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VISTO / OÍDO

Desnudos y vestidos

Miro mucho los desfiles de la moda de otoño; bajo el barullo de telas, colores y pinturas, puede verse alguna mujer, y algunas de formas admirables. A mí me gustan las que pasan por la calle, se sientan en las terrazas: incluso las que van al Real. Quizá hay un exceso de uniforme con los vaqueros y las camisetitas, pero lo que vale, entonces, es la individualidad. La forma en que su realidad desborda el uniforme; y las caras. No sé qué dirán los filósofos, que siempre han estudiado el fenómeno de la moda como parte de la expresión histórica y política. El contraste está ahora en el extremo de los desnudos, hombres y mujeres, que corren por calles y por las pistas de Wimbledon, los que se colocan por millares delante de un fotógrafo especializado, y el otro extremo de la mujer falsificada -entre ellas aparece algún hombre- por los modistas. O mis cánones están equivocados o lo que hacen con ellas es privarlas de la identidad.

El desnudo de hombres y mujeres ha sido siempre una gran aspiración de libertad y de estética: la colección de desnudos privados que está ahora en el Museo del Prado, y que el Rey tenía en su cámara reservada para él, sus amigotes y sus entretenidas, muestra una vez más cómo los artistas lo sabían; lo sabían los grecorromanos en su estatuaria, que luego monjes que ardían por dentro machacaban a martillazos en sus genitales: podían haberlo hecho con los suyos propios. Ah, no sólo los monjes: las feministas. Una del siglo pasado apuñaló y desgarró en Londres uno de los más castos desnudos de la pintura, La Venus del espejo, de Velázquez. A veces las leo y las oigo quejarse de las chicas de la publicidad. Cómo cambian las cosas: cuando Franco acabó, el teatro saltó en desnudos femeninos porque era una de las libertades prohibidas. Ahora se reprimen porque se ofenden las espectadoras, que entonces eran las chicas que luchaban por el biquini. Se quejan de la utilización del cuerpo de la mujer para publicar aquello que se vende para el cuerpo de la mujer, que es una de las grandes industrias de consumo. En cambio, en el teatro se ven cada vez más desnudos de hombre: desnudos totales, con esas posturas para que se vea y no se vea, aparezca y desaparezca, aquello que los frailes martilleaban. Qué extraña la ola de pudor que nos invade, mientras crece la desvergüenza de grandes empresas, grandes bancos. Es menos peligrosa que el acoso sexual.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de julio de 2002