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Reportaje:LA INMIGRACIÓN

Una España perpleja e inquieta

En el locutorio Mi Tierra hay cuatro relojes con las horas de España, Maruecos, Ecuador y Nigeria. También cuenta el locutorio con los demás servicios de este tipo de establecimientos: cabinas telefónicas, agencia para transferencias de dinero al extranjero, máquinas con bebidas refrescantes, tablones de anuncios con ofertas y demandas de empleo, vivienda, electrodomésticos, muebles y vehículos... En un cuarto trasero de este local reina un televisor sobre el que, en esta tarde de junio de 2002, fijan su mirada una veintena de jóvenes magrebíes y latinoamericanos. Todos varones y todos concentrados en los avatares de un partido de la Copa del Mundo de fútbol.

Estamos en Torre Pacheco, en el Campo de Cartagena, a 15 kilómetros de la ciudad púnica y a 33 de Murcia. Es un sitio casi perfecto para constatar dos de los grandes cambios de la España democrática. Uno es el que afecta positivamente a buena parte del mundo rural: el Torre Pacheco que entra en el siglo XXI exuda prosperidad. Su calle Mayor ha sido convertida en peatonal, y en sus bajos se alinea una veintena de sucursales bancarias. Los bares de la zona -como el Julio, que sobre la barra exhibe dos banderas rojigualdas con el toro de Osborne en el centro- tienen un semblante tan limpio, fresco y nuevo como las oficinas bancarias. En cuanto a los vecinos, se les ve saludables y llevan las mismas ropas de moda que la gente de Madrid o Barcelona.

No hay líder ni partido ultraderechistas, pero las actitudes individuales y colectivas de tinte xenófobo y racista comienzan a hacerse presentes

De los 27.000 empadronados en Torre Pacheco, 6.000 son extranjeros, de ellos 3.500 magrebíes y 2.000 ecuatorianos

Según la ONU, España necesitará 12 millones de inmigrantes de aquí al 2050 para mantener la cifra actual de población y garantizar las pensiones

Próspera agua

Torre Pacheco era un pobre secarral hasta que en 1979 se materializó el trasvase Tajo-Segura y pasó a disfrutar de unas 18.000 hectáreas de regadío. Entonces todo cambió. Empezó a fluir el dinero y, como dice Diego García Cobacho, su concejal de Interior, 'con él se resolvieron muchas necesidades y se crearon otras, la más perentoria la de mano de obra'. Esta localidad murciana, que hasta los setenta del siglo XX se desangraba exportando vecinos a Madrid, Cataluña y más allá de los Pirineos, pasó de tener sed de agua a tener sed de trabajadores para sus campos de lechuga, brócoli, apio, melón y alcachofa, y luego para la construcción, la hostelería, el servicio doméstico y la asistencia a inválidos y ancianos. 'Así que en 1989 el Ayuntamiento ofreció 1.800 puestos de trabajo al Inem para los parados españoles', cuenta García Cobacho. 'Sólo se presentaron 30 personas y ninguna aceptó el de jornalero. No tuvimos más remedio que permitir la llegada de extranjeros, primero magrebíes y más tarde ecuatorianos'.

De los 27.000 empadronados de Torre Pacheco, 6.000 son extranjeros, de ellos 3.500 magrebíes y 2.000 ecuatorianos. Si a estos inmigrantes se añaden los ilegales, puede afirmarse que un cuarto de su población nació fuera de España.

Torre Pacheco vive este fenómeno de la inmigración con la misma perplejidad que el resto de la sociedad española, y también con la misma creciente dosis de inquietud. Aunque si dependiera de Pilar esos sentimientos están de más. 'Aquí no hemos tenido manifestaciones graves de xenofobia o racismo, por la sencilla razón de que el pueblo sabe que le convienen los inmigrantes, que son ellos los que lo están sacando a flote', dice mientras sigue intentado ayudar a un marroquí a regularizar su situación. En esta tarde de junio, la cola en el local de Murcia Acoge es larga y espesa. Acuciados por la Ley de Extranjería del Gobierno del PP, magrebíes y ecuatorianos pugnan por conseguir o poner al día permisos de residencia y trabajo, documentos de reagrupación familiar, extensiones de visado y autorizaciones de regreso. Pilar les ayuda, inspirada por esa leyenda que hay en la entrada del local: 'Si tu dios es judío, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tus vacaciones son marroquíes, tus cifras son árabes, tus letras son latinas... ¿cómo te atreves a decir que tu vecino es extranjero?'.

