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Crítica:CRÍTICA

La imagen despótica

Este obús llamado Moulin Rouge, que fue lanzado a la picota desde el impagable escaparate de la sesión inaugural del Festival de Cannes, es un insuperable despliegue de malas artes fílmicas, tan apresurado que se hace mareante y a veces estomagante. Es un diluvio de imágenes cucas, habilidosas, que esconden su pobreza en su velocidad y que se limitan a estar técnicamente conjugadas y enlazadas para dar el pego de que son sabias cuando sólo son sagaces, lo que les condena, pues no dan tiempo y sosiego al espectador para una respuesta libre a la pantalla, a ser imágenes despóticas, fatalmente inmorales y retóricas, consideradas como sucesión, como conjunto, es decir, como secuencia, como cine.

MOULIN ROUGE

Director: Baz Luhrman. Guión: Luhrman y Craig Pearce. Intérpretes: Nicole Kidman, Ewan McGregor, John Leguizamo, Jim Broadbent, Richard Roxburgh. Género: comedia musical. Australia-Estados Unidos, 2001.

Este torrente de dos horas de aceleraciones y de rizos y recursos de sala de montaje de vídeo musical está vertebrado sobre un bien engrasado eje: el infalible oportunismo a que le lleva su dependencia de una majestuosa banda sonora en la que se suceden, en un acto de depredación salvaje, magníficas músicas, algunas con aura de piezas clásicas del arte pop y aquí saquedas. Pero este brutal ejercicio de plagio legal se está convirtiendo nada menos que en señuelo -y hay quien dice que en motor-de una quimérica revolución en el cine del siglo XXI, estupidez que, de ser cierta, nos pondría de patitas en el umbral de una etapa de la evolución del cine tocada del ala y con aroma de cadáver tonto.

El sagaz alquimista publicitario australiano Baz Luhrman, conocido organizador del célebre destrozo de Romeo y Julieta por Leonardo di Caprio, se supera a sí mismo y juega a deslumbrar con un delirio de montaje por el montaje, que ante todo, y si se cuenta con medios, es algo obscenamente fácil e incluso facilón de hacer. La aparente complejidad del estruendo dinámico y visual que despide la pantalla de Moulin Rouge es en realidad tan sólo aparatosidad. No hay la menor hondura, ni la menor dificultad, en ello. Estamos ante una falsa estructura y una falsa construcción. Nada que no sea un habilidoso despliegue de tretas de oficio hay dentro de las brillanteces fingidas de este filme engaño.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de octubre de 2001