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Reportaje:

El 'sheriff' que acabó de vestir Girona

Joaquim Nadal deja hoy la alcaldía que ha ejercido durante 22 años y medio

'Girona es como una distinguida señora con un sombrero muy elegante, pero sin medias ni zapatos. Empecemos por los zapatos y tendremos la Gran Girona.' Así definía su proyecto de ciudad Joaquim Nadal en una carta publicada en el diario Los Sitios en un ya lejano 1965, cuando no era más que un impetuoso estudiante de Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona. El cambio urbanístico de la ciudad, su creciente nivel de vida o la entusiasta dedicación al trabajo de alcalde pueden ponerse en el plato más positivo de la balanza de sus 22 años y ocho meses de alcaldía. Entre las manchas de su gestión cabe incluir su enorme apego al cargo, su gestión personalista -con algunos tics despóticos- y una visión excesivamente conspirativa hacia cualquier atisbo de crítica.

Su objetivo es ahora entrar en el futuro Gobierno catalán con Pasqual Maragall

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Ya de muy joven, su afán por intervenir en todas las polémicas ciudadanas y su interés por la política le granjeó un puesto de cabeza entre los que debían liderar la política municipal democrática. En las elecciones municipales de 1979 Joaquim Nadal reunía el doble atractivo de ser un miembro de una familia acomodada e influyente y al mismo tiempo de parecer dispuesto a actuar contra sus propios intereses de clase como candidato socialista. No en vano definía así la Girona gris que salía del franquismo: 'Ciudad de miras estrechas. Dirigida por grupos cerrados, por capitalistas con intereses creados y con mucha falta de visión de cara al futuro'. A los 17 años asegura que les dijo a sus padres: 'Os quiero mucho, pero me cabrea que seáis del Opus'.

En aquellas elecciones Nadal recibió votos de las clases acomodadas, pero también de las más populares, aunque no fueron suficientes y tuvo que pactar con el PSUC para alcanzar la alcaldía. Las sucesivas mayorías que obtuvo a partir de entonces incrementaron enormemente su prestigio y le han convertido en un valor seguro entre los socialistas, que en 1995 llegaron a presentarle como oponente de Pujol. Sus victorias municipales han hecho añicos un tradicional feudo convergente.

El longevo alcalde de Girona no cumplió su promesa de abandonar el cargo hace 10 años. En 1985 aseguró en una entrevista concedida a la revista El Batall que en caso de concurrir a unas nuevas elecciones su mandato sería 'indiscutiblemente el último'. No pudo o no supo resistirse a mantenerse en el poder otros 10 años. Esta excesiva longevidad le ha granjeado las mayores críticas. Hay analistas políticos que asocian este largo mandato al de Jordi Pujol. Si los socialistas hubieran arrebatado la Generalitat a CiU, Nadal ya habría soltado hace tiempo la alcaldía para ocupar un cargo relevante en el Gobierno catalán. Éste es ahora su objetivo como conseller en cap en el gobierno en la sombra creado por Pasqual Maragall.

Concejales que formaron parte de sus primeros equipos municipales, como Sebas Parra o Sebastià Salellas, le reprocharon un abandono de las políticas sociales y de izquierdas. Desde los sectores más críticos de la actual oposición se insiste en que Nadal 'ha invertido más en las piedras que en las personas'. No obstante, la recuperación del casco antiguo de la ciudad y la potenciación de la Girona turística -con un marcado acento en el legado judío- se cuentan entre sus mayores logros.

El hecho de que dos de sus hermanos -Josep Maria, al frente de la Universidad de Girona, y Manel, como primer secretario de la organización provincial del PSC- hayan ostentado paralelamente cargos de enorme relevancia ha afianzado la visión del 'clan Nadal' como amo y señor de los destinos de la ciudad. El abandono sucesivo de los tres hermanos, que culminará dentro de pocos días el rector de la universidad, supondrá para muchos un soplo de aire fresco.

La gestión personalista y su afán por controlar el más pequeño detalle le ha valido el apelativo de sheriff de la ciudad. A menudo la pasión que siente por su trabajo le juega malas pasadas. Protagoniza monumentales enfados que luego olvida con facilidad; no así los periodistas o empleados municipales que han sido blanco de sus iras. Nadal es un trabajador infatigable, capaz de ejercer de alcalde las 24 horas del día, fines de semanas incluidos. Tiene en la cabeza hasta el último recodo de la ciudad, y no desaprovecha la menor oportunidad de mostrar en público esta capacidad. Está al tanto de todo, desde el último socavón a la última pintada.

El pleno de hoy, en el que Nadal presentará su renuncia al cargo, se presume multitudinario y ya se han habilitado salas anexas con pantallas de vídeo. Si su gestión resulta indiscutible es por su capacidad de renovar, por la vía de los votos, la confianza de sus administrados. En los últimos días como alcalde ha recibido numerosas peticiones de autógrafos de sus adeptos, muchos de los cuales se sentirán huérfanos sin el invencible sheriff que ha mandado en la ciudad suficiente tiempo para que sus hijos nacieran, crecieran y se hacían hombres.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de enero de 2002