Como Pilar, hay cientos de millares, millones de personas en España. Son los que intentan facilitarles las cosas a los inmigrantes desde las ONG. Pero también hay otros millones que no ocultan su desazón ante el hecho de que España viva hoy, aunque sea con una década o más de retraso, el mismo fenómeno de llegada masiva de trabajadores extranjeros y la conversión en una sociedad plurirracial y plurirreligiosa del Reino Unido, Francia, Holanda o Alemania.

Antecedentes similares

Si ningún país europeo estaba en verdad preparado para ello, España aún menos. Éste es el país que a partir de 1492 expulsó a judíos y moriscos, y desde entonces y hasta la muerte de Franco vivió la mayor parte del tiempo bajo el impulso autoritario de la unidad racial, cultural y religiosa. Éste es un país que durante siglos fue exportador de mano de obra. Y ahora es el país desde donde el Gobierno tilda a la inmigración de 'problema', la identifica con el crecimiento de la delincuencia y sólo propone medidas autoritarias, como endurecer aún más la Ley de Extranjería y blindar las fronteras europeas. Actualmente, la cifra de irregulares varía entre los 100.000 que calcula la Comisión Española de Ayuda al Refugiado y los 300.000 que estima Comisiones Obreras.

En un síntoma de que España está culminando su incorporación al conjunto de los países avanzados occidentales, la inmigración lleva camino de convertirse en la gran cuestión política, social y cultural. Y aunque, según el último barómetro del CIS -enero-febrero de 2002-, los españoles colocan la inmigración por detrás del terrorismo y el paro en la lista de sus preocupaciones, ni el PP, bajo cuyo Gobierno se ha multiplicado la llegada masiva de extranjeros legales o ilegales, ni el PSOE, que no quiere correr el destino de sus correligionarios franceses, desean parecer blandos en esta materia.

España carece de un líder y un partido ultraderechistas, pero las actitudes individuales y colectivas de tinte xenófobo y racista comienzan a ser el pan nuestro de cada día. La violencia racista se está extendiendo peligrosamente entre los adolescentes de los institutos con una alta presencia de inmigrantes, según un reciente estudio del antropólogo Carles Serra. La frase 'A los moros hay que meterles caña' se ha trivializado entre muchos chavales. En ocasiones, los incidentes son muy graves. En 1999 fueron las agresiones contra africanos y magrebíes en las localidades catalanas de Terrassa, Girona y Banyoles; en 2000, la masiva caza al moro desencadenada en El Ejido (Almería), calificada desde Bruselas de 'uno de los más graves casos de racismo' en Europa; en 2001, las palizas propinadas por jóvenes de Alquerías (Murcia) a un ecuatoriano y un búlgaro, y el pasado febrero, la muerte brutal en el puerto de Barcelona del ecuatoriano Wilson Pacheco.

Comienzan a emerger pequeños Le Pen. El almeriense Juan Enciso, alcalde del PP de El Ejido, es uno de ellos. Otro es el canario Francisco Rivero García, propietario del Canal 25 de televisión, que en otoño de 2000 declaró: 'Los negros vienen a traer droga y basura, los políticos son unos acojonados y el Gobierno español no tiene huevos. ¡Pues los huevos los vamos a tener los canarios. ¡Vamos a echar de aquí a esa gente, aunque sea a la pedrá'. También en Canarias, José Manuel Soria, alcalde de Las Palmas y presidente del PP en la comunidad autónoma, es muy beligerante contra los magrebíes y africanos. Y en Cataluña emerge el ultraderechista Josep Anglada, que, con ocasión del conflicto de la mezquita de Premià de Mar, ha afirmado que los árabes están conquistando esa comunidad 'con el fruto de los vientres de sus mujeres'.

