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Entrevista:ÁNGEL GARRAZA | Escultor

'La arquitectura ha suplantado a la escultura pública'

A lo largo de más de 20 años, el escultor Ángel Garraza ha encontrado en la humildad del barro el material para crear sus obras. La escultura Sitios y lugares, formada por dos piezas de hormigón con forma de kaiku, de cinco metros de alto y recubiertas por una piel de cerámica, será la aportación del Garraza al paseo de esculturas de Abandoibarra, en Bilbao.

Pregunta. ¿Qué encontró en el barro?

Respuesta. En mi periodo de formación probé diferentes materiales. Como yo tenía una experiencia por haber sido carpintero antes que escultor, en principio me cautivó la madera. Pero me resultaba difícil despegarme de la escultura contemporánea vasca del aquel momento, de ciertas figuras que pesaban demasiado. Intentaba encontrar mi identidad, y después de una experiencia en Sagardelos, en Galicia, descubrí que el barro era un material en el que podía moverme. Noté que me liberaba de la carga de las influencias y me abría unos campos, sobre todo por la capacidad expresiva del material. Me permitió romper un cierto formalismo en el que yo estaba muy metido, encontré una forma de hablar con más facilidad.

P. ¿La escultura destinada a un espacio público es diferente?

R. En el estudio te mueves en un ámbito más personal, tienen menos importancia cuestiones que cuando la obra sale al exterior son fundamentales. No es que tengas que perseguir a ultranza, por ejemplo, que tu trabajo se entienda, pero en el arte público debes contemplar que responda a un lenguaje más universal; sin renunciar a lo personal, darle ese carácter más colectivo.

P. ¿Qué valor tiene contar con una obra en el corazón del nuevo Bilbao, en Abandoibarra?

R. En principio, más que sea en Abandoibarra me importa que lo haya podido hacer en condiciones, con un presupuesto adecuado. Ya veremos, al final, cómo funciona. No hay duda de que es un sitio muy atractivo.

P. Su obra entrará en competencia no sólo con otras esculturas cercanas, sino con las imponentes arquitecturas del Guggenheim y del Palacio Euskalduna.

R. El espacio es bastante amplio y tiene capacidad para todo. Lo que realmente me da miedo es hacer un trasto. Quiero que con los años se mantenga con una cierta dignidad. También puedes trabajar con un cierto complejo, como si fueras la fea del cuento.

P. ¿Respecto a las otras esculturas?

R. Son escultores de mucho peso [Chillida, Tucker, Lüpertz, entre otros] que no se han visto en la obligación de hacer una gran obra para Bilbao, pero sabes que estás rodeado de gente importante.

P. ¿Cómo le gustaría que se relacionase la gente con su obra?

R. Yo hice una obra más. Me movía en un proyecto que había estado desarrollando en el taller, jugando con algo que me interesa mucho, que es la dualidad de dos elementos que dialogan. Casualmente, vi en una feria cómo un artesano construía un kaiku. Vi que podía ser muy sugerente y se podía adaptar a un trabajo de arte contemporáneo. Para el concurso de Abandoibarra retomé la idea. Pensé que era más fácil entender una figura reconocible, en lugar de algo más abstracto, pero con la ambigüedad que a mí me gusta trabajar. No está mal que al trabajar en la calle tengamos en cuenta esas premisas. Antiguamente, los monumentos, las estatuas, cumplían una función: hablaban de un personaje público, de una gesta. De alguna forma, tenían un sentido socializante. La gente se identificaba con el símbolo. Casi siempre el artista quedaba en el anonimato. Por eso quería que exististiera una mínima conexión, ya que creo que hoy en día la escultura pública ha perdido ese carácter.

P. ¿Qué papel cumple entonces la escultura pública?

R. Es muy complejo. En este mundo tan cambiante, la arquitectura ha venido a suplantar a la escultura pública, que ha perdido protagonismo. La arquitectura se ha convertido en emblemática. Y la escultura tiene un gran debate: situarse en el marco de lo efímero, cargada de contenidos más de choque, o encontrar una fórmula que sin distorsionar la realidad sea un elemento que ayude a reconocer los lugares, crear los hitos, dar vida a un lugar. El arte, las esculturas, todavía podría llenar ese hueco que durante muchos años ha ocupado y que hoy está devaluado. Las esculturas casi dan la sensación de ser trastos que contribuyen a la confusión general con tantos elementos urbanos.

P. ¿Que relación tiene su escultura con su trabajo de profesor?

R. Siempre han sido dos campos diferenciados. El azar de la vida me llevó a ser profesor, pero me ha venido muy bien porque toda profesión, estar mirando siempre a lo mismo, embrutece un poco. La facultad me ha dado un medio de vida y un contacto con la gente joven, con inquietudes. Y una mirada renovada, diferente de mí mismo.

PERFIL

Ángel Garraza (Allo, 1950) comenzó su formación en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona, antes de trasladarse a estudiar a la Facultad de Bellas Artes de Bilbao. Desde hace dos décadas se esfuerza por separar su trabajo en el taller de escultura y la docencia en la facultad donde él mismo estudió.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 23 de abril de 2002

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