Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
LITERATURA POPULAR | Raíces

Queridos catedráticos, dos puntos

Punto primero. Dispensen ustedes, y también los amables lectores, que les dirija estas cuatro letras desde una sección habitualmente dedicada a menesteres más discretos. Pero es aquí donde me siento a gusto, en el rincón donde hace tiempo trato de defender, sin duda torpemente, las extraordinarias peculiaridades de la cultura popular y el habla andaluzas. Y donde he sostenido, con numerosos ejemplos, que el nuevo Diccionario de la RAE no nos ha tratado particularmente bien. Creía yo que eran ejemplos sencillos y asumibles por cualquiera, como que el flamenco anda cortito en el repertorio oficial de la lengua de todos (faltan la mitad de los palos y ni siquiera viene la toná, uno de los tres fundamentos de este arte, aunque sí tona, un ruralismo gallego, por nata); o que la humilde pilistra tendrá que seguir haciendo méritos en los hogares andaluces; o que no deberían haberse colado o mantenido errores tan pintorescos como que la urta es pargo, que las pajarillas del cerdo son el bazo, y no el páncreas; que el chorizo ha de ser ahumado, la morcilla contener piñones o arroz (como en Burgos, naturalmente), y la popular paletilla se ejemplifica, en el Diccionario de todos, con los cuartos delanteros... del cordero. (Estos sabrosos ejemplos se los debo a mi amigo José Mª Vaz de Soto, otro indesmayable defensor de la causa). El colmo me parece que las dos variedades principales de nuestro aceite, picual y hojiblanca, brillen por su ausencia. (Sí viene picuala, un arbusto cubano).

Frente a tales evidencias, un grupo de ustedes (hasta 11, menos mal que no todos), opináis de manera diferente. En una singular proclama de primeros de diciembre descargáis una batería de estadísticas y porcentajes, que no sabía yo que esta cuestión se midiera sólo al peso, pues ni un ejemplo ponéis. Por algo será. Y todo para justificar que los mexicanos, por ejemplo, puesto que son más que los andaluces, tienen derecho a más palabras en el diccionario que nosotros. No comparto ese criterio, meramente cuantitativo. Más cerca me siento del colombiano Rufino J. Cuervo cuando escribía, hace más o menos un siglo: 'El día que tengamos un diccionario de andalucismos, hallaremos maravillas los americanos'.

Punto segundo. No sé si me creeréis si os digo que al pronto no me lo creí: que os hubierais alzado en rebeldía contra una elemental proposición no de ley del grupo socialista del Parlamento, de finales de noviembre, en la que simplemente se insta al Gobierno autónomo a iniciar una nueva etapa de defensa, estudio y dignificación del habla o hablas andaluzas. (Ya veis que hasta empleo el plural, como a ustedes os gusta). Sinceramente, me parece que os habéis pasado un pelín, pues atrevimiento no os ha faltado, al discutirle al partido mayoritario de la Cámara la oportunidad, además de la obligación que tiene, de aplicar y desarrollar el Estatuto de Autonomía en su artículo 12. Quiero pensar que dos veces no os lo habéis pensado. Aparte de que alguno de ustedes pertenece a un Seminario Permanente de Habla Andaluza, creado en su día al amparo de otra institución, el Ayuntamiento de Sevilla, bajo los auspicios de Rojas Marcos. ¿Por qué con unas instituciones se puede ir y con otras no? También ahora el PA, en su legítimo derecho y a través de la Consejería de Relaciones Institucionales, anuncia sus propias iniciativas. Hombre, sería preferible caminar todos juntos, pero como eso parece bastante complicado, mejor aplicar el refranero: lo que abunda no daña y nunca es mal año por mucho trigo. En todo caso, yo al menos no quiero descartar la posibilidad de que acabemos encontrándonos -todos, o los que quieran-, en cualquier recodo del camino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 23 de enero de 2002