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Tribuna:

Votar en Euskadi

Con toda seguridad, Ibarretxe no pensó al visitar Tinduf que existía algo en común entre la tragedia de los saharauis desplazados de su propio país y la de tantos vascos que han abandonado el suyo asqueados por la violencia o ante el riesgo de perder las propias vidas. El turismo político seudoprogresista del lehendakari, sea a los campamentos del Sáhara o a ese paraíso de la libertad que es Cuba, contribuye a forjar su imagen de hombre demócrata, sensible a las causas de las patrias oprimidas. Otra cosa es ir más allá de las lamentaciones ante lo que ocurre en su propia tierra, y por eso desoyó el llamamiento socialista a encabezar la manifestación del PSE por la libertad y la seguridad de sus concejales amenazados. La solidaridad, se dijeron para el caso el Gobierno vasco, PNV, EA e IU, a gotas y bien medida, no sea que se vayan a creer que consideramos a los socialistas ciudadanos vascos como nosotros.

La ausencia de Ibarretxe y la escasa respuesta a la convocatoria de manifestación de Patxi López cierran así el ciclo abierto por la pastoral de los obispos vascos, quedando definidas las distintas posturas ante las dos cuestiones más graves que tiene hoy ante sí la política vasca: la ilegalización de Batasuna y la presión criminal ejercida desde el campo radical sobre socialistas y populares de cara a las elecciones municipales del próximo año. En ambos temas, como casi siempre suele ocurrir en Euskadi, la posición de banca en la mesa de juego correspondió al PNV y al Gobierno vasco.

De entrada no era fácil su posición. Conocida de sobra su actitud contraria a la ilegalización de Batasuna, era sin embargo complicado asumir una iniciativa social que pusiera en la calle un frente nacionalista, a fin de cuentas orientado hacia la protección del terror político que el PNV dice rechazar. Y la secuencia de atentados, agresiones y amenazas contra concejales estatutistas hacía impresentable la propensión natural del nacionalismo democrático a la inhibición. Al PNV y al lehendakari les tocaba abrir el juego en ambas mesas, y ello contravenía su táctica de ambivalencia. Los obispos les sacaron del apuro, y no sólo eso, sino que les dieron sus bendiciones en forma de escudo contra todo aquél que se atreviera a criticarles. Puestos a ejercer el papel de Du Guesclin, incluso las extendieron a su objetivo político, colocando el 'soberanismo' como primera opción lícita para el futuro vasco. Si todo va como Ibarretxe, Arzalluz y Uriarte desean, la pastoral será juzgada con los años como el acta de nacimiento de la Iglesia nacional vasca.

Unas semanas bastaron para comprobar hasta qué punto los obispos habían marcado perfectamente el terreno, de modo que el PNV pudo moverse a sus anchas, y sus gentes participaron sin remordimiento alguno en la manifestación masiva del 15 de junio. Para ello resultaba indispensable ignorar lo que dice y hace Batasuna, negarse a extraer consecuencia política alguna de la caza aberzale del concejal demócrata y ver en el brazo político de ETA un simple portador de ideas, tal vez extremas, pero en todo caso legítimas. Eran demasiadas cegueras acumuladas, pero una vez que los obispos las expusieron una tras otra en su texto, y nada menos que en nombre de 'la paz', nada impedía seguir su estela con la mejor de las conciencias. A los tres prelados, en la línea de tantos textos serpentiformes de miembros de la jerarquía eclesiástica en casos de dictadura, se les llenó la boca de expresiones de dolor por la persecución de los concejales en la que ven un atentado a la democracia, pero esa situación no suscita la necesidad de respuesta política alguna; todo se desenvuelve en el plano de la solidaridad cristiana, como 'banco de prueba de la calidad de nuestra fe'. En cambio, la condena del terror de ETA, en apariencia rotunda, sí está asociada a una solución mediante 'el diálogo'. La perspectiva de una derrota policial de ETA no es del gusto de los redactores: 'La paz verdadera no consiste en la victoria, sino en el acuerdo'. Así que para los verdugos negociación política y para las víctimas consuelo. Y para que se vea que estos curiosos pastores predican la resignación a éstas, el silencio de los corderos, en tanto que los lobos, a pesar de la condena, acaban recibiendo protección efectiva, todo va a parar a la tan comentada oposición a la Ley de Partidos, sobre la sólida base de que las relaciones que pudiera haber entre ETA y Batasuna no cuentan, de que sobre el fondo de la cuestión no saben, pero prevén 'consecuencias sombrías'. Toda una lección de cómo evitar las exigencias del cristianismo para adoptar postura en cuestiones moral y políticamente graves, guiando -por seguir con el lenguaje pastoril- conscientemente al rebaño de los creyentes desde la propia y reconocida oscuridad.

