CRÓNICASColumna
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La casa del tiempo

La música era la luz. Este hombre que cada día se parece más a una vela encendida en una habitación a oscuras es Cristino de Vera, que acaba de cumplir setenta años y que desde hace al menos treinta vive persuadido de que ya no cuenta ni con una semana más de vida. Es pintor y poeta, y acaba de abrir en el Museo Arqueológico Nacional una exposición insólita (Cristino de Vera en la casa del tiempo) de cuadros que dialogan con las piezas más antiguas de esa institución. Es una conversación inquietante, animada por una luz misteriosa que parece haber sido dibujada para esas salas rectangulares del museo por la propia aspiración luminosa del artista. Cristino de Vera es un tipo muy especial; creció con la bohemia de Madrid de los años cincuenta; se calentaba en el Museo del Prado, paraba a los transeúntes para indagar sobre su felicidad (o su martirio) y vivió persuadido de que el cuerpo pesa menos que el alma. Siempre estuvo a contracorriente, hasta el punto de que ahora parece haberse encontrado con sus contemporáneos entre los anónimos orfebres de esas piezas que dialogan con sus cuadros inéditos (¿y contemporáneos?) en el Arqueológico. Es la primera vez que esas salas se abren para un pintor, y además vivo. Cuando su paisano Juan Marichal fue a verle, con Solita Salinas, su mujer, el profesor y la poeta le dijeron a Cristino lo que es verdad: en esa pintura no sólo está la tierra sino la luz secreta de la isla de Tenerife de donde viene la inspiración (el drama, el sueño) de este artista insólito y tan especial. Él lo dice en uno de los paneles de la muestra: 'Yo veía las piedras y la luz, las nubes tan cambiantes por los vientos de la isla. ¡Cuánto ritmo distinto en sus celajes! Siempre fue para mí la naturaleza un ritmo musical y toda raíz y esencia de esa música era la luz'. Qué extraña exposición, qué profunda, cómo nos ayuda a detener el tiempo.

La palabra era el dardo. Don Fernando Lázaro Carreter ha dejado entrever a sus compañeros y a sus amigos, y también a los que le contemplan de lejos, que es un hombre cuyos achaques, debidos al tiempo y a la edad, le han añadido a su carácter un cierto malhumor. Qué va. Así se defiende él de su propio buen humor; ahora que el Círculo de Lectores ha querido rendirle un homenaje ha dicho que esos parabienes le suenan a despedidas y los ahuyenta. A veces no le queda más remedio que aceptar -y ya lo hizo hace poco en la Casa de América- y entonces se sienta en medio de los contertulios que hablan de él y adopta la postura del que acaba de llegar de un viaje o de un diccionario o de un artículo. Distraído (y divertido), capaz de estar allí como si fuera otro. En sus artículos se ve esa dualidad de su estancia en la tierra: se toma muy en serio, cómo no, la aventura del idioma, y desde la postura frontal del académico y del lingüista nos reparte mandobles muy sustanciosos que ya han creado escuela e incluso bandos, pues sus lectores no son sólo paseantes de los periódicos sino compinches de su aventura de criticar lo visto, lo oído y lo leído. Pero en esos mismos artículos del más ilustre aficionado al fútbol del Zaragoza aparece ese otro Lázaro profundamente humorístico que alguna vez tendrá que escribir, con esa misma pluma del humor, la historia actual de la picaresca española. Sus artículos, dominados en gran parte por esa ironía lujosa que posee, son cuentos o apólogos que van trenzando, como en el mejor periodismo, lo que sucede con lo que sucedió y con lo que probablemente sólo es su metáfora de la historia de la lengua. Con ese aire doble de hombre muy circunspecto y luego muy coñón se le ve en los homenajes, y es un gusto ver que así libra él, con sosiego, su propio combate contra el tiempo.

Tito desde niño. Alguna vez lo hemos contado aquí: le preguntamos a Monterroso, el escritor guatemalteco: '¿Y desde cuándo te llaman Tito, Monterroso?', y él respondió: 'Mis padres, desde niño, pues les daba apuro llamarme Monterroso'. Ahora le acabamos de ver en México, con Barbara Jacobs, la escritora exquisita que comparte desde hace años vida y viaje con él. Le preguntamos: '¿Cómo estás, Monterroso?' 'Fatal, hijo, fatal'. Acababa de estar en el dentista. 'Y me duele la muela, la bisamuela y la tataramuela'. A veces Tito parece distante, como un indio sabio; camina lentamente hacia ti, con la mano abierta, muy junto a su cuerpo, como si te fuera a disparar, y después te saluda con una cordialidad caliente y una mirada que incluye la sonrisa como un guiño. Es, como Cristino, un hombre muy especial en su mirada, como si viniera huyendo de niño, desde que sus padres le llamaron Tito, y niño sigue siendo, no cabe duda. Y ayer supongo que aún más, pues cumplió ochenta años, en el silencio tranquilo de una casa terrera que se parece a la casa de la letra e. Un día un escritor alborotó mucho explicando cómo escribía, y Monterroso dijo, modesto: 'Yo escribo tachando'. Y riéndose.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0021, 21 de diciembre de 2001.