Desde Canarias hasta Cataluña, pasando por Madrid, Murcia y Valencia, la inmigración está cambiando España. Para lo bueno, con la presencia de mano de obra laboriosa y barata en actividades que ya no interesan a los españoles, la inyección de sangre fresca en la Seguridad Social y la aportación de pluralidad y mestizaje a nuestra cultura. Para lo malo en lo que hace a nueva delincuencia, conflictos comunitarios, explosiones de racismo y endurecimiento de los discursos políticos. Pero volvamos a Torre Pacheco. ¿Cómo se vive todo ello en este pueblo?

Triple política

Desde 1979, el Grupo Independiente, al que pertenece el concejal de Interior, García Cobacho, gobierna Torre Pacheco, ahora con el apoyo de los socialistas. El Ayuntamiento, explica García Cobacho, se ha esforzado por evitar conflictos relacionados con la inmigración con una triple política. En primer lugar, luchando contra los guetos derivados del alojamiento en chabolas, albergues miserables suministrados por los patrones o edificios abandonados; y de hecho, 22 de las 27 últimas viviendas de protección oficial construidas han sido vendidas a magrebíes. En segundo lugar, empleándose en cortar los brotes de organización de pandillas neonazis. Por último, usando el sentido común.

¿Sentido común? 'Sí', responde el edil. 'Le pongo un ejemplo. En el colegio de Balsicas tuvimos un problema cuando los padres de 11 niños magrebíes denunciaron que se les obligaba a rezar oraciones católicas y también que los menús contenían cerdo. Lo que hicimos fue suprimir la oración y mantener el cerdo, y eso bajo el mismo principio: 'Si en la escuela no hay religión, no la hay para nadie'.

No todo, sin embargo, es de color de rosa en Torre Pacheco. Como en otros lugares de España, aflora el sentimiento de que la presencia de inmigrantes se traduce en un incremento de la delincuencia. 'A mí ya me han entrado diez veces para robar en la finca, lo que me produce una gran sensación de inseguridad e impotencia', dice una vecina que no desea dar su nombre. Y añade: 'Nunca he sido racista, pero ahora veo a los inmigrantes de otra manera. Que vengan aquí a trabajar, pero que se adapten, que respeten a los ciudadanos que ya estamos aquí'.

Cuando se le pregunta al concejal de Interior si esta percepción de alza de la inseguridad se corresponde a los hechos, la respuesta es afirmativa. 'En Torre Pacheco no hemos tenido homicidios o violaciones de españoles protagonizados por extranjeros, y eso ha evitado quizá explosiones como la de El Ejido', dice. 'Pero en siete de cada 10 incidentes en los que interviene nuestra Policía Municipal los protagonistas son magrebíes, más argelinos que marroquíes, o ecuatorianos'.

'No son cosas graves, pero generan malestar, y máxime cuando lo normal es que nuestros agentes lleven a los detenidos a la Policía Nacional de Cartagena, donde, incluso con propuesta de expulsión, sólo pueden ser puestos en libertad de inmediato', dice el concejal.

Es un hecho que bajo el Gobierno del PP se ha producido un ascenso de la delincuencia en España. El PSOE lo atribuye en gran medida a la política de privatización de la seguridad en detrimento del refuerzo de los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado. Pero los líderes del PP desarrollan una intensa campaña para escabullir responsabilidades y asociar inseguridad con un ascenso de la inmigración que también se ha producido bajo su Gobierno. En este espinoso debate hay aspectos incuestionables, como por ejemplo la conversión de Madrid en escenario de sangrientos ajustes de cuentas entre carteles colombianos, actuación de carteristas rumanos y, en el barrio de Lavapiés, peleas entre grupos chinos y marroquíes.

Otras supuestas obviedades lo son menos, empezando por la cifra de detenidos y presos extranjeros que el Gobierno parece haber manipulado al alza. Y continuando por lo más importante: las causas de la posible relación entre inmigración y delitos. Para Mariano Fernández Bermejo, fiscal jefe de Madrid, la asociación gubernamental es incorrecta. 'No es la condición de extranjero, sino la marginación, lo que conduce al ámbito de la criminalidad', dice. 'La solución es integrar al inmigrante'.

