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Crítica:

Fantasmas y amor en Castilla

La soñadora, una novela sobre el amor y la muerte, y la recopilación de artículos El hilo azul constituyen las dos últimas obras de Gustavo Martín Garzo.

Nada más empezar a leer esta su octava novela -sin contar una primera rechazada, dos más para adolescentes (sólo en apariencia) y otros dos espléndidos libros de relatos-, vemos a su protagonista, que ha ido a visitar la tumba de una antigua amiga de su infancia y juventud, que se dirige a ella en voz alta diciéndole con toda sencillez: 'He venido a verte', y así el tono está dado de una vez y sin más. Esta atmósfera -estrictamente castellana además, pues la novela sucede en tierras vallisoletanas, al borde del Canal de Castilla, hacia Medina de Rioseco y aledaños- de comunicación interior continua entre vivos y muertos, recuerda desde el principio al gran Juan Rulfo y su Pedro Páramo, al que además Martín Garzo rinde homenaje en su reciente libro anterior, esa excelente recopilación de artículos que publicó a finales del año pasado, El hilo azul, donde se dice hablando textualmente del autor mexicano: 'No creo que, en el ámbito de nuestra lengua, haya narrador en este siglo que se le pueda comparar' (página 122). Como todo escritor verdaderamente serio además, Martín Garzo es de quienes cumplen sus promesas, por lo que, cuando está terminando La soñadora, nos concede una cita casi literal que apoya estas nuestras primeras impresiones de lectura: 'Aquí todos estamos muertos. Éste es un pueblo de muertos' (página 238), como lo era precisamente el Comala de Rulfo.

LA SOÑADORA

Gustavo Martín Garzo Plaza & Janés. Barcelona, 2002 256 páginas. 18 euros

EL HILO AZUL

Gustavo Martín Garzo Aguilar. Madrid, 2001 250 páginas. 15,70 euros

El escritor, siguiendo en esto los pasos de uno de sus maestros, Miguel Delibes, nos habla aquí de la pobreza y soledad de Castilla que pareció otrora resucitar cuando se construyó dicho canal en una efímera época de falsa prosperidad durante los años de la Primera Guerra Mundial. Fue después, durante las décadas posteriores de decadencia, la emigración a las ciudades, la quiebra de las industrias agrarias y el abandono social del campo, cuando Castilla se convirtió en Comala y un viento de soledad y muerte se apoderó de las viejas tierras de los conquistadores. Y aquí, en su propia tierra natal, con su habitual equilibrio, delicadeza y poesía, es donde se introduce el escritor para contarnos una doble historia de amor y muerte, de soledad, magia y fantasía, y también, como siempre, de una considerable envergadura literaria. Y digo una 'doble' historia porque en realidad de lo que aquí se habla es de 'dos' soñadoras, más que de una sola. La historia de los amores infantiles y adolescentes de un joven estudiante de arquitectura que huyó del pueblo y de una niña, hija del propietario de una harinera, que al final no pudo hacer lo mismo por mala suerte familiar, parece repetir, en su fracaso y trágica muerte final, la de otros amores asimismo contrariados de otros dos personajes anteriores, que les son contados a los niños en su infancia por una vieja parienta tan perversa como poéticamente muy bien dotada para la narración oral. Y en esta contraposición de las dos historias, Martín Garzo se introduce en sus habituales territorios del amor que crea y destruye, o el del papel primordial -y superior- de la mujer en la condición humana, del que sin embargo siempre parece ser su propia víctima. Pues al fin y al cabo, es el deseo quien despierta al amor, mas si el deseo es creador también su satisfacción puede resultar a veces destructora. Sólo la intervención de la razón y de una desnuda ética de la salvación a través de la verdad, podrá salvar al amor del germen de autodestrucción que siempre lleva en su seno.

Aunque siempre venga controlado por un suave, personal y poético equilibrio expresivo, Gustavo Martín Garzo ve sus fábulas a veces quizá demasiado amenazadas por lo patológico, por la enfermedad, por la inexorabilidad de lo fatal, de la 'mala suerte', la maldición y la injusticia, así como por la yuxtaposición de sucesos que poco tienen que ver con el hilo de su discurso principal. Por ello controla mejor los textos cortos que las novelas largas, por lo que prefiero los relatos breves de El enemigo de las mujeres o Cuadernos del naturalista, sus fábulas mágicas para adolescentes -que no lo son- o hasta su fulminante novela corta de El lenguaje de las fuentes, su primera obra maestra que le reveló del todo. Aunque, como excepción, la contundencia de El pequeño heredero le salve del todo más por su lado realista que por el fantástico. ¿Cómo explicar por ejemplo, leyendo El hilo azul, su fascinación por las escritoras, sobre todo si padecieron alguna enfermedad en vida, como Emily Brontë, Isak Dinesen, Katherine Mansfield, Carson Mac Cullers...?

Leer El hilo azul nos revela

las costuras interiores del gran creador que es Gustavo Martín Garzo, que muchas veces son más sensitivas que racionales. Lo racional le empuja al testimonio castellano y a su realismo tan peculiar como interiorizado, mientras que lo sensitivo le lleva hacia la fantasía, lo poético y lo estético. El hilo azul -a semejanza del 'rojo' de Freud que daba coherencia a la naturaleza humana- va de las palabras que se escriben a los ojos que las leen configurando así un impalpable y movedizo tejido que configura una red tan maravillosa como inconsútil quizá. Es el asombro del perpetuo descubrimiento de la literatura lo que le arrastra y guía sus ojos para revelarnos aspectos a la vez inocentes y perversos, realistas y fantásticos, poéticos y terrestres. Premio Nacional, Miguel Delibes y Nadal, con todos sus altibajos y temblores, se trata en todo caso de uno de los más originales y mejores narradores de nuestros días.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 31 de enero de 2002

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