Columna
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La casa de los príncipes

A principios de la década de 1980, Josep Maria Carandell escribió y publicó su única novela, titulada Prínceps. En ella aparece una casa señorial, situada en el paseo de Gràcia, en la que se celebran bailes, puestas de largo, conciertos y encuentros sociales de altos vuelos que deslumbran al joven y provinciano protagonista de la historia. Tengo motivos fundados para creer que esa casa novelesca estaba inspirada en otra, más real y que todavía existe, situada entre los números 284 y 286 de la calle de Provença, en la manzana que separa la Rambla de Catalunya del paseo de Gràcia, justo al lado del desguazado cine Montecarlo. Muchos de ustedes saben a qué casa me refiero. Durante años fue la sede de la librería Happy Books y, actualmente, el local, reformado y decorado con un interiorismo por el que se pirran los estilistas de suplemento dominical, acoge el restaurante El Principal, una de las joyas de la corona del expansivo Grupo Tragaluz, liderado con espíritu familiar por Rosa Esteve. Así lo anuncian en la veterana Guía del Ocio: 'Situado en una casa señorial en pleno Ensanche barcelonés. Restaurante ideal para grupos, reuniones o comidas de empresa. Comida mediterránea con toques innovadores. Abierto todos los días'. Es fácil de identificar: no parece un restaurante, y los tres ventanales que dan a la calle ejercen sobre el transeúnte-passavolant la atracción de un potente imán.

Happy Books abrió en la calle de Provença con una oferta inusual en la que abundaban almanaques y libros de recetas
Por Sant Jordi, la librería montaba en su patio una multitudinaria fiesta a la que habíamos empezado a ser adictos

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Carandell no tuvo suerte con la editorial que publicó su Prínceps: Laia. La situación económica de la empresa y una gestión temeraria, denunciada por varios de sus autores estrella (Carme Riera y Josep Vallverdú, por ejemplo), acabaron de hundir una aventura editorial que, en sus inicios, gozó de las simpatías que despiertan la valentía, el riesgo, el compromiso y la voluntad de levantar un catálogo de referencia. Los libros publicados en aquel tiempo de declive cayeron en el olvido y, entre otros muchos, Prínceps no pudo ser ni analizado ni leído ni reseñado como merecía. Cuando la librería Happy Books, dirigida por Pi Caparrós, abrió sus puertas en la majestuosa planta baja de la calle de Provença, lo hizo con una oferta inusual en la que, además de los libros habituales, abundaban almanaques, libros de recetas, tratados de astrología, diccionarios de nombres, antologías de poemas cursis, monografías populares de grandes pintores, atlas y ensayos de autoayuda. Ésta era, además de toda clase de calendarios, la propuesta, culturalmente incorrecta, de un local que impresionaba por su privilegiada situación, por su señorial arquitectura y por un patio en el que, cuando llegaba el buen tiempo, podías tomarte un capuchino poniendo cara de burgués cosmopolita.

Allí, un día, llegaron montañas de libros de la ya difunta editorial Laia, y, entre ellos, Prínceps de Carandell. Cuando lo vi coleando con dificultad, señalado con el desagradable dedo del concepto saldo, recordé que en aquella misma sala había vivido la familia Carandell. El padre, Joan Carandell, autor de una prolífica e interesante obra con el seudónimo de Llorenç Sant Marc, y los hijos del sector más literario de la estirpe, Josep Maria y Luís. Que los libros de uno acaben saldándose en la que fue tu casa parecía una metáfora sobre la vida, la creación y la relatividad del paso del tiempo, aunque, por supuesto, a la elegancia de las piedras le sobrevivirá la obra de los Carandell, su felizmente expansiva familia y estos versos de Josep Maria: 'Decid: cómo se reconstruye un hombre / que ha descubierto tarde / que es culpable'. La prueba de que todo es efímero la tienen en que, al igual que la familia tuvo que abandonar la casa, la librería Happy Books también decidió mudarse o, en este caso, retirarse de aquella magnífica ubicación. Cuando empezábamos a acostumbrarnos, cuando ya habíamos superado nuestros prejuicios, cuando ya éramos adictos a la multitudinaria fiesta que, al concluir la jornada de Sant Jordi, se montaba en el patio trasero, el local cerró sus puertas. Pero la vida es sabia y, afortunadamente, la casa pudo mantener su vocación de lugar público. Se la quedó el Grupo Tragaluz y montó un restaurante sofisticado en el que uno puede cruzarse con editores que terminarán como los de Laia y con escritores cuyos libros están amenazados por el peligro del saldo. Si llamas por teléfono para reservar una mesa, atraido por una carta que sugiere formas de integración culinaria que compatibiliza tatakis, rigatonis, mares y montañas y tiramisús, debes hacerlo con un poco de tiempo, porque, de no ser así, te responderán con un castellano de zona alta: 'Estamos completos', una frase que, no sé por qué, suelo relacionar con alguna agradable situación sexual. Sólo he comido allí una vez pero, sin entrar en la calidad de la comida, siempre opinable, sé que regresaré a este edificio, cerraré los ojos e intentaré imaginarme esos conciertos privados de la década de 1950, con muchachas hermosas y de alta alcurnia buscando a su príncipe azul y chicos de provincia venciendo su timidez con arrojo y simpatía, dispuestos a lo que sea con tal de dar el braguetazo, todos intimidades y seducidos por un espacio que, todavía hoy, invita a soñar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 24 de agosto de 2002.

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