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TRIBUNA

Por la libertad y contra el miedo

El próximo día 13 de mayo los ciudadanos vascos afrontamos un compromiso electoral de importancia muy especial. No son unas elecciones corrientes, como dicen quienes quieren desanimar a los demócratas partidarios del cambio para que se resignen y se rindan de una vez ante la violencia totalitaria. Cuando se vive en una situación cuya gravedad se va haciendo más desesperada, acosados mes tras mes, día tras día y minuto tras minuto por el crimen y la pérdida de libertades ciudadanas, cada cita con las urnas adquiere la relevancia de las oportunidades que no pueden ya ser desperdiciadas por rutina o pereza. Pero en este caso, además se dan otras circunstancias que contribuyen a que estas elecciones sean cruciales.

¿Por qué se han convocado? Porque los partidos nacionalistas que rechazan los métodos terroristas ya no tienen mayoría suficiente en el Parlamento y por tanto no pueden gobernar salvo apoyándose en los portavoces políticos de la violencia. La posibilidad de formar Gobierno con socios no nacionalistas ha sido imposibilitada por pactos como Lizarra o Udalbiltza y antes, quizá de modo más radical, por un convenio vergonzante y vergonzoso con la propia ETA cuyo alcance luego se ha tratado de minimizar. De modo que la razón inmediata de estos comicios es responder a la actual impotencia de un nacionalismo llamado democrático y pacífico pero que hoy no puede seguir gobernando democráticamente esta CAV mientras hace más guiños de simpatía al ideario de los terroristas vascos que al Estado de derecho español.

Dicen algunos -como ya se advierte en el Tao-te-king, 'los que menos saben son los que más hablan'- que el día 13 de mayo los votos se repartirán aproximadamente como están ahora y que por tanto las cosas seguirán casi igual. No es necesario creerles, pero en cambio se les puede señalar una evidencia: si después de las elecciones de mayo el reparto de fuerzas políticas sigue igual, la situación en Euskadi no será en cambio la misma sino mucho peor. Volveremos al punto de partida, sin posibilidad de formar Gobierno salvo que se establezca una coalición entre los nacionalistas que no matan y los que matan en nombre del nacionalismo. Se habrá desperdiciado entonces la más obvia posibilidad democrática de encauzar una alternativa al callejón en que ahora estamos y entre tanto continuarán los crímenes, las extorsiones, la coacción a cuantos se oponen explícitamente al proyecto de totalitarismo étnico, la parálisis inducida de la Ertzaintza y el envilecimiento general de una población que prefiere ser cómplice en vez de víctima. ¿Igual? No, nada en realidad sigue igual cuando lo que triunfa es el temor a que las cosas cambien.

Pero la posibilidad de cambio democrático en el País Vasco es auténtica y sólo la niegan los interesados en que sea desaprovechada. Existe ya un pacto por las libertades y contra el terrorismo, suscrito por varios partidos políticos y grupos sociales, que formula el mínimo común denominador actual del sentido común democrático en el País Vasco. Ese documento no excluye en modo alguno a los nacionalistas contrarios al terrorismo, salvo que aceptemos que Lizarra y Udalbiltza (es decir, los apaños anticonstitucionales para complacer a los terroristas y pedirles tregua) forman parte intrínseca del nacionalismo hasta ayer estatutario. El próximo 13 de mayo, los ciudadanos vascos tienen la posibilidad de apoyar a título individual el pacto por la libertad democrática y contra el terrorismo, votando a los partidos políticos que ya lo han suscrito. ¡Ojalá que de aquí a entonces lo firme también alguna formación nacionalista, incluyéndose de ese modo sin ambigüedades en el menú posible del votante consciente para quien acabar con ETA y respetar la pluralidad efectiva de nuestra sociedad es el único conflicto político inaplazable que tenemos! En cualquier caso, votando a los partidos ya comprometidos por ese pacto -que no es una propuesta meramente electoral sino un empeño cívico y político de largo alcance- tenemos la ocasión de respaldar al Estado de derecho que sostiene hoy las reglas del juego democrático contra delirantes paraísos virtuales pintarrajeados con sangre. Y nos permite reivindicar la realidad heterogénea de un país que habla en dos lenguas, siendo tan lícitamente vasco y tan lícitamente español en la una como en la otra, y que no quiere verse abreviado a la homogénea caricatura con txapela que algunos pretenden convertir en la Euskadi oficial, transformando en invisibles o traidores a quienes no nos acomodamos a su engañifa.