Pero, como denuncia el líder socialista José Luis Rodríguez Zapatero, en España no existe una política de Estado para la integración de unos inmigrantes que en su gran mayoría están aquí para quedarse. La carencia es particularmente siniestra, dado que, según estudios de fuentes tan diversas como la ONU, la Comisión Europea, el Instituto Nacional de Estadística (INE) y el BBVA, la población inmigrante debe crecer bastante más. Dada su debilidad demográfica y el progresivo envejecimiento de su población, España, según la ONU, necesitará 12 millones de inmigrantes de aquí a 2050 para mantener la cifra actual de población y garantizar la supervivencia del sistema de pensiones. Los inmigrantes, según datos del Insalud, representaron en 2001 un tercio de los nuevos cotizantes a la Seguridad Social.

Religión y costumbres

¿Es posible integrar a los inmigrantes? 'Con los ecuatorianos no hay problemas: hablan nuestro idioma y van a misa. Salvo que algunos agarran tremendas borracheras y otros o los mismos maltratan a sus mujeres, son gente respetuosa y educada', dice García Cobacho, a partir de la experiencia de Torrre Pacheco. En cambio, el concejal tiene muchas dudas con los magrebíes. 'El principal problema para su integración es el islam; lo usan como un escudo, para aislarse de la sociedad española'. María García, secretaria en el Ayuntamiento, comparte esa impresión. 'Creo', dice María, 'que si los marroquíes y los argelinos vienen aquí en busca de libertad y trabajo, deberían hacer un esfuerzo para cortar cosas de su cultura que son retrógradas. Yo no tengo nada contra su religión, ni contra su manera de vestir o de comer, porque soy de una asociación de amigos del pueblo saharaui, pero el trato que dan a las mujeres no lo soporto'.

Con o sin papeles, magrebíes y ecuatorianos mantienen vivos los campos. En Torre Pacheco son muy conscientes de ello. 'No sé si somos o no más tolerantes con los inmigrantes que otros lugares de España; lo que sé es que los necesitamos', dice García Cobacho. 'Una cosecha de lechugas se pierde en una semana; cuando está para recogerla, está para recogerla'. Así es, y ahora comienza la recolección del melón.

En el locutorio Mi Tierra hay cuatro relojes con las horas de España, Maruecos, Ecuador y Nigeria. También cuenta el locutorio con los demás servicios de este tipo de establecimientos: cabinas telefónicas, agencia para transferencias de dinero al extranjero, máquinas con bebidas refrescantes, tablones de anuncios con ofertas y demandas de empleo, vivienda, electrodomésticos, muebles y vehículos... En un cuarto trasero de este local reina un televisor sobre el que, en esta tarde de junio de 2002, fijan su mirada una veintena de jóvenes magrebíes y latinoamericanos. Todos varones y todos concentrados en los avatares de un partido de la Copa del Mundo de fútbol.

Estamos en Torre Pacheco, en el Campo de Cartagena, a 15 kilómetros de la ciudad púnica y a 33 de Murcia. Es un sitio casi perfecto para constatar dos de los grandes cambios de la España democrática. Uno es el que afecta positivamente a buena parte del mundo rural: el Torre Pacheco que entra en el siglo XXI exuda prosperidad. Su calle Mayor ha sido convertida en peatonal, y en sus bajos se alinea una veintena de sucursales bancarias. Los bares de la zona -como el Julio, que sobre la barra exhibe dos banderas rojigualdas con el toro de Osborne en el centro- tienen un semblante tan limpio, fresco y nuevo como las oficinas bancarias. En cuanto a los vecinos, se les ve saludables y llevan las mismas ropas de moda que la gente de Madrid o Barcelona.

