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Editorial:

Condenados a entenderse

Un par de veces al año, la Unión Europea y Estados Unidos celebran una reunión en la cumbre. La del jueves, con la presencia de Aznar y Prodi en la Casa Blanca, ha sido la segunda de la presidencia de George Bush. Los encuentros, de carácter más bien retórico, suelen saldarse con una apariencia de acuerdo en aquellos temas más propicios a las declaraciones de intenciones. Pero avanzan poco o nada en los asuntos económicos, núcleo duro de las discrepancias entre los interlocutores transatlánticos y único donde ambos comparten protagonismo, puesto que en las cuestiones cruciales de seguridad global sólo EE UU empuña la batuta.

La cita de Washington se ha producido en un clima enrarecido, propiciado por las consistentes críticas europeas a la política exterior de Bush y sus crecientes discrepancias sobre Israel y los palestinos. Pese a ello, las dos partes han hallado un punto de encuentro sobre Oriente Próximo, aunque se quede en generalidades como el deseo común de un Estado palestino y el final de la ocupación israelí. Lo mismo sucede con el fenómeno terrorista, tema de cabecera del líder estadounidense, quien pidió a sus interlocutores que la UE se vuelque en esa cooperación con EE UU, acrecentada desde el 11 de septiembre. En este sentido, Bush reiteró a Aznar su apoyo contra ETA con palabras poco protocolarias: 'Si el presidente pide ayuda, Estados Unidos está más que dispuesto a ofrecérsela'.

Pero resulta que, además, EE UU y Europa son los dos únicos superpoderes económicos y que su prosperidad y estabilidad son determinantes para el resto del mundo, como no puede ser menos entre bloques que hacen circular entre ellos alrededor de dos billones de dólares al año. Desgraciadamente, no ha habido progreso alguno en sus contenciosos en este terreno. Nada relevante se ha dicho en Washington a propósito de la guerra del acero o las exenciones fiscales de los exportadores estadounidenses, dos de los temas que envenenan ahora las relaciones, aparte de una vaga promesa de Bush de poner fin a las segundas, aunque no antes del año próximo.

Entre las dos orillas del Atlántico hay un permanente catálogo de disputas comerciales -se trate de plátanos, acero, alimentos modificados genéticamente o subsidios a la industria aeronáutica- que son reflejo de desavenencias más serias y con más implicaciones, como las que subyacen en torno a la política energética o la medioambiental. Ahí, donde se ventilan formidables intereses de supremacía, los avances se dan con cuentagotas. Los dos socios deben valorar más su situación privilegiada y la necesidad ineludible de entenderse. A la postre, Washington no puede pretender dominar el escenario económico mundial como controla el militar, y la UE es, para bien o para mal, su único aliado homologable en términos de riqueza y afinidades culturales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de mayo de 2002