Ahora bien, en este caso la oscuridad no está reñida con el pragmatismo. Gracias al aval suscrito por los obispos, el PNV se encuentra legitimado para profundizar en la vía esbozada desde la anterior legislatura. Hacia el exterior, pronunciamientos de solidaridad y protección respecto de los concejales constitucionalistas, con lo cual queda limpia la propia conciencia, pero sin excederse. ¿No había en el frontón secreta alguna de la Ertzaintza para informar de la pancarta difamatoria contra la alcaldesa socialista y tomar medidas preventivas ante posibles actos de agresión?, ¿dónde están el valor y la nobleza autoproclamados por los nacionalistas vascos que constituirían la mayoría del público y nada hicieron para frenar a los agresores de Ana Urchueguia? Uriarte y los suyos debieran reflexionar sobre el incidente por el poco juego que dio el sentimiento cristiano: el banco de prueba se ha roto a la primera. El alcalde de Bilbao dice por su parte que él prefiere tolerar las amenazas e insultos contra populares y socialistas en los plenos, en nombre de la libertad de expresión. A él le habrían llamado fascista y lo aguantó. La réplica es clara: nuestro buen peneuvista puede hacer todos los ejercicios de poner la otra mejilla, es cosa suya personal; no lo es tolerar el clima de intimidación que los batasunos imponen. Y sabiendo mejor que nadie lo que es ETA y lo que son Batasuna y su entorno asociativo, el Gobierno vasco y el PNV -de EA y el submarino IU, mejor olvidarse- se movilizan en pro de una libertad de ideas que hoy por hoy no es otra cosa que tolerancia ante un partido que en su comportamiento cotidiano no sólo da muestras de su adhesión a ETA, sino de su condición nazi.

Otra cosa es que la jugada constitucionalista de la ilegalización vaya a salir bien. Para nadie es un secreto la vinculación dependiente de Batasuna respecto de ETA y los recursos que proporciona la vida legal de la primera al entramado terrorista. La traducción en la práctica jurídica de esa certidumbre es lo que resulta cuestionable, a la vista de una jurisprudencia, tanto en el Supremo como en el Constitucional, en permanente oscilación pendular. Pensemos en el efecto bumerán que supondría la repetición de lo ocurrido con la Mesa Nacional de HB y tampoco es claro que pudiesen ser eliminadas Candidaturas por la Democracia en Euskal Herria, susceptibles de gozar en las circunstancias que se avecinan de un efecto multiplicador. Entretanto, lo que no parece lógico es que permanezca como organización legal Batasuna si resulta probada su inserción en el entramado orgánico de ETA. En todo caso hay que probarlo, más allá de coincidencias personales y de los espectaculares signos de adhesión de los batasunos a la estrategia del terror político.

Así las cosas, todo va a resultar sumamente difícil para PP y PSOE ante ese cerco de intimidación y de crimen que les espera en los próximos meses, con el único apoyo de las palabras del Gobierno vasco cuando se produzca una agresión o un atentado. Tampoco ha sobrevivido la cohesión que precedió al 13-M. Entre las virtudes del PP no figura ciertamente la de mantener de forma respetuosa y equilibrada una alianza política. Siempre quiere llevarse la mejor parte, colocar a los suyos, y cuando el pacto tiembla, saca la caja de los truenos. En el curso del proceso de defenestración de Nicolás Redondo, las intervenciones de Javier Arenas constituyeron una prueba de lo que nunca debe hacerse para sostener a su mejor socio posible. Por parte socialista, no es fácil apreciar qué se ha logrado con la sustitución de Redondo por López, salvo las grietas perfectamente visibles de que informan las participaciones de unos y otros en el acto de la Fundación para la Libertad y en la manifestación donostiarra. Y con esas tensiones, y dadas las amenazas demasiado reales, será bien dificil completar las candidaturas socialistas.

Por encima de todo está la cuestión de si existen condiciones para un voto democrático cuando los representantes de casi la mitad del electorado se encuentran bajo amenaza de muerte y sus seguidores se hacen acreedores a una condecoración cívica de atreverse a exponer públicamente sus ideas. Es un estado de excepción de facto que la exclusión de Batasuna, por justa que sea, no va a remediar. La salida lógica sería la formación de candidaturas de unión democrática de acuerdo con la composición actual de los ayuntamientos en las zonas de riesgo. Pero no hay que soñar: el PNV y sus socios, acólito IU incluido, tienen la ocasión de oro para 'moverse' como Arzalluz propone hacia la independencia, tras unas elecciones condicionadas por el miedo. De momento, preparan el terreno con una estrategia de la tensión que deja bien claro el propósito de dinamitar la autonomía mediante una escalada de enfrentamientos que les permita forjar la mayoría independentista en el electorado de la que hoy carecen.

Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de julio de 2002