No se trata de echar las culpas de las fechorías de ETA al PNV y EA que tanto tiempo llevan gobernando Euskadi, sino de constatar sencillamente lo poco que han hecho policialmente para impedirlas y lo ineficaz que ha resultado su modelo educativo e informativo para que no surjan entre los jóvenes nuevas vocaciones terroristas. Que la actual situación es gravísima, insólita en el panorama de la Unión Europea desarrollada, es algo que cualquiera mínimamente informado puede comprobar por sí mismo, como refleja el informe del comisario de derechos humanos del Consejo de Europa y refrendan las conclusiones expuestas por el propio Ararteko en funciones de nuestra comunidad. El primero de esos competentes documentos señala las insuficiencias de los gobernantes actuales en cuestiones de seguridad y educación; pero el Ararteko subraya algo aún más grave, el envilecimiento atemorizado y cómplice de gran parte de la población vasca que mira hacia otro lado, desentendiéndose del hostigamiento criminal que padece el resto de sus conciudadanos. En resumen, es evidente que más de veinte años de Gobierno nacionalista no han logrado purgarnos de la violencia ni establecer la armonía plural que necesitamos; ha llegado la hora de intentar una alternativa no nacionalista todavía nunca experimentada, a la que quizá puedan unirse muchos nacionalistas decepcionados por la trayectoria radical que PNV y EA están siguiendo estos últimos años.No se trata de tomarse ninguna revancha, porque escuchando el discurso nacionalista ya hemos aprendido que el resentimiento es el peor de los consejeros políticos: lo urgente es dar la oportunidad de hacer bien las cosas que han venido haciéndose mal a personas nuevas con idearios diferentes. Esos nuevos dirigentes serán tan legítimamente vascos como los actuales, aunque ni olviden ni menosprecien sus vínculos con el resto del Estado español del que formamos afortunadamente parte. ¿Dependerán más del Gobierno central que los dirigentes nacionalistas? No tiene por qué ser así, pero en cualquier caso se trata de un falso problema porque lo importante no es lograr un lehendakari que pueda prescindir del apoyo de Madrid sino librarnos de uno que no puede prescindir del apoyo de ETA.

Desde la Iniciativa Ciudadana ¡Basta Ya! hemos proclamado sin rodeos ni subterfugios nuestra adhesión a la Constitución española y el Estatuto vasco como los acuerdos básicos del Estado de derecho que queremos perfeccionar en lo que sea necesario, pero al que no estamos dispuestos a renunciar, porque es lo único que nos ampara legalmente de la tentación totalitaria. Nuestro grupo ha llevado a cabo movilizaciones y ha elaborado informes como parte de una lucha necesaria contra la apatía, la resignación timorata y la desinformación sobre lo que hoy ocurre en Euskadi. Ahora, a comienzos de la campaña electoral, lanzamos este llamamiento: ¡que nadie renuncie a su derecho a votar, porque hoy es más que nunca una obligación cívica de la que dependen las vidas de muchos y las libertades de todos! ¡que cada votante reflexione su opción, sin dejarse condicionar por la rutina sentimental ni por el miedo que colabora con los propósitos de los aprendices de tiranos! Ya no es momento de culpar a los políticos de nuestros males: ahora nos toca ser políticos a todos nosotros. Si fallamos, no tendremos derecho de acusar a nadie de lo que nos traiga el futuro.

Fernando Savater es escritor y catedrático de Filosofía, y miembro de la Iniciativa Ciudadana ¡Basta Ya!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de abril de 2001