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Tribuna:

El botellín

El Ayuntamiento de Madrid reaccionó de forma contundente cuando el problema del botellón juvenil de la plaza del Dos de Mayo comenzó a ocupar páginas y páginas de los periódicos y minutos y minutos de los informativos radiofónicos y televisivos, a raíz de las movilizaciones de unos vecinos dispuestos a montarle al señor alcalde su fiesta de la botella y el desperdicio en su histórica sede de la plaza de la Villa. Los airados vecinos de la plaza no llegaron a orinar contra los sagrados muros del recinto municipal, ni a vomitar sobre los relamidos parterres que rodean a la estatua de don Álvaro de Bazán; lo suyo era un botellón simbólico y reivindicativo destinado a llamar la atención de los munícipes.

La solución fue tan rotunda como económica: la presencia de un solo coche policial montando guardia frente a la estatua dúplice de otros dos héroes patrios, Daoíz y Velarde, las noches de los fines de semana, bastó para disolver a las huestes adolescentes y dejó libre su venerable solar para los usuarios de pago de las terrazas de los bares.

No se fueron muy lejos; en su huida los desplazados se desperdigaron por las calles adyacentes y acamparon en las aceras, reducidas a su mínima expresión y minadas por arteros bolardos, pivotes disuasorios, cazarrodillas y rompecoches, para seguir practicando sus rituales báquicos de iniciación al alcoholismo adulto, autorizado y bien provisto de establecimientos dispuestos a atenderlos a partir de su 18 cumpleaños. El botellón se subdividió así en múltiples botellines alrededor de los totémicos bolardos, obstaculizando el paso de los automóviles y el trasiego de los noctámbulos en su ronda por los bares de la zona. A la jarana habitual se unió entonces el bramido de las bocinas airadas y los improperios y exabruptos de los conductores, condenados a circular, a dar vueltas y más vueltas a la caza y captura de un aparcamiento imposible.

Se repartió la bulla, se expandió el bullicio y cuando los vecinos de la plaza del Dos de Mayo comenzaban a dormir las noches de los viernes y los sábados, sin más acompañamiento sonoro que el habitual de las terrazas veraniegas, se vieron otra vez convocados a la protesta en solidaridad con los nuevos afectados del entorno, y otra vez a la plaza de la Villa a darle la murga al señor alcalde para sacarle de su error y recordarle que su solución al problema había sido una victoria pírrica, un golpe de efecto que había transformado en metástasis un tumor localizado.

Sólo el alcalde y sus colaboradores creían en la solución policial de un problema que ha convocado en tertulias, mesas redondas y reportajes las más variadas y peregrinas opiniones de sociólogos, psicólogos, educadores, portavoces y cantamañanas expertos en hablar de lo que no saben con testimonios tan tajantes como hipócritas. Al ver con la seguridad y el aplomo con que se expresan estos sabelotodos mediáticos, uno desea fervientemente que nunca lleguen a ocupar una posición desde la que puedan poner en práctica sus soluciones personales y radicales al paro, la droga, el terrorismo, los malos tratos, el hambre en el mundo o la sed insaciable de los adictos al botellón.

Otro remedio, usado desde hace tiempo para encarrilar a los adolescentes hacia un ocio más sano en varias ciudades, consiste en abrir polideportivos y centros sociales y culturales los fines de semana y programar actividades como el baloncesto, el tenis de mesa, el cine, el teatro, el piercing, el tatuaje o el macramé, sólo para abstemios, iniciativas tan bien intencionadas como inútiles, pues uno de los objetivos de los chicos del botellón en sus escapadas es huir de cualquier tipo de tutela o supervisión adulta de sus actividades lúdicas.

Y mientras los adultos, entre copa y copa, discuten sobre cómo borrar las huellas del botellón de sus calles y plazas, un juez madrileño ordena la desokupación forzosa de El Laboratorio 3, centro ocupado de Lavapiés para llevar a cabo unas obras en el edificio, obras que hace tiempo que terminaron y que no fueron obstáculo ninguno para que se siguieran desarrollando allí actividades tan peligrosas como una ludoteca infantil, una sala de conciertos, un área telemática y varios espacios para celebrar jornadas de urbanismo, fiestas multiculturales, debates y talleres, sin tutela, sin supervisión y, hasta hoy, sin policía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de junio de 2002