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SUS ÚLTIMOS 41 SEGUNDOS EN ACTIVO

Y Jordan se elevó en el Delta Center

Elevó su cuerpo por última vez y, desafiando nuevamente las leyes de la gravedad, se quedó inmóvil a unos 40 centímetros del suelo, mientras el mundo contenía la respiración. Restaban cinco segundos y dos décimas para el término del sexto partido de la final de la NBA 1997-1998 entre Utah y Chicago, y allí estaba su majestad, a punto de dejarnos con la boca abierta para los restos. Aun sin saberlo todavía, estábamos asistiendo al no va más del mejor jugador que ha pisado jamás una cancha de baloncesto y uno de los grandes deportistas de la historia. A su última gran hazaña. Jordan nos estaba diciendo adiós de una forma inimaginable.

Es posible que tomando este último tiro como hecho aislado, esa noche no ocuparía un lugar preferente en la memoria colectiva. Hubiese sido una victoria más en condiciones límite, como la de aquella tarde de junio de 1993 en el Fórum de Los Ángeles. Ganaban los Lakers de Magic por dos puntos y la serie final estaba igualada a una victoria. Después de varios fracasos en la búsqueda del ansiado anillo, algunos críticos empezaban a dudar de la capacidad de Jordan para llevar al éxito a su equipo. Con toda la presión del mundo sobre él, por encima de una nube de manos, Jordan la clavó en el último segundo. Cuatro días después lloraba desconsoladamente con su primer trofeo de la NBA entre los brazos. Desde ese día y hasta el mágico instante en el Delta Center de Utah cuando millones de aficionados dejamos de respirar, fuimos afortunados en asistir a lo nunca visto.

Tres títulos consecutivos, todos los galardones individuales imaginables, una sorprendente retirada, el fracaso en su aventura con el béisbol, la increíble vuelta a su mejor nivel de juego y otros dos anillos más. Llegados a este punto, Michael Jordan no podía sorprendernos. Un año antes, en esa misma cancha, con 39 grados de fiebre y entre fuertes vómitos, había conseguido 38 puntos en el decisivo quinto partido. Ni siquiera él podría mejorar una hazaña de esa envergadura.

Cuarenta y tres segundos antes de aquella mágica elevación, John Stockton, base de Utah, clavó un triple y puso el marcador tres puntos arriba para los Jazz. Tiempo muerto. El asunto estaba claro: era Jordan contra todos. Malone, Stockton, los Jazz, su edad, el cansancio acumulado después de seis partidos agotadores e incluso su propia leyenda. Lo que ocurrió en los 41 segundos que restaban fue una clase magistral de todas las virtudes que le hicieron único. Decisión, habilidad, rapidez, potencia, inteligencia, visión de juego y sangre fría. En un abrir y cerrar de ojos, penetró y logró dos puntos que redujeron la distancia a uno sólo. Si Utah no anotaba, viviría una situación que todo el mundo, salvo los Bulls, consideraba una pesadilla: dejar la decisión de un partido en manos de Jordan. El balón llegó a Karl Malone en la posición de pívot bajo. Russell, el hombre defendido por Jordan, decidió cruzar al otro lado para dejar hueco a su jefe. Jordan hizo como que le seguía, pero sorpresivamente volvió sobre sus pasos y de un zarpazo le robó la cartera al Cartero. A partir de ahí, todo fue muy rápido. Jordan cruzó al otro lado de la cancha para colocarse en la parte izquierda. No era una decisión al azar. Buscaba la penetración de izquierda a derecha, lo que le permitiría botar con su mejor mano. A la altura del tiro libre, efectuó la madre de todos los movimientos. Llegado a toda velocidad, se clavó en el suelo, y Russel, su guardaespaldas, perdió la estabilidad. Entonces, el rey se elevó y el mundo quedó definitivamente a sus pies. Era el punto número 45. Ni el más imaginativo de los guionistas podría escribir un final mejor para su carrera. Chucky Brown, compañero suyo aquella noche, abrazado a Jordan en mitad de la pista, acertó a decirle al oído lo que mucha gente piensa de él: "Michael, eres jodidamente increíble".

Artículo publicado en El País Semanal en el especial 25º Aniversario, en mayo de 2001.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de septiembre de 2001