54º FESTIVAL DE CANNES

El filme 'Asesinato en febrero', sobre el terrorismo etarra, emociona en Cannes

La película de Eterio Ortega y Elías Querejeta se presentó en la Semana de la Crítica

Asesinato en febrero llenó una de las sesiones especiales de la Semana de la Crítica, en el día y la hora de mayor poder de convocatoria de este pequeño y admirable festival paralelo, donde tiene lugar el festín de los cinéfilos, de los que vienen a buscar aquí algo tan escaso, y por eso tan valioso, que es el cine comprometido consigo mismo, con su lenguaje y con su irrenunciable condición de mirada a la verdad y la vida. Y quedó hondo en este rincón de pureza rodeado de una atmósfera contaminada, donde los más toscos argumentos de la lógica del mercado se entrometen sin pudor en el debate artístico.

Y caló hondo porque es una evidencia que en Asesinato en febrero hay un enérgico acto de elevación de esa busca de verdad y vida que está en el fondo de la pasión por el cine. Es una secuencia de imágenes exactas, de formidable elocuencia, aunque naciese de manera casi eruptiva. 'Oí la noticia del asesinato de Fernando Buesa y su escolta', dijo el productor Elías Querejeta, 'en Madrid, en un taxi, y me sentí tan golpeado al oír aquello que sin darme cuenta di un grito. Eso al menos me dijo después el taxista. Luego, cuando llegué a mi casa, sentí la necesidad de decir, de contar algo, no sabía qué; y comencé a llenar folios hasta que, poco a poco, aquella necesidad comenzó a tomar forma. Y seguí escribiendo'.

Más información

Asesinato en febrero está hecha con materia de documento, pero sin embargo es ajena a sus imágenes la impresión de azar o de improvisación. Hay en el filme una minuciosa puesta en pantalla, porque brotan de ésta indicios irrefutables de elaboración. 'Es una de esas películas', dice Querejeta, 'en las que no se debe, ni en realidad se puede, dejar nada, ni un hilo, al azar. En el momento que tuvimos en la mano el primer guión, lo rodamos. Y cuando vimos el primer montaje, éste nos llevó a iniciar un nuevo rodaje complementador y perfeccionador, que dio lugar a otro montaje; y la insatisfacción ante éste nos condujo a un nuevo rodaje, cuyo montaje desencadenó otro nuevo rodaje. Y así, en sucesivas vueltas y revueltas a lo mismo, se hizo Asesinato en febrero. Fue nuestra manera de huir de cualquier forma de azar, de no querer depender de lo que nos llegara a las manos, de no tener que coger imágenes al vuelo'.

Es singular, casi sorprendente, que en una película que recorre de principio a final todo el intrincado itinerario de un asesinato calculado al milímetro, no se nombre nunca la identidad de la organización asesina. 'No se la nombra', dice Querejeta, 'porque no hace falta, porque está ahí, porque se la ve en la pantalla'. Se ve materialmente, en efecto, la abstracción asesina que lleva a cabo este golpe de terror antivasco, y éste es uno de los más serios hallazgos, tanto formales como de fondo, del relato y del poema subterráneo que se mueve bajo él, de Asesinato en febrero. El casi matemático recorrido físico, didáctico y temporal sobre los pasos perdidos del doble crimen se mezcla, y choca, con el delicado y desesperado esfuerzo de las personas, convertidas en personajes de esta película, que amaron a los dos hombres exterminados, para tirar de su memoria de ellos y hacer que así se cumpla el único anhelo imposible al que es imposible renunciar, el de la resurrección. De ahí el aroma litúrgico, sagrado, que flota en la atmósfera dolorida e íntima de Asesinato en febrero, pura ceremonia, puro poema trágico español.

Merece la pena reproducir in extenso, pues son bellas y esclarecedoras las palabras de la presentación de la película de Ortega Santillana y Querejeta por el cineasta Carlos Saura en la Semana de la Crítica: 'Evitando la trampa del sentimentalismo y la obviedad, Asesinato en febrero cuenta la vida de dos ausentes, dos asesinados que van tomando cuerpo y renovada vida a través de los recuerdos de sus familiares, ahora maravillosos actores sorprendidos en su cotidianidad, excepcionales testigos de unas vidas truncadas. Un documento emocionante, único e irrepetible, que obliga a la reflexión. Si se ejecuta a un hombre, ¿no se está asesinando de algún modo a todos los hombres?'.

Y zanja la cuestión Elías Querejeta, su productor y escritor: 'El contenido último de la película es un absoluto y frontal rechazo a la pena de muerte'.

Y con este combativo poema, lleno de energía moral, el cine español se situó en la línea de mayor altura artística alcanzada hasta ahora, dentro y fuera del concurso, por esta edición del festival dedicada al cine puro y duro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 12 de mayo de 2001.

Lo más visto en...

Top 50