Próspera agua

Torre Pacheco era un pobre secarral hasta que en 1979 se materializó el trasvase Tajo-Segura y pasó a disfrutar de unas 18.000 hectáreas de regadío. Entonces todo cambió. Empezó a fluir el dinero y, como dice Diego García Cobacho, su concejal de Interior, 'con él se resolvieron muchas necesidades y se crearon otras, la más perentoria la de mano de obra'. Esta localidad murciana, que hasta los setenta del siglo XX se desangraba exportando vecinos a Madrid, Cataluña y más allá de los Pirineos, pasó de tener sed de agua a tener sed de trabajadores para sus campos de lechuga, brócoli, apio, melón y alcachofa, y luego para la construcción, la hostelería, el servicio doméstico y la asistencia a inválidos y ancianos. 'Así que en 1989 el Ayuntamiento ofreció 1.800 puestos de trabajo al Inem para los parados españoles', cuenta García Cobacho. 'Sólo se presentaron 30 personas y ninguna aceptó el de jornalero. No tuvimos más remedio que permitir la llegada de extranjeros, primero magrebíes y más tarde ecuatorianos'.

De los 27.000 empadronados de Torre Pacheco, 6.000 son extranjeros, de ellos 3.500 magrebíes y 2.000 ecuatorianos. Si a estos inmigrantes se añaden los ilegales, puede afirmarse que un cuarto de su población nació fuera de España.

Torre Pacheco vive este fenómeno de la inmigración con la misma perplejidad que el resto de la sociedad española, y también con la misma creciente dosis de inquietud. Aunque si dependiera de Pilar esos sentimientos están de más. 'Aquí no hemos tenido manifestaciones graves de xenofobia o racismo, por la sencilla razón de que el pueblo sabe que le convienen los inmigrantes, que son ellos los que lo están sacando a flote', dice mientras sigue intentado ayudar a un marroquí a regularizar su situación. En esta tarde de junio, la cola en el local de Murcia Acoge es larga y espesa. Acuciados por la Ley de Extranjería del Gobierno del PP, magrebíes y ecuatorianos pugnan por conseguir o poner al día permisos de residencia y trabajo, documentos de reagrupación familiar, extensiones de visado y autorizaciones de regreso. Pilar les ayuda, inspirada por esa leyenda que hay en la entrada del local: 'Si tu dios es judío, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tus vacaciones son marroquíes, tus cifras son árabes, tus letras son latinas... ¿cómo te atreves a decir que tu vecino es extranjero?'.

Como Pilar, hay cientos de millares, millones de personas en España. Son los que intentan facilitarles las cosas a los inmigrantes desde las ONG. Pero también hay otros millones que no ocultan su desazón ante el hecho de que España viva hoy, aunque sea con una década o más de retraso, el mismo fenómeno de llegada masiva de trabajadores extranjeros y la conversión en una sociedad plurirracial y plurirreligiosa del Reino Unido, Francia, Holanda o Alemania.

Antecedentes similares

Si ningún país europeo estaba en verdad preparado para ello, España aún menos. Éste es el país que a partir de 1492 expulsó a judíos y moriscos, y desde entonces y hasta la muerte de Franco vivió la mayor parte del tiempo bajo el impulso autoritario de la unidad racial, cultural y religiosa. Éste es un país que durante siglos fue exportador de mano de obra. Y ahora es el país desde donde el Gobierno tilda a la inmigración de 'problema', la identifica con el crecimiento de la delincuencia y sólo propone medidas autoritarias, como endurecer aún más la Ley de Extranjería y blindar las fronteras europeas. Actualmente, la cifra de irregulares varía entre los 100.000 que calcula la Comisión Española de Ayuda al Refugiado y los 300.000 que estima Comisiones Obreras.

En un síntoma de que España está culminando su incorporación al conjunto de los países avanzados occidentales, la inmigración lleva camino de convertirse en la gran cuestión política, social y cultural. Y aunque, según el último barómetro del CIS -enero-febrero de 2002-, los españoles colocan la inmigración por detrás del terrorismo y el paro en la lista de sus preocupaciones, ni el PP, bajo cuyo Gobierno se ha multiplicado la llegada masiva de extranjeros legales o ilegales, ni el PSOE, que no quiere correr el destino de sus correligionarios franceses, desean parecer blandos en esta materia.

