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Tribuna:

Velos y quebrantos

Cada vez que se plantea la cuestión de la convivencia entre musulmanes y occidentales dentro de una de nuestras sociedades, pienso en algunos símbolos de la misma todavía visibles en monumentos arquitectónicos de la España medieval. Recuerdo la llave verde de entrada en el jardín de Alá que colocó el alarife creyente junto a la puerta del convento de Santa Clara en Tordesillas o en el propio paraíso de rasgos coránicos, interrumpido por una ventana mudéjar con su ajimez, al lado del juicio final estrictamente cristiano, en los muros de la iglesia de San Román en Toledo. La convivencia de culturas tuvo sin duda poco que ver con la imagen dulzona que de ella se tiene. Sin embargo, todo indica que en aquellas circunstancias una sociedad plural desde el punto de vista religioso fue capaz de sobrevivir, por encima de los conflictos, hasta la segunda mitad del siglo XV.

Aplicando esa lectura al presente, podemos decir que la sociedad multicultural es posible, y en gran medida inevitable. A la vista de las cifras y el ritmo de la inmigración, el objetivo de una deseable integración no estará a nuestro alcance sin un reconocimiento de la pluralidad ante la presencia de colectivos muy numerosos y con alto grado de cohesión interna. La pretensión de forzar el proceso de incorporación sobre la base de que sus culturas no son democráticas y la nuestra lo es, está destinada a provocar interminables conflictos, en primer término con los derechos democráticos de las minorías, para desembocar en el fracaso.

Ahora bien, una vez más hay que insistir en el riesgo de intentar la conjura de las actitudes xenófobas por medio de la angelización del inmigrante, cuya cultura y cuya religión serían otros tantos lugares sagrados que nuestra ignorancia de occidentales debiera respetar. Conviene partir de que el respeto a la cultura del otro en una sociedad democrática tiene como complemento la exigencia de oponerse a aquellos valores y comportamientos del colectivo que estuvieran en abierta contradicción con el marco legal democrático. Y en segundo término, el Estado de derecho ha de garantizar que la normativa interna del colectivo no cercene la libertad individual de sus miembros. De cara a la inmigración musulmana, ambas cuestiones invitan a la reflexión, dado que los problemas son reales, aunque en gran medida resolubles, y por supuesto aconsejan arriesgarse a la información sin el velo del respeto reverencial que parte del colectivo y de sus estudiosos viene exigiendo. Tanto más cuanto que el 11-S no es una invención, y tampoco lo es que sus autores se reclamaban de la ortodoxia islámica. Y que, si había Al Qaeda instalada en España, es porque algún ambiente lo propiciaba. Es falso que desde entonces haya tenido lugar entre nosotros un salto adelante de la xenofobia; más bien se está creando un ambiente viscoso para cualquier discusión sobre el Islam. Olvidan los apologistas y censores voluntarios de toda crítica que nada mejor para eliminar los reflejos antiárabes que la fijación de los límites entre minorías terroristas de raíz islámica y conjunto de la comunidad musulmana.

Contamos además con las enseñanzas de la experiencia francesa desde que en 1989 estallara la cuestión del hiyab en las escuelas laicas. No vino mal dejar las cosas claras y poner de manifiesto que en cualquiera de sus formas el velo o el pañuelo que cubría el pelo de las estudiantes constituía una infracción al principio de la escuela laica por el cual no debían exhibirse signos religiosos en los centros de enseñanza. Da vergüenza ajena leer en comentarios de especialistas que el hiyab carece de connotaciones religiosas en una creyente y que es un símbolo cultural como la txapela o el pañuelo rojo de San Fermín. Ante todo, en el Islam lo cultural no está separado de lo religioso, y, en caso de polémica que afecte a su religión, el creyente está obligado a defenderla por encima de todo ante el infiel. Por lo demás, sólo hay que pasearse por una ciudad marroquí, tunecina o egipcia para comprobar cómo los pañuelos cubriendo la cabeza y otros artilugios han acompañado al ascenso irresistible del islamismo entre las capas populares.

