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Crítica:

El fruto de las raíces

El premio Nobel de 2001, V. S. Naipaul, cuenta su relación con la lectura y la escritura y la convivencia de tres raíces culturales en su vida. Leer y escribir desvela la relación de un escritor con su propio exilio y la influencia de éste en el proceso de creación.

'Cuando iba directamente a los libros, no era capaz de llegar más allá de lo que me habían leído. Lo que ya sabía era mágico; lo que intentaba leer yo solo, muy lejano'. Creo que en esta afirmación está la clave de lectura de este breve libro. Leer y escribir es el resultado de una conferencia del autor acerca de su relación con la lectura y la escritura donde cuenta cuándo quiso ser escritor y el modo en que llegó a serlo; no se refiere tanto al modo material de llegar a ello cuanto a su actitud personal ante la escritura.

V. S. Naipaul decidió ser escritor a la edad de 11 años, una edad a la que nadie puede alcanzar una conciencia de escritura, por lo que la suya es una decisión que él califica de 'farsa'; esa 'farsa' lo acompañó hasta el momento en que la decisión se convirtió en ambición. Si volvemos a la frase que encabeza este comentario, deduciremos con cierta facilidad que la formación de Naipaul es básicamente oral; Naipaul, de niño, recibió la conciencia de la literatura con las lecturas que le hacía su padre -una suerte de popurrí de literatura inglesa-, pero sólo sintió la presencia de una obra, de una concepción del mundo, tras la visión de un espectáculo basado en el Ramayana. Su problema iba a ser atar esos dos cabos de la cerda de la vida.

LEER Y ESCRIBIR

V. S. Naipaul Traducción de Flora Casas Debate. Madrid, 2002 112 páginas. 13,50 euros

La otra frase que continúa el sentido de este libro es la siguiente: 'Deseaba ser escritor; pero junto a aquel deseo, adquirí la conciencia de que la literatura que me lo había despertado procedía de otro mundo, muy alejado del nuestro'. El libro contiene una segunda conferencia que trata del encuentro con la India, cuna de los ancestros del escritor y, desde luego, una civilización muy diferente de la occidental bajo la que se educó. Así pues, la exposición de Naipaul es muy interesante en la medida que no se trata de un caso de extraterritorialidad aplicado al idioma, sino, ante todo, a las raíces culturales. Un hombre que vive del mundo mágico de una cultura milenaria de corte oral situada a miles de kilómetros físicos y emocionales se forma y se desarrolla bajo el paraguas de un mundo organizado por una mentalidad bien distinta que ha hecho de la escritura su medio principal de expresión cultural.

Este libro es el relato de esa contradicción y de los sucesivos encuentros con los problemas que le plantea ser escritor en esas condiciones hasta que logra serlo y entender por qué escribe y desde dónde escribe. Son pasos muy bien contados que, en un momento, los detiene al final de la primera conferencia para internarse en la segunda en su relación con la India y, al cabo, descubrir cómo su padre también quiso ser escritor -y lo fue-, pero sin otra relevancia que la de recoger para su pequeña comunidad un pasado que se hubiera perdido; mientras que él, nuestro autor, dio el paso adelante decisivo de internarse en la tradición literaria occidental. La diferencia entre padre e hijo es semejante a la diferencia de vida entre mundo rural y urbe de nuestro siglo: en 1955, Naipaul emigra desde la colonia al Reino Unido y su choque es el choque entre esas dos concepciones del mundo. Entonces, no sólo escribirá novelas, sino -y esta es una parte sumamente importante en su obra- relatos de viajes que son mucho más que pintoresquismo: son una reflexión moral acerca de un camino espiritual. El final del camino es la pertenencia definitiva a la gran tradición de la escritura occidental, ese mundo ajeno que le proporciona, sin embargo, los elementos de su expresión.

Pocas veces se ha contado -este libro es también una narración- el tema del exilio, tan pegado a todo escritor y a la relación de la creación misma con el medio en que ha de desarrollarse, con la originalidad de enfoque y la seriedad que lo hace Leer y escribir. Es tan breve como contundente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de marzo de 2002

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