linienstrasse, 133 (Mitte). Entre 80 y 90. - Hotel Transit (789 04 70). Hagelberger Strasse, 53-54 (Kreuzberg). 60 euros. - Hotel California (88 01 20). Kurfürstendamm, 35. La habitación doble, entre 88 y 129 euros. - Hotel Pension Augusta (883 50 28). Fasanenstrasse, 22. Entre 75 y 125. - Blue Band Hotel Berlin (260 50). Lützowplatz, 17 (Tiergarten). La habitación doble, 150 euros. Comer - Schell (312 83 10). Knesebeckstrasse, 22 (Savignyplatz). Comida internacional. Precio medio por persona, entre 20 y 35 euros. - Paris Bar (313 80 52). Kantstrasse, 152 (Kurfürstendamm). Comida francesa. Entre 35 y 45 euros. - Pan Asia (381 01 78). Rosenthaler Strasse, 38 (Mitte). Comida oriental. De 15 a 20 euros. - Jolesch (612 35 81). Muskauer Strasse, 1 (Kreuzberg). Comida austriaca. Precio medio, entre 20 y 25 euros. - Il Pane e le Rose (423 19 16). Am Friedrichshain, 6 (Prenzlauerberg). Comida italiana. Entre 15 y 25 euros. - Bospurus Grill (324 45 77). Wilmersdorfer Strasse, 105 (Charlottenburg). Comida turca. Unos 20 o 25 euros. - Schildkröte (881 67 70). Kurfürstendamm, 212. Comida típicamente berlinesa. Precio medio, entre 15 y 20 euros. Bares de copas - Victoria Bar. Potsdamerstrasse, 102 (Schöneberg). - Wohnzimmer. Lettestrasse, 6 (Prenzlauerberg). - Würgeengel. Dresderer Strasse, 121 (Kreuzberg). - Universum Lounge. Kurfürstendamm, 153 (Wilmersdorff). - Zapata im Tacheles. Oranienburger Strasse, 54-56 (Mitte). - Reingold. Novalisstrasse, 11 (Mitte). - Trompete. Lützowplatz, 9 (Tiertgarten). Museos - Museo Judío (25 99 34 10). Linden Strasse, 9 (Kreuzberg). Cinco euros. - Hamburger Bahnhof (20 90 55 55) Invalidenstrasse, 50 (Tiergarten). Seis euros. - Isla de los Museos (20 90 55 55). Bodestrasse, 1 (Mitte). Donde se encuentran, la Alte National Gallerie y el Pergamonmuseum. Información - Información turística de Berlín (0190 016 316, llamando desde Alemania, y 0049 700 862 37 546, desde fuera). - www.berlin-tourism.de.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de septiembre de 2002

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