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La Herradura y Francisco Álvarez de la Chica | LA PLAYA:

Un abrazo al mar

La Herradura es un abrazo al mar. Así me pareció cuando, a mediados de los años 60, llegué por primera vez allí. Yo sólo había visto antes una bahía mal pintada en blanco y negro en una Enciclopedia Álvarez. Lo primero que sucedía cada mes de julio era un viaje épico desde Granada hasta el mar. Si pocos eran entonces los que veraneaban a la vera del mar, menos aún los que disponían de coche propio para realizar la aventura.

Un buen amigo, Antonio, carnicero del lugar, iba hasta Granada en una furgoneta DKW a recogernos. Entre primos, tíos y abuela éramos 12. La pobre abuela iba como si estuviera en la novena, moviendo los labios pero sin hacer ruido. El ruido era cosa nuestra. Los 90 kilómetros daban para varias paradas, reverenciales, previstas por cualquiera que hiciera el trayecto.

Pero lo que a los niños nos gustaba eran los túneles, el de Ízbor y el de la Gorgoracha. Al pasar por ellos, el poco orden que había en el vehículo se descomponía: voces, golpes... La abuela se santiguaba. De Almuñécar a La Herradura casi ningún estómago aguantaba las decenas de curvas.

La Herradura es gente noble, de puertas abiertas. Una playa infinita a lo largo y a lo ancho, desde la Punta de la Mona a Peñaparda. Por entonces había más barcas de pesca que sombrillas en la arena. Recuerdo bien a Ricardo, un marinero alto, casi siempre vestido de negro. Sacaban el copo como a las siete de la mañana. Arrastraban la red hasta la orilla. Una vez allí tiraban de ella con unas bandas de esparto que les cruzaban el cuerpo. Las enrollaban a la cuerda de la red. Los jadeos del esfuerzo encontraban eco en el romper rítmico de las olas.

El día en la playa era una constante aventura. Los primeros días siempre estábamos con los hombros achicharrados. El único factor de protección solar era la sombrilla y ningún niño aguantaba allí metido. Aún me es fácil evocar el olor de aquel bronceador casero que se envasaba en un quinto de cerveza: un poco de agua del mar, aceite de oliva y un poco de vinagre. Aún conservo manchas en la piel de tales provocaciones al sol. Los niños no teníamos horas, sobre todo por la noche. Nunca recuerdo haber jugado a tantas cosas con tan pocos juguetes. Caíamos en la cama rendidos, sólo con la necesidad de reponernos pronto para el día siguiente.

La Herradura era un abrazo al mar y terminó abrazándonos a todos.

, donde nació en 1960.

Francisco Álvarez de la Chica es secretario general del PSOE de Granada

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de agosto de 2001