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Una enorme provocación

No ha sido un acto de guerra real: no ha hecho nada para debilitar a Estados Unidos como sí hizo el ataque a Pearl Harbor, al dejar incapacitada a una gran parte de la flota estadounidense en vísperas de una guerra naval. Ha sido, por el contrario, una enorme provocación que despertará a Estados Unidos y desencadenará oleadas de reacciones en los próximos años. Hay una reacción, si la hay, que no puede ser más que trivial: el ataque a objetivos 'terroristas' mediante misiles de crucero y otros medios por el estilo que no impliquen riesgos. Para empezar, no son objetivos importantes, y desde luego no es posible atacarlos mediante misiles de crucero o bombardeos sin riesgo. Cuando se descubra a las partes directamente culpables, si se llega a descubrirlas, sólo será posible atacarlas con comandos y misiles tácticos dirigidos localmente como han estado haciendo los israelíes. La Junta de Jefes de Estado Mayor estadounidense lleva tiempo utilizando la presión burocrática para bloquear ese tipo de acción, porque no se puede llevar a cabo sin enviar soldados a la acción sin el riesgo de que se produzcan muertes en combate. Ahora que tantos estadounidenses han muerto, es posible que la Junta de Jefes de Estado Mayor abandone su negativa a utilizar las fuerzas de combate para el combate.

Aun así, incluso si Estados Unidos llegase a ser tan activo en el ataque a los terroristas como lo han sido los israelíes, la reacción mucho más importante de Estados Unidos no será militar, sino diplomática, en el sentido más duro de esa palabra. Irán es un país con el que aliados claves de Estados Unidos mantienen relaciones diplomáticas y en el que invierten gran cantidad de dinero. Irán, por lo tanto, tiene embajadas en Europa, relaciones comerciales normales, e Iran Air vuela a Europa y Japón a diario. Al mismo tiempo, Irán financia directamente a los terroristas de Hezbolá con su presupuesto nacional. Evidentemente, Estados Unidos dejará de permitir la tolerancia extendida entre sus aliados más cercanos hacia Gobiernos como el de Irán, que financian y apoyan directa y abiertamente el terrorismo. Siria es otro país que cae dentro de esa categoría: la Yihad Islámica tiene su sede central en Damasco, y todas las armas que llegan a Hezbolá -por avión- lo hacen pasando por los aeropuertos sirios.

En la segunda categoría entran países como Pakistán, que no financian directamente a los terroristas pero les permiten moverse libremente en su territorio: reclutan y adiestran a terroristas en sus propios campamentos y los envían directamente por la frontera paquistaní a atacar Cachemira, mientras la policía y el Ejército paquistaníes no hacen nada para pararlos, por no decir algo peor. De hecho, el Gobierno paquistaní utiliza a los terroristas como auxiliares. Hay una tercera categoría de Gobiernos que no patrocinan directamente a los terroristas pero les permiten recaudar fondos: Arabia Saudí es el principal ejemplo. Se dice continuamente que Osama Bin Laden es multimillonario, dando a entender que puede financiar operaciones terroristas a gran escala con su propio dinero. Eso es falso. Bin Laden tenía millones, no miles de millones, y eso fue hace mucho tiempo. La descontrolada red de grupos terroristas asociada con su nombre está siendo ahora financiada por una activa campaña de recaudación de fondos entre los fundamentalistas musulmanes de Arabia Saudí y de otros puntos de la península Arábiga. Es cierto que los fundamentalistas islámicos también recaudan fondos en Tejas, por ejemplo, pero deben hacerlo en secreto, porque el FBI y la Agencia Tributaria (¡afirman estar exentos de impuestos!) hacen todo lo posible por controlarlos. En Arabia Saudí, por el contrario, no se ha hecho ningún intento serio de poner fin a la recaudación de fondos por parte de Hamás, por ejemplo, y el dinero no sólo paga las lecciones de odio, sino también a organizadores terroristas a tiempo completo, a los hombres que convencen a los jóvenes para que se vuelen en pedazos, y también proporciona la mano de obra para la red terrorista más compleja asociada al nombre de Bin Laden.

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También será importante la reacción interna de Estados Unidos. Los aviones fueron secuestrados en aeropuertos estadounidenses, en los que los pasajeros que embarcan son registrados con detectores de metales por el denominado personal de seguridad, que son empleados de empresas privadas que obtienen las contratas por ser más baratas que sus competidoras. Pagan el salario mínimo legal o muy poco más, y, por lo tanto, contratan principalmente a inmigrantes recién llegados, muchos de ellos musulmanes. A sus superiores se les paga sólo un poco más, y no están cualificados para dirigir o supervisar una operación de seguridad seria.

Esto, por supuesto, tenía sentido desde el punto de vista económico: a diario, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, había miles de vuelos y ningún secuestro, y mucho menos ataques concertados con aviones secuestrados. Por lo tanto, parecía más importante ahorrar dinero que proporcionar lo realmente necesario: una seguridad aeroportuaria con categoría profesional. Eso era antes. Ahora será diferente. En lugar de conceder las contratas a quienes ofrezcan un precio más barato, la seguridad en los aeropuertos la proporcionarán policías entrenados.

Lo mismo ocurrirá con otros aspectos de la seguridad territorial, empezando por el control de las fronteras. Los puntos de entrada por carretera a través de la frontera canadiense, vigilados exclusivamente por cámaras de vídeo con control remoto, serán cerrados o dotados de inspectores humanos. Habrá más inspectores en los aeropuertos, para permitir un mayor control de los viajeros que entran en el país. Al mismo tiempo, dado que los terroristas transitan en la mayoría de los casos por Europa, Estados Unidos pedirá sin duda a los Gobiernos europeos que controlen de forma más seria sus fronteras y puntos de entrada. En la actualidad, los aviones comerciales de Irán y de otros países que apoyan el terrorismo llegan a diario a atestados aeropuertos europeos, donde unos cuantos policías sellan apresuradamente pasaportes que difícilmente pueden comprobar. Eso también terminará, al menos en los aeropuertos con vuelos que parten hacia Estados Unidos.

Y así están las cosas. La reacción de Estados Unidos no se producirá de golpe, sino a lo largo de varios años y de formas muy diferentes. A menudo, Estados Unidos solicitará, y esperará, la ayuda y la cooperación de sus aliados. Si se la niegan, para proteger los intereses comerciales, por ejemplo, su respuesta será dura.

Edward N. Luttwak es miembro directivo del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington.

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