Reportaje:

Aprendices de músicos fuera de lugar

Alumnos de un conservatorio sevillano estudian en salas de tres metros cuadrados y rodeados de goteras

Lo primero que piensa el visitante al entrar en el Conservatorio Profesional de Música Cristóbal de Morales de Sevilla es que los aspirantes a músicos pueden encontrar allí cualquier cosa menos la inspiración. Parece imposible que las musas visiten voluntariamente un lugar tan inhóspito.

La humedad se ve y se huele apenas se pisa cualquiera de los dos edificios, situados en la calle Jesús del Gran Poder, en pleno centro de la ciudad, que albergan a la mayoría de los 1.080 alumnos del conservatorio. El resto de los estudiantes recibe sus clases en el Colegio Público Pedro Garfia, porque las dimensiones de los otros inmuebles no dan para más.

La dirección del centro lleva años solicitando a la Delegación de Educación que emprenda reformas de cierta envergadura, pero la gota que ha rebosado el vaso cayó el pasado 7 de marzo, cuando la lluvia empezó a calar el interior del salón de actos y provocó que los paneles del techo se deshicieran sobre los asientos, según explica Javier Gámez, el director del conservatorio. Unos 60 alumnos están sin clases desde entonces. 'En el salón de actos se daban clases colectivas que no podemos reubicar en otro sitio', asegura el director. Viendo los espacios minúsculos que ocupan las demás aulas, la advertencia de Gámez es una obviedad.

El primero de los edificios, conocido como Edificio Falla, se usa como conservatorio desde 1934. Aunque hoy cueste imaginarlo, antes fue una casa-palacio. A primera vista, hasta puede parecer que aún conserva algo de majestuoso, pero basta con elevar la vista para darse cuenta de que las humedades se acumulan sobre las paredes y el techo. Los cubos para recoger el agua de las goteras también se han incorporado al mobiliario del centro y conviven en muchas aulas con los pianos o los xilófonos.

Sin insonorización

En la mayoría de las habitaciones la insonorización se reduce a una doble puerta de madera que no puede evitar que los sonidos de los distintos instrumentos se mezclen por los pasillos y lleguen de un aula a otra. 'A veces escuchas cuatro instrumentos a la vez y es imposible concentrarse', subraya Juan Ramón Lara, representante de los alumnos en el consejo escolar.

Algunas salas sí que disponen de insonorización, aunque sea de producción casera y 'sirva de muy poco', según el director. 'Por 60.000 pesetas hemos conseguido poner paneles de corcho en algunas paredes, pero para hacerlo en condiciones haría falta, por lo menos, medio kilo por aula'.

La dirección ha pedido incluso a la Consejería de Salud que elabore un informe sobre la acústica y el nivel de decibelios que soportan las clases. 'Es inevitable que el oído se resienta y muchos profesores no pueden más', recalca Gámez. Pedro, el profesor de percusión, asiente mientras golpea tambores, platillos y timbales que hacen vibrar las paredes. 'Este aula, por ejemplo, tendría que estar más mimada en beneficio de la salud y del rendimiento de los alumnos', afirma. 'Además, hay que estar constantemente advirtiéndoles de que bajen el volumen porque si no, los vecinos acabarán echándonos'.

Pero la insonorización, aunque pudiera considerarse básica en un edificio repleto de músicos, suena a lujo exagerado si se compara con otras carencias. A modo de ejemplo: no hay calefacción y la instalación eléctrica es tan obsoleta que en cuanto se conectan cuatro calentadores eléctricos se viene abajo. Además, los días de lluvia el agua llega también a los conductos de la corriente eléctrica y Sevillana de Electricidad ya se ha visto obligada en alguna ocasión a dar la orden de cortar la luz general.

Las salas en las que los alumnos estudian y practican se ubican en la azotea del edificio Falla, en diminutos cuartos trasteros de no más de tres metros cuadrados donde, aparte de humedad, cabe, como mucho, el estudiante, el atril y el instrumento.

El director asegura que la delegación de Educación 'está al tanto de todo', pero que, por el momento, no ha sugerido ninguna solución. 'Cuando se cayó el techo del salón de actos nos reunimos con el jefe de equipamiento, que mandó un arquitecto y éste, a su vez, nos remitió a un técnico. Pero todavía estamos esperándolo'.

La situación para el próximo curso, advierte Gámez, se presenta incluso más desalentadora para el conservatorio profesional, -que desde septiembre de 1999 equivale a lo que antes era el de grado medio-, porque 'el hermano mayor', el conservatorio superior, se trasladará a un nuevo edificio, en el antiguo Cuartel del Carmen. 'No sabemos lo que va a pasar con nosotros, porque todo lo que hay ahora en estos dos edificios es propiedad del conservatorio superior, que se llevará sus instrumentos, sus catedráticos y sus muebles, si es que alguno le sirve', ironiza Gámez, señalando un sofá desvencijado que preside el recibidor del Edificio Falla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 14 de abril de 2001.

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