Lo que cuenta no es la forma del vestido, sino la sumisión al objetivo propuesto de preservar el pudor femenino, con todas las connotaciones que ello tiene en cuanto a la posición de la mujer. Hiyab significa originariamente cortina, y en su aplicación práctica al vestido por la jurisprudencia islámica supone la exigencia de que sólo resulten visibles el rostro y las manos de la mujer. Nada de cultura regional: sentencia del Profeta, quien al ver a una esposa con un vestido fino le advirtió: 'Cuando una muchacha llega a la pubertad no es adecuado para ella mostrar sino eso y eso', señalando a su cara y a sus manos (hadiz de Abu Dawud). Y los hadices o sentencias son tan obligatorios para el creyente como el Corán, y si no que se lo digan a las mujeres iraníes que en la revolución de los ayatolás fueron destinatarias del siguiente mensaje: Rusavi ya tusavi (El pañuelo en la cabeza o el palo). Sin duda la cultura con sangre entra. La entrada en juego de otras sentencias, como la relativa a la prohibición de animales pintados en la ropa, a la reserva de los encantos femeninos o al papel incitador de la mirada sirven de base a ulteriores prendas represivas, desde el chador al burka. Lo importante sería, pues, que efectivamente no existiera una presión familiar o de un sector de los creyentes para que la mujer lo llevara so pena de ser considerada infractora. Es un combate que sería inútil dar por la vía de las sanciones, puesto que la adolescente implicada proclamaría siempre que lo llevaba libremente, y sí cabe emprender en el campo de la educación para que las jóvenes musulmanas de nuestros países lleven velo, pañuelo o trenzas según su voluntad.

Conocimiento, tolerancia y enseñanza laica han llevado en Francia a eliminar prácticamente el problema. El hiyab no está prohibido, pero tampoco recomendado, y con el análisis y la transigencia ante casos individuales, si el asunto lo permite, la tensión prácticamente ha desaparecido. Y esa pauta debiera seguirse para otras cuestiones, relativas sobre todo a las eventuales formas de presión del hombre sobre la mujer, problema presente, aun sin Islam en nuestras sociedades. Por otra parte, es preciso tomar en consideración la enorme capacidad de la religión musulmana para envolver literalmente al creyente en todas las facetas de su vida, lo cual invita siempre a la cautela cuando se trata de valorar comportamientos que de cerca o de lejos tengan que ver con la religión. Nada grave pasa si los alumnos musulmanes de un instituto o los trabajadores de una fábrica cumplen con el ayuno del Ramadán, rezan mirando a La Meca o celebran la fiesta del Cordero. Otra cosa es si un hermano prohíbe a su hermana, sirviéndose de la violencia, que tenga un novio de otra religión, o un padre impide que sus hijos vayan a la clase donde se enseña Darwin o se practica la gimnasia. Lo primero es expresión de multiculturalismo, lo segundo violación de la libertad individual y del derecho a la enseñanza. Y, en este segundo apartado, el derecho del Estado democrático no debe ceder ante los mandatos religiosos interpretados desde una óptica integrista. De nuevo aquí hay que saber para juzgar, porque en otro caso se terminan diciendo barbaridades tales como que el hiyab es el primer paso para la ablación del clítoris, que nada tiene que ver con la sharia (ley coránica).

La misma exigencia se plantea en un tema que el sector mencionado de nuestra islamología soslaya siempre: la presencia en el marco del Islam de una tradición integrista cuya formulación queda prácticamente fijada en la Edad Media, a partir de la necesidad de reproducir las normas del Islam originario, y que luego resurge cada vez que la comunidad se siente amenzada desde el exterior por unas formas religiosas, culturales o de poder juzgadas como propias de infieles. Fue la reacción de los wahabíes en el siglo XVIII y más cerca de nosotros la del integrismo reactivo que radicaliza en las últimas décadas el proyecto islamista de los Hermanos Musulmanes egipcios, confluyendo ambos en la actual deriva terrorista. No otra cosa representa la estrecha colaboración de Bin Laden y Al-Zauahiri.

Las señas de identidad de ese integrismo militante son claras y resultan por tanto perfectamente aislables respecto de las formas de existencia vigentes en casi todas las sociedades musulmanas: la satanización de Occidente, un conformismo ciego con la utopía de una sociedad islámica tan armónica como represiva, el vestido de la mujer como emblema de la moralidad islámica o del libertinaje occidental alternativamente, el énfasis en la yihad en tanto que guerra sagrada que garantizará la expansión universal del Islam. Aquí es preciso tener en cuenta que todo se juega en el interior de los colectivos musulmanes, tanto en Occidente como en los Estados árabes, y la mayoría en modo alguno responde a esa orientación radical. Pero ésta existe, tiene un grado de difusión acorde con la globalización y su peligro no es desdeñable, tanto para nosotros los occidentales como para la supervivencia de ese Islam diferente pero abierto a la integración que va instalándose entre nosotros. Claro que todo lo anterior tiene sentido si Sharon y Bush dejan de ejercer en Palestina de incendiarios.

Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político en la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de abril de 2002