España carece de un líder y un partido ultraderechistas, pero las actitudes individuales y colectivas de tinte xenófobo y racista comienzan a ser el pan nuestro de cada día. La violencia racista se está extendiendo peligrosamente entre los adolescentes de los institutos con una alta presencia de inmigrantes, según un reciente estudio del antropólogo Carles Serra. La frase 'A los moros hay que meterles caña' se ha trivializado entre muchos chavales. En ocasiones, los incidentes son muy graves. En 1999 fueron las agresiones contra africanos y magrebíes en las localidades catalanas de Terrassa, Girona y Banyoles; en 2000, la masiva caza al moro desencadenada en El Ejido (Almería), calificada desde Bruselas de 'uno de los más graves casos de racismo' en Europa; en 2001, las palizas propinadas por jóvenes de Alquerías (Murcia) a un ecuatoriano y un búlgaro, y el pasado febrero, la muerte brutal en el puerto de Barcelona del ecuatoriano Wilson Pacheco.

Comienzan a emerger pequeños Le Pen. El almeriense Juan Enciso, alcalde del PP de El Ejido, es uno de ellos. Otro es el canario Francisco Rivero García, propietario del Canal 25 de televisión, que en otoño de 2000 declaró: 'Los negros vienen a traer droga y basura, los políticos son unos acojonados y el Gobierno español no tiene huevos. ¡Pues los huevos los vamos a tener los canarios. ¡Vamos a echar de aquí a esa gente, aunque sea a la pedrá'. También en Canarias, José Manuel Soria, alcalde de Las Palmas y presidente del PP en la comunidad autónoma, es muy beligerante contra los magrebíes y africanos. Y en Cataluña emerge el ultraderechista Josep Anglada, que, con ocasión del conflicto de la mezquita de Premià de Mar, ha afirmado que los árabes están conquistando esa comunidad 'con el fruto de los vientres de sus mujeres'.

Desde Canarias hasta Cataluña, pasando por Madrid, Murcia y Valencia, la inmigración está cambiando España. Para lo bueno, con la presencia de mano de obra laboriosa y barata en actividades que ya no interesan a los españoles, la inyección de sangre fresca en la Seguridad Social y la aportación de pluralidad y mestizaje a nuestra cultura. Para lo malo en lo que hace a nueva delincuencia, conflictos comunitarios, explosiones de racismo y endurecimiento de los discursos políticos. Pero volvamos a Torre Pacheco. ¿Cómo se vive todo ello en este pueblo?

Triple política

Desde 1979, el Grupo Independiente, al que pertenece el concejal de Interior, García Cobacho, gobierna Torre Pacheco, ahora con el apoyo de los socialistas. El Ayuntamiento, explica García Cobacho, se ha esforzado por evitar conflictos relacionados con la inmigración con una triple política. En primer lugar, luchando contra los guetos derivados del alojamiento en chabolas, albergues miserables suministrados por los patrones o edificios abandonados; y de hecho, 22 de las 27 últimas viviendas de protección oficial construidas han sido vendidas a magrebíes. En segundo lugar, empleándose en cortar los brotes de organización de pandillas neonazis. Por último, usando el sentido común.

¿Sentido común? 'Sí', responde el edil. 'Le pongo un ejemplo. En el colegio de Balsicas tuvimos un problema cuando los padres de 11 niños magrebíes denunciaron que se les obligaba a rezar oraciones católicas y también que los menús contenían cerdo. Lo que hicimos fue suprimir la oración y mantener el cerdo, y eso bajo el mismo principio: 'Si en la escuela no hay religión, no la hay para nadie'.

No todo, sin embargo, es de color de rosa en Torre Pacheco. Como en otros lugares de España, aflora el sentimiento de que la presencia de inmigrantes se traduce en un incremento de la delincuencia. 'A mí ya me han entrado diez veces para robar en la finca, lo que me produce una gran sensación de inseguridad e impotencia', dice una vecina que no desea dar su nombre. Y añade: 'Nunca he sido racista, pero ahora veo a los inmigrantes de otra manera. Que vengan aquí a trabajar, pero que se adapten, que respeten a los ciudadanos que ya estamos aquí'.

