Columna
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Nuevas e(di)lecciones

ESPIDO FREIRE

Cuando únicamente existían dos cadenas de televisión, las cosas eran realmente importantes, poseían un peso auténtico. Durante semanas, una noticia circulaba y se extendía, y se recordaba como un hito, como un mojón que definía un mes, un año, una generación. Algo le está ocurriendo al tiempo, o tal vez a nuestra memoria, que ya no funciona como antes; con la llegada de nuevos medios de comunicación no queda más remedio que repetir las cosas hasta el hastío, para que mediante el aburrimiento las recordemos y las convirtamos en importantes. Ahora sólo nos hablan de una cosa, de modo que sólo sucede una cosa: la elecciones vascas.

En realidad, no se diferencian demasiado del otro gran fenómeno mediático que es el Gran Hermano: conocemos de memoria los rostros y las debilidades de los participantes, y sabemos cuándo terminará todo y que sólo puede haber un ganador. Esas son las normas. En este combate civilizado, cordial y televisado, sólo puede quedar uno. Para ello, será necesario arriesgarse a pactos, a nominaciones viles y a prescindir rápidamente de los aliados y los enamorados. Cierto que en el ardor del momento el amor puede arrasar y desconcertar, pero es un juego, no lo olvidemos, es una carrera hacia el poder. Y, como en cada nueva edición, en cada nueva elección, se nos intenta convencer de que esta, esta que vivimos y presenciamos y padecemos es la realmente importante.

La perrita que incordia y a la que nadie se preocupa por educar no se llama Tierra, sino Democracia. Es muy linda para aparecer con ella en las fotografías, para ocuparse de ella un rato, o para hacerla bailar en momentos ociosos. Algunos incluso la torean. Pero de ahí a tomarla en serio, a convertirla en un miembro de la casa, va un mundo. Lo que realmente importa es el espacio emitido, el guiño a la cámara y el gesto cómplice. Hablamos de seducción, de triunfo. Lo que luego le ocurra a Democracia queda en un segundo plano.

Los concursantes son más o menos atractivos, más o menos espabilados, pero, en esencia, no se diferencian demasiado de nosotros. Altos, bajos, carismáticos o sencillamente representantes de una región y de un estilo de vida. Meten la pata, intentan agradar, se aburren, hablan de tópicos... cometen pequeñas tonterías que nos los acercan, y que los humanizan, porque la tele no sólo engorda y aumenta la estatura: aleja, ralentiza el tiempo e infunde solemnidad a los cercanos y a los vecinos. Para salir en la tele, dicen, es necesario estar muy preparado. Es cierto. Si no se está alerta, si no se controlan gestos y sonrisas, la imagen en movimiento devora, y se alimenta de los restos de quienes ha consumido. La televisión se alimenta de almas, y el ser humano actual la está perdiendo a marchas asombrosas.

Y después del concurso, todo habrá terminado: unos comentarios en varias revistas, asistencias a fiestas, y se acabó. Lo que era tan importante, lo que nos habían repetido hasta perder la voz ('esto depende de ustedes', 'son ustedes los que eligen y deciden', 'la participación es importante', 'no olviden acudir a su cita') se habrá olvidado. Hasta la siguiente edición, hasta la siguiente elección, si la hay.

La casa se desmantelará, las alianzas habrán quedado en nada, la mayor parte de las parejas darán por finalizada su luna de miel y el ganador, el que se ha llevado dinero, triunfo y atenciones, se dedicará a su vida y a sus asuntos. Recordará sus propósitos, y a sus compañeros, posiblemente, con cariño y con responsabilidad. Pero hablamos de un concurso, de un ganador, hablamos de quien ha renunciado a su vida privada en pos de un ideal, y no ha de esperarse demasiado de esa gente. Matarían a su padre, venderían a su madre, se olvidarían de su perra, la graciosa Democracia, con tal de continuar en su puesto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 04 de mayo de 2001.

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