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Reportaje:

Compañeros inmigrantes

El colegio Santa Cruz de Mislata concentra hasta un 37% de escolares extranjeros en sus aulas

Cuando la media de niños inmigrantes en las escuelas valencianas no supera el 2%, las aulas del colegio Santa Cruz de Mislata concentran un 37%. El porcentaje de inmigrantes que tiene el centro es -en buena medida- el reflejo de una realidad: el Centro de Acogida a Refugiados. Desde que en 1991 surgiera este servicio, las aulas del colegio han sido el lugar de peregrinaje de los niños de las familias residentes llegando a cubrir el 50% de las plazas escolares. Tras el paso por el CAR, muchos de sus antiguos huéspedes se quedan en el barrio y los niños continúan matriculados en el colegio que supuso el primer estadio para su integración social, donde aprenden el idioma y un sistema de valores. En los últimos años se viene produciendo la incorporación de alumnos a través de otra dimensión, el efecto llamada: se corre la voz de la heterogeneidad de las aulas y algunas ONG recomiendan esta escuela concertada como referente integrador. 'Aquí en el barrio no se puede hablar ahora de llegada de inmigrantes, porque los extranjeros vinieron hace más de una década y estamos habituados a la convivencia', señala José Carlos Roig, profesor del colegio y miembro del departamento de Proyecto de Acción Educativa Preferente, programa al que está inscrito el centro y que tiene como objetivo socializar a los alumnos extranjeros. Las clases se adaptan a este patrón: calendarios interculturales en ucranio, armenio, ruso, árabe, chino y español penden de las paredes para recordar los meses del año, días de la semana y festividades en los diferentes idiomas. En la biblioteca: diccionarios de cualquier rincón del globo y manuales creados por los propios alumnos para hacer los primeros pinitos en el idioma en cuestión.

La bienvenida también es una ceremonia: un compañero tutor, siempre español, facilita la pronta integración del alumno en la clase y el recién llegado ejerce por un día como profesor de geografía señalando en el mapa su país de procedencia. Hace más de un año le tocó a Vladislav Kurta, un niño de ocho años procedente de Ucrania. Con un impecable español, sus facciones le delatan; además de su desenvoltura en matemáticas: un rasgo que comparten los estudiantes de los países del Este, auténticos ases de las ciencias y deportes. Le gusta Valencia y se traería a toda su familia y amigos de Ucrania para jugar al ajedrez en sus ratos libres. Víctor Huk, de 13 años también procede de Ucrania. Reside en la calle de Sagunto y tanto él como su hermano cogen el metro y tranvía todos los días. Tiene amigos de distintas nacionalidades y disienten de que este espacio sea un 'gueto'.

Todos los profesores del claustro implementan actividades enfocadas al conocimiento de otras culturas. Como ejemplo, las semanas culturales en las que se escoge un país: gastronomía, tradiciones, historia, religión, exposiciones y formas de vida. El profesorado del Santa Cruz, acostumbrado a tratar con un fenómeno reciente para la comunidad escolar, imparte jornadas en otros centros a través la red de Centros de Formación, Innovación y Recursos Educativos de la Comunidad.

Pero el colegio 'no sólo se ciñe al edificio' remarca Rosa Calatayud, profesora. El centro ataja las dudas que pueden surgir en las familias: trámites administrativos, contactos con instituciones mediante asesoramiento personalizado. Todo ello no evita lo esencial: 'Los niños son niños más allá de las nacionalidades, con unas ganas de aprender vertiginosas y no son conscientes de las diferencias'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 15 de mayo de 2001