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ELECCIONES EN FRANCIA

El voto de la nostalgia, el odio y el miedo

Le Pen es un ex combatiente que defiende una política xenófoba y antieuropeísta

Jean-Marie Le Pen no es sólo el símbolo del fascismo a la francesa, es un personaje más complejo, que aglutina el voto de la nostalgia, el del odio y el del miedo. El de la nostalgia de una Francia imperial y por eso él explota su condición de antiguo partidario de las colonias; el del odio, porque atrae a quiénes detestan un país en el que no todo el mundo tiene un apellido convencionalmente francés y la piel bien blanca; el del miedo porque expresa el temor a la mundialización y a la construcción europea.

Las cámaras de gas de los nazis son 'una cuestión de detalle', dijo en una ocasión

Ha sabido aprovecharse de la dispersión de la izquierda y de la imagen corrupta de Chirac

Jean-Marie Le Pen es un bretón nacido en 1928, que luchó en Indochina, fue diputado populista entre 1956 y 1958, partidario de la Argelia francesa y se esforzó por reunir las distintas corrientes de la extrema derecha hasta crear, en 1972, el Frente Nacional (FN) a partir de los restos de los movimientos monárquicos, petainistas, racistas o militaristas.

El FN de Le Pen no consiguió una auténtica visibilidad electoral hasta que François Mitterrand, ya presidente, no introdujo el escrutinio proporcional en las elecciones. Las europeas de 1984 y, sobre todo, las legislativas de 1986, le permitieron existir de manera importante en el panorama político, sirviendo entonces para restar votos a la derecha democrática.

Ahora Le Pen es una figura inquietante que se aprovecha tanto de la abstención, como de la dispersión de votos de la izquierda, como de la corrupción que acompaña la imagen de Jacques Chirac. Le Pen, que se propone siempre como un hombre "anti-sistema", ajeno a la politiquería, conoce como nadie los arcanos de esa lucha política que aprendió de Poujade, el líder populista que apareció a mediados de la dédada de los 50 y que sirvió de síntoma inquietante del hundimiento de la IV República.

El personaje, gran orador y hombre de un desparpajo más que notable, abogado y licenciado en Ciencias Políticas, ha explotado todo tipo de recursos. Durante años hizo creer que había perdido un ojo defendiendo su país, luego se supo que era el resultado de una riña entre rivales electorales y, sobre todo, que su parche de pirata tanto podía aparecer sobre su ojo derecho como sobre su ojo izquierdo. Ahora, cuando busca la respetabilidad presidencial, las gafas de miope han sustituído al símbolo guerrero.

Le Pen, que durante años ha podido financiar sus ambiciones con el dinero obtenido gracias a una herencia más que sospechosa de un millonario que hizo un último testamento a su favor, se ríe ahora de quiénes le han tratado hasta el momento como un espantajo que podían manipular todos los aprendices de brujo: Mitterrand durante años, después el propio Chirac, capaz de relacionar la matanza de un loco en el Ayuntamiento de Nanterre con el auge de la inseguridad en Francia.

El populismo de Le Pen, que es el propio del fascismo puro, le permite decir, como ayer por la noche, que él está "socialmente a izquierda, económicamente a la derecha y, siempre, con Francia en el centro de sus pensamientos". Durante años ha explotado el antisemitismo, ha considerado que las cámaras de gas en los campos de exterminio nazis eran "una cuestión de detalle", ha lanzado mensajes a favor de dictadores del mundo islámico como Sadam Husein -viajó a Bagdad en plena guerra del Golfo-, se ha inventado la llamada "preferencia nacional" y ha reclamado la expulsión de tres millones de extranjeros para resolver el paro.

Su discurso es antieuropeísta y antiamericano, proárabe y contrario a los emigrantes magrebíes, anticapitalista y defensor de la desaparición del impuesto sobre la renta, contrario a los intereses de las clases populares y el más escuchado entre la clase obrera. Esa amalgama imposible, esa suma de contrarios, la misma que supieron explotar en su día gente como Mussolini o Hitler. Pero Le Pen no juega con la imagen de la revolución, como si lo hicieron sus modelos italiano y alemán, sino con la de estar "contra el sistema", contra unos partidos que han ido dividiendo militantes y credibilidad, con unos dirigentes que no han dudado en dejar que fuese la judicialización de la vida política la que ocupase el lugar del debate de las ideas. Entre todos han preparado el terreno a Le Pen, que no se equivocaba cuando, hace apenas 15 días, aseguraba que los demás candidatos presidenciales con posibilidades de ser elegidos tenían "el espíritu lepenizado". Ayer noche se descubrió que los electores también.

Le Pen se dirigió ayer a sus electores empleando frases entresacadas del Papa Wojtyla: "No tengáis miedo de soñar" y dirigiéndose a los votantes tradicionales del PCF y de la izquierda, desde hace años ya seducidos por el discurso del FN : "Vosotros, los mineros y los metalúrgicos, los obreros arruinados por el euromundialismo de Maastricht, vosotros agricultores con pensiones de miseria y condenados a la ruina, sois las primeras víctimas de la inseguridad". Al mismo tiempo retó a Chirac al tradicional debate entre las dos vueltas, convencido él de su talento como orador y, sobre todo, de la fragilidad de su contendiente.

El éxito electoral de Le Pen provocó de inmediato manifestaciones de jóvenes en numerosas ciudades francesas. Salían a la calle muchos de quiénes habían creído que la primera vuelta de las presidenciales era una legislativa proporcional y, de pronto, comprendían que su voto disperso -verde, chevenementista, trotskista, etc.- iba a ser recuperado por un Le Pen que, de inmediato, con reflejos de viejo zorro, intentó capitalizar. No en vano él es el más votado en muchos bastiones obreros, en localidades con alcalde comunista o socialista.

30 años de Frente Nacional

El Frente Nacional (FN) fue fundado hace 30 años por Jean-Marie Le Pen de la unión de varios movimientos de extrema derecha y se instaló en la escena política francesa a principios de los años ochenta. Bajo el lema de Los franceses primero, el partido ultranacionalista se opone a la Europa de Maastricht (a pesar de que cinco de sus miembros se sientan en el Parlamento Europeo) y tiene 60.000 afiliados y simpatizantes.

El FN, que no cuenta con ningún representante en el Parlamento nacional, está sin embargo cada vez más presente en las instituciones locales y regionales y se ha infiltrado en los medios socioprofesionales. Su número de escaños en las asambleas regionales ha pasado de 223 en 1992 a 275 en 1998. A pesar de ello, ha perdido cuatro de las cinco alcaldías que tenía en 1995 y conserva sólo la de Orange, cuyo alcalde Jacques Bompard, fue reelegido en 2001.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 22 de abril de 2002

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