Cuando se le pregunta al concejal de Interior si esta percepción de alza de la inseguridad se corresponde a los hechos, la respuesta es afirmativa. 'En Torre Pacheco no hemos tenido homicidios o violaciones de españoles protagonizados por extranjeros, y eso ha evitado quizá explosiones como la de El Ejido', dice. 'Pero en siete de cada 10 incidentes en los que interviene nuestra Policía Municipal los protagonistas son magrebíes, más argelinos que marroquíes, o ecuatorianos'.

'No son cosas graves, pero generan malestar, y máxime cuando lo normal es que nuestros agentes lleven a los detenidos a la Policía Nacional de Cartagena, donde, incluso con propuesta de expulsión, sólo pueden ser puestos en libertad de inmediato', dice el concejal.

Es un hecho que bajo el Gobierno del PP se ha producido un ascenso de la delincuencia en España. El PSOE lo atribuye en gran medida a la política de privatización de la seguridad en detrimento del refuerzo de los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado. Pero los líderes del PP desarrollan una intensa campaña para escabullir responsabilidades y asociar inseguridad con un ascenso de la inmigración que también se ha producido bajo su Gobierno. En este espinoso debate hay aspectos incuestionables, como por ejemplo la conversión de Madrid en escenario de sangrientos ajustes de cuentas entre carteles colombianos, actuación de carteristas rumanos y, en el barrio de Lavapiés, peleas entre grupos chinos y marroquíes.

Otras supuestas obviedades lo son menos, empezando por la cifra de detenidos y presos extranjeros que el Gobierno parece haber manipulado al alza. Y continuando por lo más importante: las causas de la posible relación entre inmigración y delitos. Para Mariano Fernández Bermejo, fiscal jefe de Madrid, la asociación gubernamental es incorrecta. 'No es la condición de extranjero, sino la marginación, lo que conduce al ámbito de la criminalidad', dice. 'La solución es integrar al inmigrante'.

Pero, como denuncia el líder socialista José Luis Rodríguez Zapatero, en España no existe una política de Estado para la integración de unos inmigrantes que en su gran mayoría están aquí para quedarse. La carencia es particularmente siniestra, dado que, según estudios de fuentes tan diversas como la ONU, la Comisión Europea, el Instituto Nacional de Estadística (INE) y el BBVA, la población inmigrante debe crecer bastante más. Dada su debilidad demográfica y el progresivo envejecimiento de su población, España, según la ONU, necesitará 12 millones de inmigrantes de aquí a 2050 para mantener la cifra actual de población y garantizar la supervivencia del sistema de pensiones. Los inmigrantes, según datos del Insalud, representaron en 2001 un tercio de los nuevos cotizantes a la Seguridad Social.

Religión y costumbres

¿Es posible integrar a los inmigrantes? 'Con los ecuatorianos no hay problemas: hablan nuestro idioma y van a misa. Salvo que algunos agarran tremendas borracheras y otros o los mismos maltratan a sus mujeres, son gente respetuosa y educada', dice García Cobacho, a partir de la experiencia de Torrre Pacheco. En cambio, el concejal tiene muchas dudas con los magrebíes. 'El principal problema para su integración es el islam; lo usan como un escudo, para aislarse de la sociedad española'. María García, secretaria en el Ayuntamiento, comparte esa impresión. 'Creo', dice María, 'que si los marroquíes y los argelinos vienen aquí en busca de libertad y trabajo, deberían hacer un esfuerzo para cortar cosas de su cultura que son retrógradas. Yo no tengo nada contra su religión, ni contra su manera de vestir o de comer, porque soy de una asociación de amigos del pueblo saharaui, pero el trato que dan a las mujeres no lo soporto'.

Con o sin papeles, magrebíes y ecuatorianos mantienen vivos los campos. En Torre Pacheco son muy conscientes de ello. 'No sé si somos o no más tolerantes con los inmigrantes que otros lugares de España; lo que sé es que los necesitamos', dice García Cobacho. 'Una cosecha de lechugas se pierde en una semana; cuando está para recogerla, está para recogerla'. Así es, y ahora comienza la recolección del melón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de junio de 2002

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