Columna
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Dos asuntos en relación

Si miramos hacia el futuro inmediato, posiblemente los dos problemas más relevantes de la política española sean la inmigración extracomunitaria y el conflicto nacionalista. Ambas cuestiones van a actuar inevitablemente la una sobre la otra. Quienes desconocemos las dificultades que plantean ambos fenómenos en la política diaria, es decir, en sus aspectos más técnicos, corremos el riesgo de opinar sin ton ni son. De manera que pido excusas por las ingenuidades que puedan leerse a continuación.

Una vez superado el feudalismo, la delimitación de fronteras nacionales fue una tarea de consolidación de las burguesías revolucionarias. El trazado de tales fronteras obedeció, no sólo a la expansión económica, sino también al racionalismo triunfante de las sociedades industriales. El impulso científico de tales delimitaciones, con el nacimiento de disciplinas como la geografía moderna o la arqueología, es ya conocido. Las fronteras se definieron como 'naturales', pero tenían, de buen comienzo, toda la fuerza simbólica de los complejos técnicos modernos, como el ferrocarril o la red viaria. El proceso necesitó dos guerras mundiales entre las nuevas naciones, el fascismo, el nazismo y el estalinismo, para alcanzar a sedimentar un mercado único en la unidad europea.

Hay naciones euclidianas clásicas y otras que sólo pueden imaginarse según un diseño fractal

Donde más prístino aparece el ánimo científico de los nacionalismos burgueses es en el mapa de las colonias imperiales. Los trazados geométricos que dividían inmensas regiones con el tajo del tiralíneas, y que todavía nos conmueven cuando miramos los mapamundis del siglo XIX, trajeron consigo otro alud de conflictos étnicos y culturales que aún sigue vivo y está destruyendo continentes enteros.

El impulso científico y clarificador del ochocientos concebía las naciones como espacios racionales, claros, homogéneos y de fácil simbolización, como reflejo de las mercancías. Pintores, músicos, literatos y arquitectos contribuyeron a simbolizar ese espacio único e igualitario. Ciertamente, era utópico creer que las diferencias crecidas a lo largo de miles de años de vida campesina iban a fundirse en una totalidad sometida al dominio urbano e ilustrado, pero en algunos lugares, como en Francia, se alcanzó un cierto éxito y se suprimieron muchas de las diferencias del periodo feudal, entre ellas, las lenguas regionales. En ciertos países, más ajenos a la herencia racional y con una administración central raquítica, la unificación fue incompleta. Tal es el caso de España y de buena parte de Centroeuropa.

De manera que el modelo racional y científico que Francia, o Alemania después de Bismark, pudieron aplicar con eficacia fracasó en países más atrasados, o allí en donde el conflicto entre intereses locales era irresoluble, como en la Europa central. Podríamos decir que de ese proceso han llegado a nosotros dos clases de naciones-Estado. Unas, como Francia o Alemania, se conciben mediante la geometría clásica: grandes superficies delimitadas por ríos y amparadas por cadenas montañosas colosales. Otras, más anfractuosas, como España o Yugoslavia, son aún inconcebibles, carecen de imagen y simbología unitaria. Simplificando mucho, hay naciones euclidianas clásicas y otras que sólo pueden imaginarse según un diseño fractal.

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Pero la llegada de los inmigrantes añade un elemento nuevo, imprevisto por los diseñadores de naciones. Si bien las reivindicaciones bretona o vasca en territorio francés tienen una repercusión indudable, el problema nacional francés de auténtica envergadura es el de qué hacer con los seis millones de islámicos instalados para siempre en su territorio. Comparada con esta nación sin nación, la pretensión abertzale de tierra francesa es un capricho de estetas armados.

Si el modelo tradicional, el modelo plano y homogéneo, está haciendo aguas, no es por la aparición de otras naciones (viejas como Cataluña, nuevas como Euskadi) que desean construir su propio modelo de geometría clara, frontera definida y simbología simple, sino por el agrietamiento interno, la anfractuosidad que se está produciendo, tanto en las naciones-Estado tradicionales como en las que aspiran a serlo. El fetiche de la mercancía-nación está cambiando aceleradamente.

Uno de los mayores problemas de Francia o Alemania es que, siguiendo su herencia racional, en lugar de integrarlas, han separado por guetos, ciudades o barrios a las diferentes etnias, con lo que han incluido nuevas subnaciones en su ya de por sí agrietada nación-Estado. Tratar de impedir que se constituyan subnaciones, como se está intentando en Barcelona con un programa promiscuo, es más adecuado para el tipo de sociedad transreligiosa y multiétnica que se está autoconstruyendo, casi en el sentido en el que los teóricos de la complejidad hablan de 'autoorganización crítica' (Javier Ozón).

Todo ello no es sino una invitación a los nacionalistas, especialmente a los que dicen estar a la izquierda de la derecha, para que adapten sus símbolos a los conflictos que tendrán todas las naciones, sean fácticas o ideales, en vías de constitución o de extinción. Conflictos que no se resuelven con el (re)nacimiento de una nación clásica, del mismo modo que tampoco servirá para nada a los centralistas su deseo de mantener un único punto de poder radiante. Sólo desde la coordinación de las burguesías hoy enfrentadas (madrileña, vasca y catalana) será posible comenzar a imaginar un mapa fractal en el que los inmigrantes no figuren como subnaciones dentro de naciones que ni siquiera han aposentado su propio mercado.

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Sobre la firma

Félix de Azúa

Nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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