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Bajo la piel del forense

El profesor Fernando Verdú repasa las dificultades y logros de su especialidad: la Medicina Legal

Uno no puede evitar imaginárselo en pleno escudriño de la tienda de pinturas de los Farrow, en el suburbio londinense de Dedford. En la misma tienda en la que un 27 de marzo de 1905 fueron hallados sus dos propietarios brutalmente asesinados. Fue el primer caso en el que la policía utilizó la técnica del estudio de las huellas dactilares con éxito. Y de ahí, por la novedad y la importancia del asunto, que uno pueda ver e incluso oler y tocar al forense valenciano Fernando Verdú departiendo con los enlevitados agentes de Scotland Yard éste o aquel otro indicio sospechoso, movido por una infatigable curiosidad.

Aunque después de todo, los forenses, y sólo hace falta charlar con Verdú, no son aquellos herméticos funcionarios de rostros angulosos que en El silencio de los corderos sacaban de las gargantas de los ahogados mariposas exóticas llamadas por la muerte desde la otra orilla del océano. Tampoco acostumbran a andar entre los despojos dejados por un Hannibal o un Sacamantecas cualquiera aunque Verdú tuviera ocasión de investigar para la Audiencia de Valencia la terrible muerte de tres adolescentes de Alcàsser. 'Es un tema, el de Alcàsser', comenta Verdú, 'del que prefiero no hablar. Se dijeron demasiadas estupideces que incluso llegaron a poner en tela de juicio la honorabilidad de esta profesión. Hay demasiada gente que desea que ese caso no se cierre nunca', dice al respecto.

Verdú, nacido en 1952 en Valencia en las orillas del monasterio de Sant Vicent de la Roqueta, imparte desde 1985 clases de Medicina Legal en la Universidad de Valencia. Alumno aventajado de quien él califica como uno de los maestros de la medicina más reconocidos internacionalmente, Juan Gisbert Calabuig, Verdú transmite a sus alumnos la pasión del viejo profesor a la vez que lamenta la soledad institucional que acompañó a aquél en sus últimos días. 'Me emociono', comenta, 'con las clases como el primer día que impartí una; no deja de ser un reto convencer a los alumnos de que la profesión de médico forense no es el trabajo de unos señores de aspecto siniestro. La medicina forense es apasionante, un trabajo que repercute directamente en la sociedad'.

A pesar de que cada año sólo consigue arrancar la vocación de un par de estudiantes por curso, un escaso uno o dos por ciento del total de los jóvenes que pasan por sus aulas, Verdú se siente satisfecho. La apuesta de los que comienzan es importante, Verdú sabe como nadie que los medios con los que se ven obligados a trabajar los médicos forenses son a menudo limitados. 'No se entienden las limitaciones con las que tenemos que hacer nuestra labor', apunta con una afilada mirada de bisturí. 'En un estudio llegamos a la conclusión que sólo en Valencia la actividad generada por los médicos forenses ponía en circulación alrededor de unos 5.000 millones de pesetas anualmente', señala.

¿Médicos de la vida o de la muerte?... Verdú, lo explica con media sonrisa: 'Nuestro trabajo conduce directamente a la vida... un diagnóstico certero puede evitar que alguien cargue con la culpa de un crimen que no ha cometido'.

¿Y existe el crimen perfecto? Verdú también tiene una respuesta para eso: 'El crimen perfecto existe. Sólo hay que matar a alguien con el que nadie pueda relacionarte, matar a alguien sin tener ningun móvil'. Para alguien como Verdú, cada día enfrentado a las señales más contundentes de la muerte, es necesario aferrarse al humor, a la magia terápeutica de la sonrisa.

Su libro ¿Qué dice el forense? es además de un sencillo manual para estudiantes de Medicina Legal un buen recetario para tomarse la muerte de otra manera. 'No se enfaden conmigo', escribe en una de las páginas de su libro, 'si les hago una aclaración: el diagnóstico del sexo es siempre más exacto que el de la edad. Debido, entre otras cosas a que uno sólo puede ser hombre o mujer'. 'Sin humor...', asegura el doctor bajando un poco el tono de voz, 'un humor respetuoso, se haría muy difícil este trabajo. No es temor a la muerte; los muertos son inofensivos, los que son peligrosos de verdad son los vivos... es otra cosa'.

Una muerte, por cierto, que ha desaparecido de nuestra sociedad moderna, tal vez por el pánico que nos produce; las campanas parece que ya no tocan a muerte y los féretros viajan por la ciudad a toda velocidad sin detenerse ni en los semáforos. Pero Verdú no quiere pensar que hoy hay más miedo que ayer, 'simplemente', dice, 'el ritual de la muerte se ha amoldado a las comodidades modernas... existen los tanatorios, todas esas cosas'.

Fernando Verdú, maestro de la observación y domador de la curiosidad como cualquier forense que se precie, tiene trabajo apuntado en la agenda hasta para cuando le toque cruzar la otra orilla. 'Cuando muera, espero ver con mi padre, allá donde estemos, el vídeo de la muerte del presidente John Fitzerald Kennedy. Es un caso en el que me hubiera fascinado trabajar. Es un caso en el que aún quedan muchas, demasiadas sombras por esclarecer'.

Al doctor Verdú no le vendría mal llevarse consigo, cuando llegue a esa situación, los libros de Jim Garrison y Seymor M. Hersh, autores de dos magníficos libros sobre el magnicidio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de abril de 2001