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COLUMNA

Por ejemplo, 200

En una calle de la villa pontevedresa de Bayona La Real, un cartel de venta clavado en una fachada cerca del puerto anunciaba 'Local lóbrego', extraño gesto de honradez inmobiliaria, completamente ajeno a los usos que rigen en el sector, a no ser que en esa zona de Galicia los locales sombríos sean especialmente apreciados para el cultivo de champiñones o el almacenamiento de botellas de vino.

Los buscadores de pisos que escrutan las páginas de anuncios de los periódicos madrileños, tras sufrir numerosas decepciones, acaban aprendiendo a leer entre líneas y asumen unas nociones básicas de criptografía. Vayan algunos ejemplos: todo lo que no especifique el reclamo no existe, no hace falta molestarse en preguntar si la vivienda tiene ascensor: si no figura en el anuncio es que no hay ascensor. Si el anuncio dice 'a reformar', o 'necesita reforma', el interesado tendría que estar dispuesto a lo peor, el piso presentará probablemente el aspecto del escenario de una reciente batalla campal o de una catástrofe de la naturaleza. Si afirma 'interior, muy luminoso', lo más probable es que la luminosidad provenga de las bombillas que haya dispuesto el propietario. Si dice 'céntrico' pero no especifica el barrio, lo normal es que se halle en el mismísimo centro de un barrio bastante periférico. Y si dice 100 metros cuadrados, para que cuadre la suma hay que incluir la parte correspondiente del portal del edificio, el ascensor, el patio de luces y el trastero.

El mercado inmobiliario madrileño, sector ventas, ofrece miles, cientos de miles de pisos cuyos propietarios dan la impresión de no tener mucho interés en venderlos, a juzgar por la relación calidad-precio, sin duda esperan el feliz advenimiento de una edad de oro en la que los compradores se los quiten de las manos. Pero al generoso surtido de pisos en venta corresponde una cicatera oferta de viviendas en alquiler que, a juzgar por sus precios, se encuentran a la espera de ser ocupadas por magnates excéntricos e ingenieros financieros con la segunda vivienda en las islas Caimán. 'Los adolescentes ya no se van de casa', se quejan solidariamente los padres de familia con el mismo tono lastimero con el que antes decían 'los adolescentes se van de casa en cuanto pueden permitírselo'. Probablemente los jóvenes siguen estando dispuestos a abandonar el hogar familiar y lo harían, como siempre lo hicieron, si encontraran un trabajo dignamente pagado y un piso de alquiler módico.

Sotabancos infectos, sótanos húmedos, antros lóbregos y sotabancos indignos, infraviviendas, corralillos de corrala... Si una nueva ley obligara a los propietarios de pisos en venta o alquiler a la sinceridad, las páginas de anuncios de los periódicos pintarían un paisaje urbano más lóbrego y más húmedo pero más real, un paisaje que se oculta a menudo bajo los andamiajes de los edificios en rehabilitación, entendiéndose por rehabilitación el vaciado quirúrgico de un inmueble en el que antes del proceso cabían 10 pisos y después 40 apartamentos de supuesto lujo.

El hacinamiento es la tónica en los viejos caserones del centro y en los modernos bloques suburbanos, los inmigrantes duermen muchas veces por el acreditado sistema de 'camas calientes', levántate tú que me acueste yo, se amontonan por docenas en viviendas presuntamente unifamiliares y pasean irremediablemente sus miserias por las calles, haciendo tiempo hasta que les llegue el turno en el catre. Desolador panorama, alarmante pero no preocupante, como dijo el político, o por lo menos no tan preocupante en sus perspectivas desde que el Ayuntamiento de Madrid, con su característica sensibilidad hacia estos temas, ha puesto en marcha un plan de viviendas de alquiler barato para jóvenes nativos o residentes, con derecho a compra.

Tal vez la intención subyacente de nuestro piadoso edil con este plan sea la de favorecer el emparejamiento juvenil y la natalidad depauperada. Si es así, que vaya pensando dónde piensa meter a tanto retoño madrileño. Pero no hay nada que temer, el flamante plan de alquileres, promocionado a bombo y platillo por el municipio, por su carácter experimental sólo liberará, es un decir, algo más de 200 pisos, 200, una cantidad ridícula o si lo prefieren simbólica. Menos da una piedra y no se deben esperar peras del olmo, ni guindas del Manzano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de mayo de 2002