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Crónica:Alemania 1 - EE UU 0 | Cuartos de final: Alemania-Estados Unidos | Mundial 2002

Alemania juega a otra cosa y gana

Estados Unidos, mejor y sin complejos, asedió la portería de Kahn en la segunda parte, pero decidió un gol de Ballack

El fútbol alemán se escapa del universo de la crítica para entrar en el terreno de la conducta antropológica. Ya no es que jueguen bien, mal o regular. El asunto es de otra naturaleza: los alemanes juegan a otra cosa. A su cosa, que es bastante rara, por cierto. Dirán que no les va mal. Con los resultados en la mano, tienen razón. Alemania se clasificó ayer para las semifinales. Ganó a Estados Unidos y se puede proclamar que ha llegado donde no lo han hecho Argentina, Francia o Inglaterra. Pero eso no puede desviar de la cuestión básica: ¿a qué juega Alemania? A algo tan singular que le diferencia del resto de los equipos del mundo. Frente a Estados Unidos quedó meridianamente claro que nada les gusta más a sus jugadores que les hagan faltas. Entre protagonizar una jugada y recibir una falta, no se diga más: la falta. Parece mentira, pero es cierto. Recibir una falta es trasladar a todas sus grúas al área de penalti. Llegan marciales y serios, con su fabulosa carrocería, sobrados de centímetros y kilos, colocados en escalara: Metzelder, Klose, Ballack.... Y entonces ocurre algo muy interesante: los alemanes están convencidos de que van a hacer gol y los rivales están aterrados porque saben que les van a hacer gol.

A eso se dedican, a que les hagan faltas. Si eso entra en la categoría del juego, de cierta ortodoxia del juego, es más que discutible. En general, se trata de un equipo que no siente ningún aprecio por la habilidad o el ingenio. Con el balón, Alemania es de una vulgaridad que espanta. No le falta algún jugador de clase, como Ballack, pero el objetivo del equipo no es asociarse con Ballack. El objetivo es buscar una falta que permita enviar a un pelotón de gigantescos cabeceadores y sembrar el pánico en el área adversaria. No hizo otra cosa frente a los admirables norteamericanos, todo lo limitados que se quiera, pero más que honorables perdedores. Si es por jugar al fútbol, lo que se entiende por fútbol, le dieron un repaso a Alemania. Tuvieron todas las ocasiones posibles para ganar el partido: Kahn rechazó en situación crítica tres remates, Frings sacó con la mano un tiro mortal de Lewis, un cabezazo de Sanneh se escapó a un palmo de la portería. Pues nada, lo que sirvió fue una falta que sacó Ziege desde la derecha, con toda su gente entrando como panteras al remate. Pudo llegar cualquiera, pero llegó Ballack, que clavó el cabezazo.

Alemania había buscado ese tipo de acción desde el primer minuto. Una falta y tiraban cohetes. Los americanos no entendían nada. Por una vez jugaban como nunca lo han hecho y como siempre se espera de ellos en las demás actividades del deporte: sin ningún complejo. Ése ha sido el verdadero avance del fútbol estadounidense en este Mundial. No tendrán a los mejores jugadores, y qué. Contra Alemania actuaron como si los tuvieran. El pecoso O'Brien daba la pinta de un medio centro de categoría; Reyna movía la pelota con el criterio que les faltaba a todos los alemanes; Donovan parecía Maradona. Quizá todo ello ocurrió por comparación. En cualquier caso, ese equipo le dio una lección a los alemanes.

Mientras los americanos remitían el partido a lo que se entiende por juego, los alemanes no se salieron de lo suyo ni a tiros. La sutileza no figura entre sus cualidades, desde luego. Ahora bien, son temibles, cualquiera que sea su idea del fútbol. Todas y cada una de las veces que Ziege cruzó la pelota sobre el área, daba la sensación de que llegaba el gol. Son tan fuertes, tan altos, tan decididos, creen tanto en la eficacia de sus cabeceadores, que nada les detiene. Los estadounidenses trataban de detenerles y no había manera: un ciclón de alemanes se levantaba uno tras otro para conectar el cabezazo. Así entró el de Ballack.

Aunque los resultados le han puesto en las semifinales, Alemania debería pensar en alguna alternativa a su monotema. Uno se acostumbra demasiado al carrilito y acaba por olvidarse de cuestiones esenciales. Como no puede mover la pelota, Alemania tiene que defenderse demasiado. Y demasiado mal. En cuanto los americanos se pusieron a buscar pases cortos, paredes, los pequeños detalles de toda la vida, al equipo alemán le entró el vértigo de los que hacen el ridículo. Toda la segunda parte fue un largo y bien estructurado asedio contra la portería de Kahn. No hubo goles, ni dudas sobre quién jugó mejor: Estados Unidos. Y eso qué importa dirán los alemanes. Con su fórmula les basta, aunque es difícil precisar si se trata de fútbol. Probablemente, no.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de junio de 2002