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El equilibrio consumo-ahorro

Las ventas de automóviles de turismo se recuperaron ligeramente en marzo al registrar un crecimiento interanual del 2%, tras seis meses con tasas negativas. Es una recuperación pequeña, que en parte tiene que ver con el hecho de que las ventas del mismo mes del año anterior fueron bajas, pero se sitúa en la línea de otros indicadores que muestran un dinamismo renovado del consumo en los primeros meses de este año.

Puede que ello sea saludado con alborozo por algunos analistas, políticos y empresas productoras de bienes de consumo, en cuanto que parece indicar que la fuerte tendencia de desaceleración de la demanda interna observada en la segunda mitad del pasado año ha empezado a revertir. Nadie está deseando que dicha desaceleración se acentúe, hasta tal punto que provoque una recesión, pero tampoco debe considerarse positivo desde una visión de medio plazo que el ajuste iniciado en los meses finales de 2000 ante un claro exceso de demanda y unas rentas erosionadas por la inflación se detenga o se invierta tan rápidamente. Un análisis de las variables recogidas en los gráficos adjuntos sobre el comportamiento de la renta, el consumo, el ahorro y la inversión de las familias puede ayudarnos a comprender la situación.

Como puede observarse, desde 1996 el consumo de los hogares viene creciendo por encima de su renta disponible, lo que ha provocado una caída de la tasa de ahorro hasta los niveles mínimos de finales de los ochenta, cuando el consumo crecía desaforadamente. Ni siquiera la rebaja del IRPF de 1999, que ha supuesto una inyección de renta para las familias de unos 800.000 millones de pesetas logró estimular el ahorro. Las familias, en un ambiente de euforia, nos hemos gastado el regalo fiscal íntegramente en consumo. En el gráfico de la derecha podemos observar, además, que al tiempo que disminuía la porción de renta ahorrada, aumentaba la formación bruta de capital fijo o inversión, que las familias materializan fundamentalmente en la compra de viviendas. Como consecuencia, el tradicional excedente o capacidad financiera de éstas, que es la diferencia entre el ahorro y la inversión, se ha reducido todavía en mayor proporción que el ahorro, hasta situarse en una cifra del orden del 1% del PIB, probablemente un mínimo histórico.

A pesar de la casi desaparición de la capacidad financiera de las familias, entre 1995 y 1999 el valor de sus activos financieros netos aumentó enormemente, por una cifra equivalente al 45,6% del PIB de ese último año. Las familias somos más ricas, pero no por haber ahorrado, sino porque nuestros activos se han revalorizado. Este efecto riqueza explica en parte el mayor ritmo del consumo respecto a la renta de cada año. Debemos ser conscientes de que la revalorización de los activos descansa en parte en una burbuja especulativa; cuando se desinfle puede dejar a las familias en una situación financiera delicada, provocando no una desaceleración del consumo sino un parón o un retroceso. Esta eventualidad debería ser prevenida por los responsables de la política económica. ¿Cómo? Entre otras cosas, alentando a las familias a que moderen su consumo y restablezcan los niveles normales de ahorro.

Ángel Laborda es director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros Confederadas para la Investigación Económica y Social (FUNCAS).

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 14 de abril de 2001.

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